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Aldo Mariátegui

Abimael Guzmán: muerte de un monstruo psicópata

No soy hipócrita: la muerte de este lunático me alegra y, de haber un infierno como algunos aseguran que hay, espero que se achicharre eternamente.

Aldo Mariátegui
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Por cosas raras que tiene la vida, Abimael Guzmán, el mayor genocida intelectual de Latinoamérica, murió este 11 de setiembre, el mismo día de los ataques a la Torres Gemelas de Nueva York. Cosa rara, el líder del grupo terrorista Sendero Luminoso (SL) expiró en vísperas del 29 aniversario de su captura. Y cosa rara, este octogenario fallece justamente cuando el Movadef, el pretendido brazo legal de SL, ha logrado importantes cuotas subterráneas de poder en Perú, no merced a las armas sino al voto –efectivo, en blanco o en abstención– de poco más de mitad de muy desconcertados (uso ese término para no ser peyorativo, como se lo merecen) electores peruanos.

De Guzmán ya se conoce mucho: de clase media baja provinciana y marcado por ser un hijo natural (curiosamente, Abimael significa "Mi padre es Dios"), tras graduarse pasa a enseñar en la andina Universidad San Cristóbal de Huamanga (Ayacucho), a cuyo rectorado había arribado el radical antropólogo Efraín Morote Best. Guzmán sintoniza ideológicamente con Morote y este dúo radicaliza mucho políticamente al profesorado de la universidad (Guzmán era el jefe de personal), que terminó siendo una de las canteras de SL. Es por esos años (1965) que Guzmán viaja a China y se convierte en un convencido maoísta. Es deslumbrado por la Revolución Cultural y se convence de que el Perú es un país semifeudal, donde el campesinado tiene más peso que el proletariado, por lo que la revolución iría "del campo a la ciudad". Decide pasar a la clandestinidad en la década de los 70 y organizar a SL para la lucha armada.

El 9 de abril de 1980 se realizan las elecciones en que la dictadura militar entrega el poder a Fernando Belaúnde, el mismo hombre al que derrocaron en 1968. Ese día se supo que algunos violentistas habían quemado unas ánforas en Chuschi, una remota localidad ayacuchana. Poco tiempo después aparecieron perros callejeros colgados en las farolas de Lima, atados con cárteles en contra del líder chino Deng. Yo estaba en el último año de colegio y, como casi todos los peruanos, pensé que eran actos de lunáticos. Como muchos, jamás pasó por mi mente que una larga paroniria comenzaba: miles de asesinatos selectivos, atentados con coches bomba, masacres colectivas, apagones continuos y destrucción de propiedad e infraestructura por doquier. A nadie se le ocurrió que una cruel banda, inspirada en las masacres hechas en Kampuchea/Camboya por Pol Pot, iba a devastar al Perú por más de una década, hasta que Fujimori acabó con ellos (un mérito que no se le puede negar).

Como experiencia personal, puedo contar que viví de cerca el estallido de cuatro bombas senderistas (y que el coche bomba de una de estas no me mató porque solamente estalló el detonador). Tuve una juventud traumada por esta violencia demencial, y así... "escuché el Terror a través de la pared", como aulló el poeta Allen Ginsberg.

Cuando fue capturado, Guzmán fue mostrado al público. Tras tanta gente que se había inmolado por él, muchos peruanos esperamos ver por lo menos a un tipo especial. ¡Tremendo fiasco! Nos encontramos a un gordito cagón, que lanzaba elementales monsergas marxistas. No soy hipócrita: la muerte de este maldito monstruo psicópata, de este mediocre lunático que se hacía llamar "la Cuarta Espada", me alegra y, de haber un infierno como algunos aseguran que hay, espero que se achicharre eternamente.


Aldo Mariátegui, periodista peruano.

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