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Hoy somos más ricos que antes

Que a algunos no les parezca evidente que hoy vivimos mejor que antes es un síntoma de que damos por sentada la abundancia que nos rodea. Y con ello el sistema que la hace posible: el capitalismo.

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El artículo Más pobres, treinta años después en La Gaceta de los Negocios sostiene que los españoles hemos perdido poder adquisitivo con el paso del tiempo. Los sueldos son más bajos y los precios de los productos básicos más caros que hace 30 años descontando la inflación. Los autores no explican, sin embargo, de dónde obtienen esos datos, y deberían, porque las estadísticas del INE no arrojan esa conclusión: los salarios han aumentado un 6.5% anual desde 1980 mientras que la inflación lo ha hecho un 5%. Pero es que además el aumento de la riqueza no se mide sólo en salarios.

Innumerables medicamentos y tratamientos que no existían hace 30 años prolongan nuestra vida y mejoran nuestra salud. La anestesia es más efectiva y podemos ver a nuestro hijo en una ecografía. Si no queremos llevar gafas, podemos ponernos lentillas u operarnos la vista. Podemos modelar nuestro cuerpo con cirugía estética, erradicar el vello para siempre con depilación láser, lavarnos los dientes apretando un botón y cortarnos el pelo con maquinilla.

El uso del braille para los ciegos está mucho más extendido y la mayoría de empresas ofrecen servicios adaptados a las personas con minusvalías. La ortopedia y la robótica han aumentado la autonomía de quienes no podían valerse por sí mismos. Los discapacitados pueden desplazarse en sillas eléctricas, las personas con sordera media pueden adquirir audición funcional con las últimas prótesis auditivas y el implante coclear consigue lo mismo para algunas personas con sordera profunda.

Podemos llamar por teléfono desde cualquier sitio en el momento que queramos. Hoy tenemos el iPhone, la Blackberry, el iPod, la Nintendo DS y la Xbox. Podemos disfrutar de videojuegos en el metro, escuchar música mientras corremos o ver películas mientras esperamos el avión. Tenemos contestadores automáticos digitales y hornos microondas. Podemos hacer fotos con nuestro teléfono móvil y enviarlas instantáneamente a nuestros amigos en la otra punta del mundo. Somos capaces de hacer 1.000 fotos de calidad excepcional en una cámara reflex digital, manipularlas con Photoshop y almacenarlas en Flickr.

Hoy tenemos internet y computadoras personales. Podemos comprar en el supermercado sin movernos de casa o encontrar gangas en Amazon, subastar o buscar rarezas en Ebay, escribir un blog, distribuir vídeos, descargar canciones y películas, chatear con los amigos o conocer gente de otros lugares, hacer videoconferencias vía Skype, enviar emails, practicar idiomas, leer la prensa de todo el mundo o acudir a fuentes de información u opinión alternativas. Podemos buscar en Google o en Wikipedia, aprender y descubrir infinidad de cosas a un click de distancia. Podemos escribir en Word, calcular en Excel, hacer presentaciones Power Point, organizar datos con el Access, crear ficheros PDF o imprimir documentos en casa. Es posible utilizar el portátil en el tren o conectarnos en el Starbucks.

A través del cable o del satélite tenemos acceso a cientos de canales de televisión, nacionales y extranjeros, de deportes, entretenimiento, historia, naturaleza, cocina, viajes o ciencia. Podemos ver películas en subtítulos o en otros idiomas, acceder al cine clásico con más facilidad que quienes vivían cuando se estrenaron aquellas películas, viendo TCM o alquilando DVDs. Disponemos de pay-per-view, reproductores de DVD, pantallas de plasma y sonido envolvente. Hay una mayor oferta de música, cine, literatura y arte.

Es posible valor a otras capitales europeas en avión con Ryanair o Easyjet por menos de 50 euros. Utilizamos el GPS para localizar nuestra posición en un mapa vía satélite cuando estamos de viaje, podemos enviar un paquete a otro país por FedEx o DHL y que llegue al día siguiente, pagar unas palomitas con tarjeta de crédito o sacar efectivo de un cajero automático en cualquier esquina del mundo.

Los coches actuales más baratos son más seguros que los más caros de hace 30 años y tienen más y mejores prestaciones. La oferta de comida actual es más variada e incluye alimentos orgánicos, sin grasas, sin colesterol, con vitaminas añadidas, para vegetarianos, para diabéticos, sin gluten, para controlar el peso o con envase reciclable. Hay más ONGs a las que donar dinero para causas justas.

Que a algunos no les parezca evidente que hoy vivimos mejor que antes es un síntoma de que damos por sentada la abundancia que nos rodea. Y con ello el sistema que la hace posible: el capitalismo. El dinero es un medio de intercambio, lo que nos hace ricos es la variedad, la cantidad y la calidad de los servicios y placeres que podemos adquirir. Basta preguntarse si preferiríamos vivir ahora o hace 30 años con la misma renta. Yo preferiría vivir ahora incluso con un salario real más bajo.

La pregunta clave en este contexto es cuánto más larga sería esta lista de avances en la calidad de vida si el ámbito de actuación del mercado hubiera sido mayor y el Estado no hubiera drenado tantos recursos. El progreso que hemos experimentado en los últimos 30 años –a pesar del Estado– ha sido extraordinario, ¿qué progreso habríamos vivido en ausencia de trabas, corruptelas, despilfarro e ineficiencias estatales?

Albert Esplugas Boter es miembro del Instituto Juan de Mariana, autor del libro La comunicación en una sociedad libre y escribe regularmente en su blog.

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