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Apología y reproche del diálogo

Cuando un político hodierno repite que su objetivo es el "diálogo" quiere decir algo así como "aquí mando yo" o "quiero seguir mandando a toda costa".

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En su día colaboré tangencialmente en la famosa revista Cuadernos para el Diálogo. El órgano de Joaquín Ruiz Giménez logró un gran éxito político. Baste decir que un colaborador de mi despacho de sociólogo tenía en su estantería una colección completa de la revista. Fue detenido por la Policía, la cual se llevó la colección de Cuadernos como prueba del delito. Entonces ni siquiera se decía "presunto".

Conviene recordar que el título de Cuadernos para el Diálogo era un juego de palabras, pues sus iniciales, CD, aludían a los cristiano-demócratas. Años más tarde esa corriente, legalizada, se incluiría en el Partido Popular, antes Alianza Popular. En la historia contemporánea española (y la de otros países de mayoría católica) la voz popular venía a significar "cristiano" en sentido político.

A lo que voy. Tanto el diálogo como el consenso (dos palabros que suenan a latín) se han convertido en verdaderos mitos de la Democracia que nos dimos a la muerte de Franco. En sentido original y más propio, diálogo es conversación o discusión entre dos o más interlocutores. Pero quien desee entender lo que significa hoy realmente se llevará un chasco con la etimología. Cuando un político hodierno repite que su objetivo es el "diálogo" quiere decir algo así como "aquí mando yo" o "quiero seguir mandando a toda costa". Es casi lo contrario de lo que indica el étimo.

Todavía más difusa, confusa y profusa es la locución "abrir espacios de diálogo", y no digamos "escenarios de diálogo" o "ámbitos de diálogo". Significan que "aquí mandamos nosotros" (o "nosotras", si son de Podemos) y, por tanto, "establecemos las reglas del juego". Todo lo más, los dichosos "espacios, "escenarios" o "ámbitos", alude a que se va a facilitar la colaboración, siempre subordinada, de los que opinan de otra manera. Es algo que nos acerca a la idea de pluralismo limitado, que mi maestro Juan J. Linz discurrió como uno de los rasgos definitorios del autoritarismo. ¡Cuánto nos cuesta superar el franquismo!

Aunque el diálogo originario implique propiamente dos interlocutores, el ápice de la felicidad está en el diálogo a tres bandas. Es una expresión derivada del prestigio que obtiene la imagen trinitaria, la trimurti, lo tridimensional. Por ejemplo, la reunión del Gobierno con los sindicalistas y la patronal. Por cierto, delante no suelen tener papeles. Así pues, se reúnen para la foto. Una imagen parecida se daba ya en el franquismo.

Un sutil significado de la apelación al diálogo es el de suponer que los interlocutores son iguales en rango. Es el caso del diálogo entre Cataluña y el Estado, o mejor, entre el Gobierno de la Generalidad de Cataluña y el Gobierno de España. En buena teoría, Cataluña es una parte de España, por lo que los respectivos Gobiernos no están en el mismo plano. Pero una manera de forzar esa igualdad, tan deseada por una de las partes, consiste en insistir en que ambos poderes deben dialogar. Se sabe lo que pretende el Gobierno de la Generalidad de Cataluña: que sea reconocido de facto como una república independiente. Como eso es algo imposible y además no puede ser, bien valdrá el uso de distintas expresiones con el adjetivo de federal. En esto son maestros los socialistas.

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