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Amando de Miguel

Úteros de alquiler: la última aberración

Por una vez (y espero que sirva de precedente) me siento acorde con las comadres feministas. Los úteros de alquiler constituyen una afrenta a la dignidad de la mujer.

Amando de Miguel
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Por una vez (y espero que sirva de precedente) me siento acorde con las comadres feministas. Los úteros de alquiler constituyen una afrenta a la dignidad de la mujer.
EFE

Por una vez (y espero que sirva de precedente) me siento acorde con las comadres feministas. Se acaban de alzar contra los experimentos de maternidad subrogada, para entendernos, el alquiler de úteros. Efectivamente,los úteros de alquiler constituyen una afrenta a la dignidad de la mujer. Se trata de una moda miserable, pensada sobre todo para el lucimiento de los señoritos del famoseo, los que se desviven por aparecer en el fotocol de la gilipollería. (Perdón por tantos neologismos). Imagino que habrá otros casos más comprensibles de algunas mujeres que no quieren o no pueden parir como Dios manda. Por eso recurren a los úteros de alquiler, con la ñoñería de llamarlos vientres de alquiler o, peor, maternidad subrogada. De esa forma pueden presumir de madres sin serlo. Claro que el Código Civil ha prescindido ya de las palabras padre y madre. Ahora son "progenitor A" y "progenitor B". Es lástima tanta tontería, pues la maternidad es un derecho y un hermoso privilegio que no admite el triste sucedáneo de alquilar un útero anónimo.

Muchos habíamos visto esperanzados el templado liberalismo de los que a sí mismos se llaman Ciudadanos con mayúscula. ¿Es que los demás no merecen tal honroso título? Pero sigamos. Por ese lado ha sido una desagradable sorpresa ver cómo su caudillo, Albert Rivera, anima a las parejas infértiles (incluidas las homosexuales) a alquilar úteros para lograr una maternidad contra natura. Se le nota, además, una vergonzante inseguridad al argüir que esa infausta operación provoca la igualdad y resulta altruista. Desde luego, al tal Rivera aún le chorrea el agua del bautismo, tan candoroso se muestra. Lejos de ser altruista o desinteresado, el alquiler del útero es un tráfico ilícito que se hace seguramente por dinero, en estado de necesidad. Otro argumento falaz del verboso político catalán es que con la práctica que digo se favorece la igualdad. No se ve por ninguna parte. Se trata de un mercado que satisface en primer lugar a ciertos señoritos adinerados a costa de la indignidad de unas pobres mujeres obligadas a parir por encargo. Vamos, lo más opuesto que puede haber al liberalismo y a la moderación. A veces, los políticos nos dan estas sorpresas, acuciados de salir como sea en los telediarios.

Lo que no entiendo es la serie de cautelas que impone la propuesta de Ciudadanos para que se legalice la práctica del alquiler de úteros. Dicen, por ejemplo, que la mujer que se decide por el infame comercio debe tener más de 25 años y haber parido ya algún hijo de forma, digamos, natural. No entiendo el límite de edad. Tampoco me cabe en la cabeza que se excluya de ese derecho a las mujeres infértiles. Tales limitaciones indican que la propuesta se hace con algún sentimiento de culpa o de inseguridad moral. En cuyo caso merecería cierta comprensión. Al final queda la duda: ¿no tiene Ciudadanos otras iniciativas más plausibles? No entiendo qué tipo de votos y cuántos espera conseguir con la extraña iniciativa que comento.

Hemos llegado a un punto de degeneración moral en el que se puede exhibir un hijo como un triunfo social más. Pues no. Bien está engendrar descendencia, pero nunca como una especie de obligación social. Me refiero a esa sociedad que se desvive por aparecer (incluso pagando) en las revistas y programas del corazón.

Comprendo que uno de los graves problemas colectivos de nuestro tiempo es la escasa y declinante natalidad. Pero no se infiere por ello que exista una obligación general de traer hijos al mundo cuando se traspasan los límites de la naturaleza. Existen muchas situaciones dignas en las que no se puede o no se desea tener hijos. Respecto a la mínima natalidad de lo que antes se llamaba raza blanca, cabe el consuelo de que se vea compensada con la alta fecundidad de los inmigrantes de otras etnias. Al final se generalizará el mestizaje, que siempre es cosa buena.

En los casos de infertilidad de la pareja siempre se puede recurrir al expediente de la adopción, tan antigua como la humanidad organizada. En el caso de algunos emperadores romanos, el sistema de adopción resultó muy positivo. Pero, seamos realistas, en general, los hijos adoptados suelen derivar en graves conflictos de personalidad. No digamos cuando se disponga de casos suficientes de personas venidas al mundo a través de inseminación artificial o un útero alquilado. También son ganas de provocar daños y conflictos irresolubles. Aun aceptando la posibilidad de la adopción o del alquiler de útero, tales casos deberían ser solo excepcionales, nunca como un ejercicio de exhibición social. Pero nos encontramos en una sociedad en la que abunda el exhibicionismo en todos los sentidos. Ese es el progenitor B del cordero.

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