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Ángel Mas

El Protectorado

Tenemos a la mitad del país, la más sensata, esperando ansiosamente, rogando, que la Unión Europea intervenga la economía española.

Ángel Mas
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Tenemos a la mitad del país, la más sensata, esperando ansiosamente, rogando, que la Unión Europea intervenga la economía española.
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Tenemos a la mitad del país, la más sensata, esperando ansiosamente, rogando, que la Unión Europea intervenga la economía española.

Resulta una triste admisión de lo inevitable de la derrota, del fracaso colectivo de una generación que antes de la crisis financiera global se veía llamada a liderar el ascenso de España a la primera liga de las democracias y a reclamar su lugar entre las grandes economías planetarias. Ahora se ve abocada a reconocer la incapacidad de España para manejarse como país maduro y de referencia. Y su propia incapacidad para comandarla.

Muchos comienzan a pensar que lo que en la última crisis se nos vendió como un gran logro por parte del Gobierno del PP, evitar la intervención, fue sobre todo una oportunidad perdida para la auténtica regeneración del sistema político; para ajustar de una vez el sector público, poner fin al demencial solapamiento de Administraciones, transformar radicalmente un sistema de pensiones en quiebra y reordenar el tan ineficiente como insostenible régimen funcionarial. En vez de acometer el necesario manguerazo, continuamos con nuestro inconsciente sarao improductivo, la sublimación de lo superfluo.

Más allá de los radicales ajustes presupuestarios que cualquier plan de austeridad nos impondrá, asumimos, casi aspiramos con desoladora resignación a que Europa nos tutele como a menores de edad incapaces de hacerse cargo de sus asuntos. A que se nos trate como a un protectorado de países más responsables. De países que, para empezar, se respetan a sí mismos.

Solo hay que leer las memorias de Rajoy para comprender que en la celebración de la no intervención de la Troika subyacía un orgullo nacional mal entendido, sí; pero también, y fundamentalmente, un afán de que no cambiara nada y de que nadie nos pidiera cuentas de nuestros intolerables, insostenibles, injustificables despilfarros. En nombre de nuestros prestamistas, esos fiscalizadores nos hubieran impuesto austeridad, sobriedad y profesionalidad circunspecta; ahora serán mucho más duros, se andarán con menos contemplaciones y nos tendrán muchísimo menos en cuenta. Porque nos respetan menos.

Como el que teme la reacción de un adolescente malcriado, las élites que conocen la ineludible realidad no se atreven a tratar a los españoles como a adultos, a decirles a la cara lo que se les viene encima. Lo que nos jugamos como economía, como sociedad y como nación. Los líderes –políticos, económicos– que rechacen o simplemente no sepan estar a la altura de las dramáticas circunstancias serán víctimas de su imperdonable huida hacia delante.

Esa mediocracia tiene las horas contadas. No han valido y no valdrán. Tras dedicarse a anestesiar y a silenciar, al trilerismo y la confusión, sufrirán la ira de muchos ciudadanos que, madurando con el apremio que exige la supervivencia, se sientan estafados por los que, siendo la peor versión del pueblo al que representaban, promovieron la infantilización y el adocenamiento.

Habrá aprendices de brujo y maestros de la supervivencia política que crean poder seguir burlando el desengaño de la gente con sombras chinescas, cambios de cromos, sopas de siglas. Habrá quienes, como el proverbial heredero haragán, sigan dejando todo en manos del tiempo, del paso del tiempo. E incluso habrá quien siga jugando al cuanto peor mejor a fin de asestar el golpe de régimen que les perpetúe para siempre en el Poder. Estos pueden parecer especialmente peligrosos; hasta que uno se pregunta a qué se dedica estos días el temible Varufakis que iba a enfrentarse a la Troika en la Madre de Todas las Batallas Europeas.

No sólo con la clase política actual. Es probable que el tsunami arrase con todos. Con la oligarquía extractiva y parasitaria del capitalismo de BOE. Con los medios zombies sin tangentópoli que los engrase. Con las pequeñas aristocracias locales del catetismo y la garrapata. Y, lo peor, con tantos ciudadanos que ignoraban vivir en Matrix, en una realidad paralela hecha de trabajos de mentira y dinero de monopoly.

Será muy, muy duro. Gente que creía tener empleos vitalicios se verá en la calle; muchos de los que consigan retener el puesto de trabajo verán sus sueldos recortados a la mitad; habrá niveles de paro nunca vistos ni siquiera en un país como el nuestro, con las peores cifras de desempleo de Occidente... Y ya no se podrá recurrir al apoyo familiar, porque los pensionistas no tendrán ni para ellos. La emigración no se verá más como un estigma sino como una liberación.

Esperemos que de esta catarsis brutal surja un país mejor. Con líderes que reaccionen a tiempo, que sepan matar al padre, ese sistema político endogámico que los crió y que, con el arrojo y la credibilidad ganada durante la crisis sanitaria, canalicen las aspiraciones de cambio y regeneración. Con ciudadanos más conscientes, responsables y críticos, que elijan a los mejores en todos los ámbitos de decisión.

Entonces dejaremos de ser un protectorado. Entonces nos empezaremos a respetar y así nos ganaremos el ser respetados. La travesía va a ser larga. Preparémonos.

En España

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