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Amando de Miguel

Metecos problemáticos

La España contemporánea ha sido un país de emigración hacia otros países, pero en la última generación se ha producido un hecho insólito

Amando de Miguel
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La especie humana se distingue de las otras familias animales por un continuo espíritu semoviente, a la búsqueda siempre de nuevos terrenos donde asentarse. No se detiene ante ninguna barrera geográfica, fuera de los hielos polares, que, por otra parte, tanto han atraído a los exploradores contemporáneos.

Los dos últimos siglos, y gracias a la creciente facilidad de los transportes, se han intensificado los movimientos migratorios entre distintos países y continentes. Por lo general, se puede concluir que esos traslados han sido útiles para las sociedades de salida y de llegada. Ahora se tiende a hablar de "migrantes" para borrar la distinción entre el punto de vista de salida (expulsión) y de llegada (atracción), pero se trata de una de tantas hipocresías léxicas. En la realidad, conviene seguir distinguiendo los inmigrantes de los emigrantes.

En los países de llegada siempre se ha verificado que las colonias de inmigrantes se distinguen por su esfuerzo, espíritu de emulación y constancia en el trabajo o el estudio. Realmente, han propiciado muchas veces un cierto ánimo de envidia por parte de la población autóctona, lo que ha llevado al extremo de comportamientos xenófobos o racistas.

La España contemporánea ha sido más bien un país de emigración hacia otros países, pero en la última generación se ha producido un hecho insólito: la llegada de una creciente ola inmigratoria. Los inmigrantes extranjeros proceden sobre todo de Hispanoamérica, Europa del Este, Asia y África. Ese es aproximadamente el orden de mayor a menor facilidad de integración en la sociedad española.

Como tantas veces sucede, el problema social se presenta cuando el proceso cuantitativo, al crecer, se hace también cualitativo. En los últimos lustros se acentúa la inmigración creciente que procede de zonas culturales muy alejadas: los países islámicos, Asia, África. Además, a diferencia de lo que sucedía en el pasado, ahora llegan muchos inmigrantes inactivos, dependientes o con escasas calificaciones. Es evidente el choque cultural que se produce. Puede resultar preocupante una ola inmigratoria anual de unos 200.000 inmigrantes. Pero ¿podría soportar España un volumen que duplicara o triplicara esa cifra?

El contingente inmigratorio en España empieza a ser tan ajeno a nuestras raíces culturales que puede poner en peligro la identidad nacional. No solo importa la posible identidad cultural de los españoles a través del peso tan desproporcionado que va tomando la población de metecos (extranjeros residentes con y sin papeles). Lo grave es que una fracción de ellos son personas sin lazos familiares o en trance de convertirse en violentos: violencia doméstica, terrorismo, entre otras formas de delincuencia.

Ha llegado el momento en el que la sociedad organizada exige encauzar la corriente de inmigrantes extranjeros, especialmente la que proviene de zonas culturales muy distintas del tronco común. La posición contraria de una permisividad "buenista", que es la dominante, puede traer muchas desgracias.

Lo extraño es la escasa sensibilidad social que despliegan los españoles, y no digamos las autoridades, ante un problema tan grave. Fuera de la minúscula Vox, no hay ningún partido ni entidad pública o privada que manifieste una verdadera preocupación ante la ola inmigratoria extranjera sin control. Las buenas acciones humanitarias de las ONG en pro de la salvación de los negros (ahora se dicen "subsaharianos") que atestan las pateras o similares se ven empañadas por un hecho contradictorio. Tales expediciones benefician realmente a ciertas "mafias" que son el equivalente hodierno de los antiguos "negreros". La explotación continúa en la tierra de acogida con las actividades ilegales de los "manteros" o los "menas" (menores extranjeros no acompañados), la prostitución y la droga. En definitiva, cunde la miseria en medio de una aparente afluencia económica.

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