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Las encuestas en la campaña electoral

No está claro que la publicación de los resultados de las encuestas electorales vaya a reforzar la realidad de la noche del escrutinio.

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Las campañas electorales son dispendiosas. En España ya no se estilan tanto los carteles y otros elementos de la clásica campaña electoral. Pero cuentan nuevos factores, singularmente el tiempo de los candidatos a proveer de material informativo a los insaciables medios y redes sociales.

No representa una novedad, pero cada vez intervienen más las encuestas que luego se publican, aunque de forma somera. Los que se encargan de levantarlas son los estados mayores de los partidos. El propósito inconfeso es el de utilizar los resultados con propósitos de propaganda. Sobre todo, se considera que con los datos de intención de voto (oportunamente cocinados con el recuerdo de voto y otras preguntas) los eventuales seguidores del partido en cuestión se animarán a votar.

Los encuesteros se muestran sobremanera interesados por clavar los resultados. Les va en ello su prestigio y la continuidad de sus respectivas empresas. Más les valdría empeñarse en algo que se descuida un poco: explicar lo que está pasando en las mentes del electorado. Si se acercaran a esa aproximación sociológica, verían que la aparición de Vox en la escena política ha hecho mudar muchos comportamientos que podríamos llamar clásicos.

La presunción más corriente es que los votantes menos decididos o con poca información tenderán a escoger la papeleta del partido que se avanza como ganador. Pero no es el único razonamiento que funciona. También se produce el refuerzo de los votos que apoyan al partido que va en segunda posición o incluso los que animan a los zagueros. En definitiva, no está claro que la publicación de los resultados de las encuestas electorales vaya a reforzar la realidad de la noche del escrutinio.

Surge otro inconveniente a la hora de valorar los efectos de las encuestas. Resulta que, por razones, que no están claras, los españoles actuales tardan mucho en decidir su voto. No será raro que algunos esperen a la visita que hagan al colegio electoral para determinar entonces qué papeleta introducir en la urna. Así pues, la intención de voto que reflejan las encuestas semanas antes de los comicios constituye un indicio muy aproximado.

Encima, en España hay que contar con la peculiaridad de que no se pueden publicar encuestas en la semana previa a la jornada electoral, que serían las más interesantes. Hay trucos para superar esa estúpida norma, pero nos encontramos ante otro obstáculo que impide anticipar los resultados con cierta precisión.

Hablando de precisión. Los porcentajes de intención de voto y otros indicadores de las encuestas contienen un inevitable error estadístico. Eso, en el supuesto óptimo de que el sondeo intente ser representativo. En cuyo caso parece bastante tonto que los porcentajes de los resultados se den con un decimal. Sería más honrado redondear los porcientos al entero más cercano, pero ese consejo casi nadie lo sigue. Mi experiencia me dice que, si los resultados de una encuesta se presentan con números enteros, el cliente ignaro insiste en que se pongan decimales. Hay algo mágico en la aparente exactitud. Al público lector de las encuestas también le gusta que los porcentajes vayan con un decimal. De esa forma parece que son más científicos, cuando en realidad sirven para confundir su lectura.

Una peculiaridad española es que, junto a las empresas dedicadas a este menester de los sondeos, funciona también un organismo oficial, el CIS, que se encarga de lo mismo. Tradicionalmente, las encuestas del CIS eran las más relevantes porque se hacían con neutralidad profesional y con un presupuesto muy holgado. La novedad de la campaña actual es que el CIS ha perdido la neutralidad profesional para ser dirigido por un alto cargo del partido del Gobierno. El cual ha conseguido elevar considerablemente el techo de gasto del organismo en cuestión. ¿Será por dinero?

Otro hecho nuevo en la realidad social española es que las personas que contestan (normalmente por teléfono) han aprendido a mentir. Lo hacen por diversión, pero maldita la gracia que tiene. Es evidente que, con un talante así, el trabajo de los encuesteros resulta desconsolador.

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