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Cayetano González

El PNV enseña la patita

¿Hasta dónde esté dispuesto a llegar el PNV en su pulso con el Estado?

Cayetano González
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¿Hasta dónde esté dispuesto a llegar el PNV en su pulso con el Estado?
EAJ-PNV

Ya se sabe que los vascos son algo diferentes a los demás. "Somos una raza superior", le dijo en una entrevista Javier Clemente a Mercedes Milá, y se armó la mundial. Debe de ser por esa supuesta diferencia por lo que el PNV no se conforma con celebrar el Aberri Eguna (Día de la Patria) el Domingo de Resurrección, sino que además tiene fijado en el calendario el Alderdi Eguna (Día del partido), que se lleva a cabo el último domingo de setiembre en unas campas situadas a las afueras de Vitoria.

Normalmente, en el Alderdi Eguna, aparte de compartir tortilla y chorizo con amigos y militantes, los dirigentes del PNV aprovechan para arengar a los suyos, no escatimando en excesos verbales muy del gusto de la parroquia. En el de este año, la palma se la llevó el presidente del partido, Andoni Ortuzar, cuando alertó "contra quienes por envidia quieren quitarnos lo nuestro", añadiendo a continuación: "Luego querrán que los vascos se sientan españoles. ¡Ni por el forro!".

Más allá de estas arengas –en ese terreno, el difunto Xabier Arzalluz era imbatible–, el PNV ya se está resituando en el tablero político español, condicionado absolutamente por el desafío independentista de Cataluña y por el clima de insurrección institucional que desde la Generalitat se está alentando, ante la previsible sentencia condenatoria de los políticos catalanes que intentaron dar hace dos años un golpe de Estado.

En los últimos tiempos –desde el fracaso del Plan Ibarretxe–, el PNV ha optado por moderar, al menos de puertas afuera, sus afanes independentistas, a los que obviamente no ha renunciado. Durante estos años, coincidiendo con el pulso secesionista en Cataluña, se ha mantenido agazapado, aunque, eso sí, siempre atento a la tajada que pudiera sacar de quien gobernara en Madrid. Y si no que se lo pregunten a Rajoy, que después de recibir el apoyo de los nacionalistas vascos para aprobar los Presupuestos Generales del Estado se encontró con que, en cuarenta y ocho horas, apoyaron la moción de censura presentada por Pedro Sánchez. ¿Por qué ese cambio? Por una simple razón: el líder del PSOE les ofreció más.

Ahora, el PNV –a un año de las elecciones autonómicas– desempolva el derecho a decidir del pueblo vasco en el marco del nuevo estatuto que se está debatiendo en el Parlamento autonómico. No se para ahí la pretensión del PNV. Quiere también la imposición al resto de España de un sistema político de tipo confederal que reconozca la existencia de un pueblo vasco como sujeto político y que dinamitaría la soberanía nacional recogida en la Constitución de 1978. Es decir, pretende una relación de tú a tú con el Estado.

Hasta dónde esté dispuesto a llegar el PNV en su pulso con el Estado es una incógnita. Aparte del pragmatismo que le proporciona ser el partido que gobierna en todas las instituciones del País Vasco, influirá sin duda cómo acabe el proceso secesionista en Cataluña. Si al final los políticos golpistas son condenados; si los actuales dirigentes de la Generalitat alientan un clima de rebelión y desobediencia civil ante una sentencia condenatoria y son castigados por ello, aplicación del artículo 155 de la Constitución incluida, los dirigentes del PNV se lo pensarán muy mucho.

Poner en riesgo la maquinaria y la red de poder que el PNV controla desde hace tantos años es un precio demasiado elevado como para plantearse echar un pulso al Estado y perderlo. Ya lo dijo Arzalluz en el Aberri Eguna de 2002: "La independencia nos obligaría a plantar berzas".

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