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Antonio Robles

Cs que estás en los cielos

Por eso Ciudadanos, por eso su nombre, por eso cambiar sus siglas es negar su origen y el sentido de su lucha.

Por eso Ciudadanos, por eso su nombre, por eso cambiar sus siglas es negar su origen y el sentido de su lucha.
La presidenta de Cs, Inés Arrimadas. | Jesús Hellín / Europa Press

Ciudadanos no puede desaparecer. Al menos en Cataluña. Lo apuntaba en el anterior artículo, Antes de que sea demasiado tarde. ¿Por qué no, si se ha convertido en un estorbo que no sirve a ninguno de los propósitos por los que nació?

Ciudadanos fue la encarnación rebelde y desesperada de una generación de catalanes hartos de ver pisoteados sus derechos lingüísticos, culturales, nacionales y sociales en pleno siglo XX a plena luz del día y en medio de un Estado de Derecho sordo, mudo y ciego. Lo inaudito fue posible porque una parte de catalanes integristas decidió que Cataluña era una casta, una clase, el ADN de Cataluña, cuya identidad estaba en peligro si el resto de ciudadanos no se amoldaba a su hegemonía. Nobles y siervos, ciudadanos y súbditos.

Sí, Cs nació para reivindicar lo obvio: el valor de la ciudadanía que nos hace a todos iguales en derechos y obligaciones. En una sociedad civilizada es el derecho, las leyes las que determinan la ciudadanía, no la herencia, la casta, la etnia, la religión, la raza, la lengua o cualquier otro artificio que dinamite la igualdad y la libertad. Por eso Ciudadanos, por eso su nombre, por eso cambiar sus siglas es negar su origen y el sentido de su lucha.

Pero además nació para acabar con el relato, con el cuento nacionalista de que quien hablaba castellano era un colono, un enemigo del catalán, y España un país franquista. Cualquiera que osaba cuestionar ese orden del discurso era un español, o sea un facha, y últimamente, ñordo. Puede parecer ridículo, pero intoxicó por completo la atmósfera de la política catalana hasta desactivar cualquier reacción en contra de esa infamia. Los "colonos" asumieron y callaron, en muchos casos, colaboraron, y los hijos de la masía, dispusieron. Hasta hoy. Con un paréntesis, cuando en 2006 irrumpió Cs en el Parlamento de Cataluña con un discurso ilustrado, de ciudadanía compartida, exento de complejos, y contrastando una España tolerante y democrática con el supremacismo clasista del catalanismo. Ese empeño cívico comenzó a quebrar su hegemonía moral y a elevar la autoestima de los oprimidos.

Hoy los pulsos por el poder dentro de las sociedades democráticas no se libran con violencia explícita, sino con medios de comunicación, redes sociales, ficciones y relatos que impongan una visión del mundo interesada. El nacionalismo catalán, tanto de izquierdas como de derechas, es un experto en esas realidades virtuales y ha logrado identificar España con la ultraderecha franquista. No es cuestión de que sea un insulto a la inteligencia, lo mollar es que ha calado en buena parte de la sociedad catalana. De ahí, que sea un tesoro para el nacionalismo tener un partido a mano con esa imagen. Merecida o inmerecida. Eso es lo de menos.

Cs había logrado neutralizar el sambenito y poner en crisis la hegemonía moral del catalanismo. Pero su desmoronamiento previsible hará que Vox lo sustituya como paladín del constitucionalismo. Valens, y esa mezcolanza de constitucionalismo acomplejado y catalanismo encubierto de Lliures o Lliga democràtica, sólo lograrán dividir el voto del PP sin lograr diputado alguno; y parte del electorado de ambos será fagocitado también por Vox (con la incógnita de si el bilingüismo cordial de Feijóo convencerá o no a parte del electorado convergente, Vox pasaría a ser la imagen de España en Cataluña).

Dicho de otro modo, la mayoría nacionalista será incontestable, y frente a él, ya sólo quedará la foto fija modelada por el nacionalismo de una España franquista representada por Vox. El nirvana del nacionalismo.

No habrá matices, no importará lo que sea Vox en realidad, la imagen interesada del nacionalismo engordará su relato. Y contra eso, sólo existía la batalla cultural que inició Cs, que quiso culminar Cayetana Álvarez de Toledo en el PP, y que no podrá dar Vox por sus propias limitaciones de ideario y un exceso de integrismo moral. Y sobre todo, porque su monopolización del voto constitucionalista y, por consiguiente, de la imagen de España será el mejor abono para reforzar la intoxicación nacionalista.

Lo captó con diáfana sencillez Guillermo del Valle, líder de Jacobinos y esperanza de una izquierda española libre de nacionalismo cuando me suscribió por Whatsapp tras el artículo anterior: "Lo peor y soñado por el nacionalismo, como dices, es que la respuesta a la fragmentación territorial, a la privatización ilegítima del territorio político común, venga de la mano de Vox. Es lo que soñaban. Inventarse un nacionalismo esencialista al otro lado. Parece que lo han logrado. Y la España de ciudadanos, otra vez huérfana".

No sé si será posible recuperar al Cs socialdemócrata con moldes liberales que representaban mentes tan intuitivas como la de Félix Ovejero o Francesc de Carreras en 2006, pero mientras no se ponga contra las cuerdas al PSC y se neutralice el relato nacionalista de una España de fachas, no habrá ciudadanía en Cataluña.

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