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Carmelo Jordá

¡Qué cerdada!

Uno podría pensar que hay un musulmán fanático infiltrado por el ministerio que ha recibido el mandato de acabar con la impura industria del gorrino

Carmelo Jordá
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Tranquilo estaba el cerdo en la dehesa sin saber la que se le venía encima; sereno estaba el sector del gorrino sin imaginarse que iba a ser víctima –precisamente ellos- de una gorrinada mayúscula.

Pero sí, como los asuntos de los marranos funcionaban razonablemente bien en España y todos comíamos –en la medida de nuestras posibilidades- algo de buen jamón de vez en cuando, el Gobierno ha sentido la irrefrenable necesidad de regular aquello que iba tirando por sí mismo.

Las consecuencias van a ser, por supuesto, nefastas: el sector, alarmado, alerta de que o suben los precios o se derrumba la producción; los consumidores, por tanto, habremos de agradecer una vez más la protección de papá Estado de la forma habitual en estos casos: rascándonos el bolsillo para pagar más por lo mismo pero, eso sí, bendecido por las autoridades.

Qué impele al Gobierno a estropear lo que funciona es una de esas cosas sobre las que es necesaria una reflexión profunda. Atendiendo a este último y porcino ejemplo, uno podría pensar que hay algún musulmán fanático infiltrado por el ministerio de Agricultura que cree haber recibido el mandato de Alá de acabar con la impura industria del gorrino.

Sería una buena explicación, al menos divertida, si ese impulso sectoricida no se extendiese sin tasa por cualquier ámbito de la economía y, si me apuran, de la sociedad. Ahí ya no puede haber tantos musulmanes fanáticos, ni Alá daría abasto a la hora de ordenar revienta esto, destroza aquello.

No: esas ansias de destrucción son inherentes a la mayoría de los gobiernos y, desde luego a las de todos los que han pasado últimamente por España, que donde ponen el ojo ponen el tocho regulatorio y hunden la actividad. En realidad, seamos justos, es más ansia de control que de destrucción: hay que meterse en todo, controlarlo todo y que te lo deban todo, ya sean las eléctricas, las farmacéuticas o las piaras.

Aquí lo importante no es si la verdad la dice Agamenón, el porquero o el mismo cerdo, aquí lo esencial es tenerlos a los tres controlados, no sea cosa que alguien cometa la frivolidad de ganar dinero honradamente… y sin el permiso de la autoridad competente.

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