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El lenguaje de la política: nuevas adquisiciones

Últimamente he dejado de comentar algunas expresiones nuevas del politiqués. La razón es el tedio.

Amando de Miguel
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Últimamente he dejado de comentar algunas expresiones nuevas del politiqués. La razón es el tedio. Los políticos no hacen ningún caso a las críticas sobre su peculiar manera de hablar. Por necesidad se impone la conclusión de que esa forma particular de expresarse es bien recibida por los que ellos llaman "ciudadanos". No queda claro quiénes son los no ciudadanos: ¿ellos mismos?, ¿los extranjeros no nacionalizados?

Juan Díaz López-Canti se extasía ante la reciente declaración del alcalde de Barcelona: "Yo no soy independentista, pero, de haber una consulta, yo votaré independencia". Don Juan la califica de oxímoron. Es demasiado elegante; bastaría con llamarla estolidez. No será la única ocasión en este engorroso asunto de "España contra Cataluña" o de "Cataluña contra España" que han forzado los nacionalistas. Por cierto, en la frase del burgomaestre de Barcelona se repite dos veces el pronombre yo. Es algo muy típico del lenguaje de los políticos (Rajoy el primero). Demuestra una cierta inseguridad, un egotismo atosigante. Preciso es reconocer que al alcalde de Barcelona las musas no le han concedido el don de la oratoria. Ni falta que le hace.

El malhadado referéndum sobre la independencia de Cataluña (y ulteriores països) nos va a deparar días de gloria para el léxico del politiqués. No una, sino dos preguntas, tienen que contestar los sufridos catalanes mayores de 16 años: 1) "¿Quiere que Cataluña sea un Estado?", 2) (En el caso del sí a la pregunta anterior) "¿Quiere que sea un Estado independiente?". Sería chusco que saliera una mayoría de síes a la primera pregunta y una mayoría de noes a la segunda. En cuyo caso nos quedaríamos como estamos, pues Cataluña funciona ya de facto como un Estado, aunque sin portaviones. Llega tarde el dichoso referéndum, pues en el mundo actual ya no es posible la independencia plena de nuevos Estados, al menos en Europa. La pregunta cabal es: ¿quién pone el portaviones?

José Antonio Martínez Pons se asombra de que las leyes en el sentido jurídico o político sean tan lábiles frente a las de la naturaleza, tenidas por exactas. Entiendo que con la misma palabra se designan cosas muy distintas. El de Mallorca se pregunta cómo una ley tan disparatada como la Logse pueda seguir estando en vigor, salvo algunos retoques. Otrosí, se irrita don José Antonio con la comparación entre el castigo para una pequeña deuda con Hacienda y la liberalidad con los asesinos múltiples. Entiendo que en las Ciencias Sociales las leyes son simples regularidades con muchas excepciones. En la jerga de los hombres públicos no se habla tanto de leyes como de legalidad. Ya se sabe, una voz más larga da un no sé qué de prestigio.

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