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Carmelo Jordá

El peligro del obrerismo

A Vox ese obrerismo de camisa azul no le hace nada de bien y le va a servir de muy poco.

Carmelo Jordá
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Hay una serie de ciudadanos, normalmente trabajadores de determinados tipos de industria con una fuerte implantación sindical, que se creen con derecho a trasladar sus problemas laborales a las calles y, sobre todo, a hacerlo en forma de conflictos que se convierten en asuntos de todos.

Por supuesto, la única forma de convertir un problema laboral en algo que concierna a toda una ciudad o un país es la violencia, pero la izquierda está convencida de que tiene derecho a usar la violencia en la escala que sea necesaria en cada situación: el mismo principio que te permite romper escaparates y quemar contenedores porque te quedas sin trabajo es el que te lleva a poner bombas lapa y pegar tiros en la nuca por los derechos de no se sabe muy bien qué pueblo.

Y es un principio estrictamente de izquierdas: sólo una ideología acomodada en la superioridad de una parte de la sociedad –la clase obrera sobre las demás, un pueblo sobre otro u otros…– puede permitirse aceptar, cuando no practicar, una violencia que necesariamente quiebra los derechos básicos, los principios de la democracia y, sobre todo, la igualdad.

Por eso no tiene ningún sentido que un partido conservador flirtee con los que están promocionando y usando esa violencia como herramienta sindical y política, tal y como está haciendo Vox ahora con las violentas protestas de la huelga del metal en Cádiz.

Está claro que el partido de Santiago Abascal tiene entre sus múltiples almas esa pulsión obrerista y callejera, como tiene también una parte liberal y, sobre todo, ese componente conservador que creo que es su principal característica. Yo creo que dos de estos tres ingredientes pueden llegar a mezclarse con éxito: los partidos liberal-conservadores han sido fundamentales en muchos países europeos, desde el Reino Unido a Alemania; y también lo han sido –de una forma menos brillante, creo yo– partidos conservadores y con esa vena social, aunque en pocas ocasiones sindical. Sin embargo, me parece muy difícil que lo hagan los tres

Y no sólo es que querer ser las tres cosas es abarcar demasiado, incluso si se decide sólo por dos de ellas el bien que Vox pueda hacerle, o no, a España dependerá mucho de la combinación elegida. Yo entiendo la tentación de luchar esa batalla obrerista en el terreno de una izquierda que sistemáticamente maltrata a las clases bajas y que, además, cada día es más elitista. Y entiendo también que el jaleo callejero puede debilitar a este Gobierno y ponerlo ante la gigantesca contradicción que es presentarte como el que defiende a los débiles pero gobernar para determinados grupos de presión.

Pero a la izquierda no hay que derrotarla por imitación –entre otras razones porque es muy difícil, dada su abundante experiencia en el engaño y su escasa moralidad– sino convenciendo a la mayor parte de la sociedad de que lo mejor es el modelo opuesto al que nos proponen personajes como Sánchez o Iglesias. A Vox ese obrerismo de camisa azul no le hace nada de bien y le va a servir de muy poco: los votos que pueda ganar por un lado se irán por el otro y, sobre todo, perderá buena parte del foco que necesita para proponer a España las reformas y los cambios que de verdad necesita, para luchar esa batalla cultural que no tiene nada que ver con los escaparates rotos y las pedradas a la Policía. Por ahí, en suma, no van a ir a Cádiz ni a ningún lado.

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