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Los discursos del Rey

Resulta insoportable una cantinela con tantos tópicos, lugares comunes, frases hechas, pleonasmos. Alguien se lo tendría que decir al Rey, quien, como orador, va desnudo.

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Con este título me arriesgo a que algunos lectores habituales manejen el ratón y se salten el artículo. Tendrían alguna razón, pues los comentarios que se oyen o se imprimen respecto al tradicional discurso de Nochebuena del Rey suelen ser adulones, melifluos y serviles. Tal es la acumulación de zalemas, que el Rey va a acabar creyendo que es la metempsícosis de Cicerón. Y no. Sin duda, Felipe VI es el monarca más instruido de la España contemporánea, pero su oratoria resulta más bien monótona y tediosa; reproduce la de su antecesor, el rey Juan Carlos, y a veces recuerda la empalagosa del caudillo Franco. Claro que nuestro rey se dirá para su coleto: "Si con tales alocuciones monocordes mi padre duró cerca de 40 años y otros tantos los recorrió el Generalísimo, ¿por qué cambiar?". Pero yo digo, y conmigo cientos de doctores, que el jefe del Estado debe hablar para toda la nación de una forma mucho más atractiva. No basta con que se le reserven los mejores espacios de las televisiones. Hay que saber llenarlos. Los índices de audiencia de la televisión deben ser algo más que el registro de tener la pantalla encendida.

La técnica de los mensajes del Rey a la nación consiste en juntar palabras con sentido positivo y hasta encomiástico. Por ejemplo, "convivencia pacífica", "anhelos y aspiraciones", "progreso y libertad", "integración y solidaridad", "las reglas de todos deben ser respetadas por todos", "avance y prosperidad", "un país mejor y más creativo", "igualdad real entre hombres y mujeres", "la convivencia se basa en el respeto a las ideas de los demás", "voluntad decidida de concordia, de paz y de entendimiento", etc. Resulta insoportable una cantinela con tantos tópicos, lugares comunes, frases hechas, pleonasmos. Alguien se lo tendría que decir al Rey, quien, como orador, va desnudo.

Con lo fácil que sería que los escribidores de los discursos del Rey acudieran a los modelos de nuestra rica tradición literaria. Podrían optar, por ejemplo, entre el discurso de las armas y las letras de don Quijote (Cervantes) o el discurso de Francisco Torquemada en el homenaje que le hicieron sus paisanos (Galdós). Confío en que esas dos antológicas piezas las habrán seguido leyendo los escolares españoles.

Cuidado que hay graves problemas en España para que el Rey, sin adscripción a un partido, nos tranquilice con sus ideas. Ello significaría un gran esfuerzo, pero sería la necesaria correspondencia por haber obtenido por herencia un magnífico puesto de trabajo. La actual democracia en España solo puede asentarse sobre la legitimidad de ejercicio que corresponde al Rey. Su primordial obligación es hablar en público sin necesidad de leer, sin sonsonetes. Y a partir de él, la misma obligación para toda la nomenclatura política. De momento no puede ser más bajo el nivel alcanzado por la retórica política en España. Es la consecuencia de haber eliminado hace tiempo los exámenes orales en todos los grados de la enseñanza.

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