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Amando de Miguel

Vacilaciones para después de la epidemia

Los que, por el momento, hemos sobrevivido a la pandemia del virus chino tenemos la impresión de haber superado penosamente una especie de guerra civil.

Amando de Miguel
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Los que, por el momento, hemos sobrevivido a la pandemia del virus chino tenemos la impresión de haber superado penosamente una especie de guerra civil. No en vano circuló la metáfora de la ‘lucha’ contra el odioso virus. Oficialmente era el coronavirus-19, una forma de ocultar su auténtico marbete, quizá por temor a manifestar la vitanda xenofobia. Sin embargo, decimos tranquilamente ‘fiebre de Malta’ para facilitar la identificación de la brucelosis. Por tanto, no veo por qué se haya de disimular que la reciente pandemia del virus corona (hay otros de la misma estirpe) se originó en China. Lo mismo sucedió con la gripe asiática y quizá con otras pestes.

El hecho es que, superado mal que bien el confinamiento, los supérstites del virus chino podemos empezar a tratarnos personalmente (ahora se dice "presencialmente"), si bien con ciertas restricciones. No es la menor la nueva costumbre de lo que malamente se llama ‘distancia social’ (incluso ‘distanciamiento’), que no es más que el espacio físico mínimo que deben mantener los interlocutores. Parece difícil aplicar la disciplina del metro y medio, que a ver cómo se mide. No digamos la abstención de besos, abrazos y apretones de manos como formas de saludo o de reconocimiento. Si difícil (ahora dicen "complicado", pero es bien sencillo) va a ser el nuevo uso para los adultos, parece imposible que se aplique a los adolescentes. ¿Tendrán prohibido jugar al fútbol o al baloncesto? Espero que no se arrumben tales hermosos juegos, como desapareció la pídola de mi infancia. ¿La norma del metro y medio regirá también para los novios o los que intentan serlo? Por cierto, ¿cómo se las habrán apañado los novios durante los largos meses de estado de alarma?

Lo más vergonzoso de estas alteraciones en los usos cotidianos ha sido el olvido colectivo que ha caído sobre los 50.000 fallecidos (redondeando) por el virus chino. Ha sido la mayor hecatombe por unidad de tiempo de la era contemporánea. Y cuidado que esa época ha sido abundante en guerras civiles, pronunciamientos, golpes de Estado, epidemias, atentados terroristas y demás atrocidades. Ha resultado imposible que el Gobierno actual presente una lista con los fallecidos a causa de la epidemia. Habría significado el mínimo homenaje a las víctimas y a sus familias. La ocultación oficial de la cifra de fallecidos por la epidemia debería haber constituido un gravísimo delito. En esto como en todo, el Gobierno se mueve por una especie de festinación, un continuo no saber qué hacer ante hechos tan mayúsculos e inesperados. Declara, sí, el fin del estado de alarma y la llegada de la "nueva normalidad", pero la población sigue aterrorizada por los posibles rebrotes del dichoso virus. El bicho se alimenta de la necesidad de los hispanos por compartir espacios concurridos, aparte de que algunos constituyan la base de la economía turística. Es nuestra principal fuente de exportación, ya vemos ahora que harto inestable.

Hace un par de meses ya razoné que la virulenta pandemia cedería paso a una tranquila endemia. Es el caso de otras varias enfermedades infecciosas que conviven regularmente con nosotros. Solo que, en el caso del virus chino, nos encontramos ante una peste sumamente contagiosa, aunque se presente con una letalidad relativamente baja. Ahí se asientan las múltiples incertidumbres de la asendereada vida española.

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