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Las lecciones del debate entre Rivera e Iglesias

Los intervinientes se encargaron de seguir a pies juntillas las simplezas del presentador. Rivera e Iglesias no trataron lo decisivo.

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El planteamiento, el escenario y el estilo del debate entre Rivera e Iglesias en el canal de La Sexta son discutibles, pero nadie cuestionará que el guión del debate fue un desastre. Inexistente. La política, la posibilidad de construir espacios materialmente de nadie y potencialmente de todos los españoles, estuvo ausente. El espectáculo sirvió solo para mostrar a un pobre hombre sin oficio ni beneficio, sin nada sensato que decir, e incapaz de mostrar una idea sobre qué es hoy España. Todo eran lugares comunes y de otra época ya muy vieja e imposible de actualizar, todo lo que decía nacía muerto. Sentí pena de Iglesias, aunque a veces, sin darse cuenta, sacó temas conflictivos que no gustaban a Rivera, quien demostró, otra vez, sobradamente que puede llegar a ser un gran líder: sabe lo que dice y cómo lo dice. Conoce bien el analfabetismo político español y no se cansa de hacer pedagogía democrática. Era evidente que, si aquello era un debate electoral, lo ganó de principio a fin Albert Rivera. Este hombre está tocado por la diosa Fortuna. Ojalá Rivera sepa hacerla crecer con la virtud propia de un gran político, a saber, logre transmitir su concepto de Estado dentro de una Nación.

Pero, a lo que iba, las grandes cuestiones que afectan a todos los españoles no se tocaron. Desconozco por completo al presentador del programa, era la primera vez que lo veía, pero estoy convencido de que solo le interesaba el espectáculo, el artístico patinaje de dos políticos en una simulada pista de hielo, entre otros motivos, porque demostró no saber apenas nada, ni creo que le interese, sobre cuáles son los grandes problemas de España. Su frivolidad sólo fue comparable a su zafio populismo: al presentador solo le preocupaba el evanescente escenario de un bar en un barrio obrero de Barcelona. El resto, incluidos los intervinientes, para este guionista era relleno. Por eso, nada importante se tocó en profundidad. Las pinceladas económicas, sociales y políticas que se dieron estaban absolutamente descontextualizadas. La circunstancia del debate era falsa. Lo que decían Iglesias y Rivera, con la mejor intención, podría referirse lo mismo a Dinamarca que a Francia. Se ocultó por completo la circunstancia española: esa fue la tragedia del programa. Esa es la gran tragedia de España. El país real estaba ausente a pesar de la impostada puesta en escena. Populismo barato. Todo cartón piedra. De risa.

Los intervinientes se encargaron de seguir a pies juntillas las simplezas del presentador. Rivera e Iglesias no trataron lo decisivo: historia, presente y futuro de España. No tocaron los problemas históricos, reales, de España, asuntos graves y decisivos, que siguen pesando como una losa para determinar nuestro destino en Europa: ¿cuál es la concepción que estos dirigentes tienen sobre la continuidad y ruptura de la historia reciente de España?, ¿qué dirían de España a un meteco? Los ciudadanos hubieran querido conocer el relato de estos nuevos dirigentes sobre la realidad nacional, es decir, sobre su interpretación de nuestra guerra civil, el franquismo, la transición y la actual fase de fundamentalismo democrático. Si nada quedó claro sobre qué es España para estos dirigentes, entonces poco se podía decir sobre su política exterior. ¿Qué piensan Iglesias y Rivera sobre nuestra política exterior? Un país que no define sus relaciones con el mundo exterior está vacío, o peor, roto. La educación apenas fue un mero adorno para pasar a otros asuntos menores, y menos todavía se distinguió sobre qué entiende por enseñanza y qué por educación, que no son asuntos equivalentes; ya nos hubiera gustado que tratasen sobre cuáles son las materias comunes, especialmente en el ámbito de la historia, que deben enseñarse en todas las escuelas de España. También el silencio fue total sobre el terrible nacionalismo catalán y vasco, o mejor, sobre el proceso de desnacionalización que vive España como Estado-nación. Nuestras crisis nacional es singular y única en Europa, pero nuestros jóvenes dirigentes renunciaron a hablar del asunto que preocupa no sólo en España sino también en la Unión Europea. En fin, del terrorismo de ETA nada se dijo, aunque algo se tocó como sin querer y para referirse a una cuestión menor, a saber, el acercamiento a cárceles del País Vasco de los pocos criminales de ETA que cumplen condenan.

Podría seguir enumerando todo un listado de problemas clave que ni siquiera se citaron, pero valgan estos tres como prueba de la baja calidad del debate: ¿cuáles serán los principales cambios constitucionales que nos esperan a los españoles?, ¿qué lugar deberán desempeñar los sindicatos y la patronal en el nuevo mapa político español?, ¿cuáles han sido las principales aportaciones de los nuevos actores políticos en los ayuntamientos y comunidades autónomas?... Otro ejemplo relevante del que no se habló en serio fue la corrupción; sí, de la corrupción como metasistema, que mantiene al entero sistema político, nada se dijo; he ahí otro asunto determinante de nuestra baja calidad democrática, otro ejemplo más para mostrar que la cosa fue más un espectáculo que un debate político de altura. En resolución, los grandes problemas de España estuvieron ausentes de la discusión.

Hubo algo, sin embargo, interesante, muy interesante, en este debate de La Sexta: puede hablarse de "política", aunque se entrecomille la palabra política, sin tener en cuenta a Pedro Sánchez y Mariano Rajoy. Sin contar con el Parlamento y con las instituciones del país puede perfectamente hablarse de política. Esa es la tragedia. El hundimiento del bipartidismo es un hecho. ¿Traerá algo nuevo, racional y sensato el fin de este sistema político?, ¿conseguirán aportar los partidos emergentes algo nuevo al lenguaje político, pues ni siquiera la palabra casta es propia de España a la hora de criticar a los viejos políticos? Me temo lo peor, mientras millones de seres humanos sigan votando a un hombre que ha decidido ineducadamente interrumpirnos nuestra vida privada, sí, nuestra celebración de las fiestas navideñas, convocándonos a las urnas un 20-D; pero, ay, de eso hablaremos en otra entrega.

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