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Paradoja democrática en Egipto

El golpe militar en Egipto es uno de esos acontecimientos que nos obligan a reflexionar qué es la democracia. Y de paso, depurarla de sus mitos.

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El golpe militar en Egipto es uno de esos acontecimientos que nos obligan a reflexionar qué es la democracia. Y de paso, depurarla de sus mitos.

Titulaba hoy El Mundo en su editorial, "Egipto: golpe a la democracia para salvar la libertad". Clásica disculpa para justificar lo injustificable.

El golpe militar en Egipto es uno de esos acontecimientos que nos obligan a reflexionar qué es la democracia. Y de paso, depurarla de sus mitos.

A menudo se la presenta como "el" sistema, el único instrumento de organización civilizada frente al que no hay alternativa. Algo parecido a un dogma. La sentencia de Churchill abunda en la leyenda: "La democracia es el menos malo de los sistemas políticos".

Vistas así las cosas, la democracia se puede llegar a confundir con la verdad y la justicia. Nada más erróneo. La mayoría de votos no garantiza la verdad de nada, tampoco de la justicia. Una y otra no dependen de los votos. La primera depende de las ciencias formales y empíricas, la segunda, de nuestro sistema de valores. Aunque si bien no la verdad, sí nos suele garantizar la convivencia y la paz y, parcialmente, la justicia.

Por eso, nadie puede ampararse en un bien indiscutible, como puede ser la libertad, para negar con las armas lo que legitimaron las urnas. Por muy hermosa y altruista que sea la defensa de la libertad o de cualquier otro valor superior. ¿Acaso la dictadura del proletariado no era la disculpa para garantizar la igualdad? Uno y otro valores, los dos subjetivos.

En un Estado democrático el fundamento no son los valores subjetivos los que determinan su ser, sino la forma, es decir, el Derecho que nos obliga a todos a seguir reglas. Todos tenemos visiones diferentes del mundo, pero todos estamos obligados por unas mismas reglas. Eso es lo que no han entendido los defensores de la Revolución en Egipto, y no quieren aceptar otros muchos en Occidente. Porque si lo aceptan, han de convenir que mayorías islámicas profundamente sexistas, paternalistas y autoritarias, muy alejadas de los valores ilustrados de Occidente y del código universal de los Derechos Humanos, han de ser respetadas en sus desmanes. Terrible paradoja. La Revolución islámica contra la dictadura de Reza Pahlevi llevó al poder al Ayatolá Jomeini, y el remedio fue bastante peor que la enfermedad; años después, la fuerza islamista del FIS argelino, ganador de las elecciones de 1991, fue derrocada por una dictadura militar en 1992. Los defensores de la democracia occidental debieron recurrir a la fuerza de la violencia para echar del poder a los islamistas que legítimamente habían ganado las elecciones.

Lo que ha pasado ayer en Egipto era previsible, en nombre de la libertad se suspende el único sistema que la garantiza: el Estado democrático de Derecho.

Esta paradoja nos enseña que la democracia no sólo es un sistema basado en el derecho, sino un modelo social donde han madurado unos valores políticos, como la tolerancia, la igualdad ante la ley, el laicismo de Estado, el respeto a las minorías etc. que algunas sociedades aún no poseen. Ese caldo de cultivo es imprescindible. Sin él, la democracia es una quimera. Quizás los países islámicos en general aún no han llegado a él. Pero paradójicamente, no llegarán a él si no es en libertad. Con una dictadura por medio, es imposible. A la libertad no se la salva con tutelas interesadas, sino con más libertad.

Con una excepción. Solo aquellas mayorías que, a pesar de haber conseguido el poder de forma democrática, lo utilizan contra sus fundamentos, deben ser destituidas por grado o por fuerza. Me temo que la transición a la democracia de la primavera árabe necesitará varias generaciones y mucha sangre. El lento camino que hizo Occidente desde el siglo XIII hasta hoy.

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