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Antonio Robles

Los viejos rockeros siempre decepcionan

Puede resultar pretencioso sentir pena por una vieja gloria del rock, pero eso fue lo que sentí el otro día en Pedralbes.

Antonio Robles
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Puede resultar pretencioso sentir pena por una vieja gloria del rock, pero eso fue lo que sentí el otro día en Pedralbes.
Miguel Ríos, en una imagen de archivo. | Archivo

El pasado domingo asistí al concierto de Miguel Ríos en los hermosos Jardines del Palacio de Pedralbes de Barcelona. Mi hija María supuso que me gustaría por aquello de las emociones generacionales. Pero la mejor intención no se libra del tiempo ni previene los desengaños.

Creí que se disolvería con el paso de las horas, pero no. Ahora que me pongo a escribir sobre lo acontecido, persiste la sensación de pena y decepción. Puede resultar pretencioso sentir pena por una vieja gloria del rock, pero eso fue lo que sentí desde el primer guiño político que hizo a la casta como si estuviera en los setenta rompiendo moldes contra Franco.

La primera andanada, después de hacer las carantoñas de rigor a la lengua catalana, vino precedida por una declaración de principios: "Nuestra ideología es la buena". Dice que le dijo a la actriz Pilar Bardem, la amiga muerta, la comunista irredenta, la madre de una estirpe de humanistas selectivos: "Nuestra ideología es la buena". Esas cosas que se dicen medio en broma en plan sobrado en esos lugares comunes donde la prudencia es irrelevante. Venía a cuento de la infumable gestión de la pandemia. Y arremetió contra "la clase política, que solo se acuerda de los sanitarios cuando son imprescindibles". La voz airada, revolucionaria, sin costes. Pero sin nombres propios. Como si no hubiera un Gobierno responsable, ni en España ni en Cataluña. Un genérico "clase política", una manera de esquivar a los suyos, a la ideología buena. Antes había ido trufando su aversión a los fascistas del 36 con chascarrillos de revolucionario desubicado. Una versión cool del tramposo reduccionismo político del Gobierno con la ultraderecha. Hasta en los más nimios detalles. Cogió una guitarra: "¿Saben qué lema escribió el mítico Woody Guthrie en su guitarra?". Instantes de silencio: "¡Esta es una máquina de matar fascistas!".

Estaba en el lugar adecuado. Los fascistas siempre son los otros, los españoles. Ahí siguió, arremetiendo contra los molinos de viento de la ultraderecha reverdecidos por el Gobierno de Sánchez para tener entretenido al personal.

¿Dónde está la impostura? En la criba de los agravios, en la venda obscena de la compasión. Lágrimas para Pilar Bardem, ni un simple recuerdo para el profesor catalán José María Gay de Liébana; recuerdo e indignación por el asesinato del joven Samuel, pero ni una sola mención por los jóvenes muertos en Cuba a manos de la policía, ni una miserable mención a los periodistas secuestrados por defender la libertad de expresión; chuzos contra los fascistas del 36 como si estuvieran correteando aún por la Castellana, ni una referencia a los secesionistas del 2017 que tenía allí mismo. Estuve a punto de gritarle: "¡A ver si tienes cojones de decir lo mismo contra los golpistas de aquí!". Al fin y al cabo estaba en Barcelona. Pero lo aprovechó para lo contrario: se pasó haciéndole guiños a la Cataluña oficial, pero se abstuvo de recriminarle ni uno solo de sus excesos. Prefirió adornarse hablando un poquito del catalán perseguido, pero ni una sola palabra para denunciar la exclusión que sufren los niños castellanohablantes sin poder estudiar en su lengua. Lanzó un "¡Viva el Barça!" para ganarse a un niño, sin sospechar que pudiera ser del Español. Es esta generación de progres, mi generación, que ignora quién imparte la asignatura de FEN en Cataluña, quién impone una lengua y excluye otra, quién es demócrata y quién vive de los royalties de ella sin ejercerla. No se enteran de nada.

Estas insignificantes suspicacias podrían parecer excesivas, bobadas frente a las agresiones diarias del Gobierno de España a su propia nación. Pero no, estos lodos requieren esos polvos para crear una atmósfera estética que siga sosteniendo a una casta mafiosa que excluye, explota y socava los cimientos del Estado para lograr perpetuarse en el poder. Y buenas personas como Miguel Ríos forman parte de esos polvos. Aunque no lo sepan.

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