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Empieza el baile

Parece que este domingo arranca el fin del bipartidismo PP-PSOE.

Cayetano González
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Exceptuando, por otros motivos, algunas elecciones vascas, nunca antes unas elecciones autonómicas como las que se celebrarán el próximo domingo en Andalucía habían tenido tanta importancia en eso que se llama "clave nacional". Lo que salga el domingo de las urnas andaluzas marcará sin duda las siguientes citas electorales: las municipales y autonómicas en trece comunidades del 24 de mayo y las generales a finales de año. Sin olvidar las catalanas de setiembre.

Es que el domingo en Andalucía, si hacemos caso a las diversas encuestas publicadas durante los últimos días, se certificará el fin del bipartidismo PP-PSOE debido a la irrupción de dos nuevas formaciones políticas, Ciudadanos y Podemos, con un número de votos y escaños suficientes para entrar en el club de los selectos.

Pero el domingo –maldita coincidencia del recuento de votos con el clásico del Nou Camp, que se jugará a las 9 de la noche– se dilucidan más cosas que la composición del Parlamento andaluz. Se sabrá, por ejemplo, si la lideresa socialista Susana Díaz se equivocó de plano al convocar elecciones anticipadas. Si las encuestas tienen razón y la presidenta de la Junta, aunque sea la más votada, obtiene el peor resultado del PSOE en Andalucía, más de uno, sobre todo en su propio partido, se lo va a restregar.

No sé si, viéndolas venir, Felipe González ya le decía este domingo en las páginas de su periódico de toda la vida que tendrá que quedarse en el Palacio de San Telmo entre tres y cinco años. ¿Y después? Uf, tal y como está el PSOE, hacer predicciones a más de seis meses vista es un ejercicio sumamente arriesgado. Mírese si no a Pedro Sánchez, elegido en primarias hace sólo ocho meses. Él puede ser el principal beneficiado de un mal resultado de Susana Díaz el próximo domingo, aunque su prueba de fuego serán las municipales y autonómicas de mayo.

En cuanto al PP, dado que Rajoy, teniéndolo en su mano, no quiso cambiar el orden de las elecciones –hubiese bastado para ello adelantar las generales–, empezará este domingo su particular vía crucis electoral con una estación muy penitente en Andalucía. Hace tres años, los populares, con Javier Arenas Bocanegra de candidato, ganaron las elecciones: sacaron el 40,6% de los votos y 50 diputados. No pudieron formar Gobierno porque pactaron el PSOE (47 escaños) e IU (12). Las encuestas predicen que el PP puede obtener en torno al 30% de los votos y entre 29 y 33 diputados. Es decir, una auténtica debacle. ¿Quién será el responsable? Me temo que Moreno Bonilla –Juanma para los amigos– tendrá que tragarse el marrón, pero conviene recordar que a este candidato, nacido por cierto en Barcelona –lo digo como dato que debe de valorar cuanto antes el delegado del Gobierno en Andalucía– lo nombró formalmente Rajoy, aunque su principal madrina fue Soraya, en detrimento de la opinión de Cospedal, que apostaba por José Luis Sanz.

Podemos y Ciudadanos sacarán pecho el próximo domingo, aunque habrá que ver cuánto. Los que lo van a pasar mal son los de IU: además de cornudos, apaleados; es decir, primero les echan del Gobierno de la Junta y luego vienen los de Pablo Iglesias y les comen la tostada. Pero también puede ser un mal día para UPyD, al que las encuestas no dan representación parlamentaria: puede ser el comienzo, si no del fin, sí al menos de una complicada travesía. Sus líos internos y la negativa a hacer un pacto con Ciudadanos le pueden pasar una alta factura. En cuanto a Vox, que sigue sufriendo el ninguneo de la mayor parte de los medios de comunicación, tiene muy complicado obtener representación parlamentaria.

Estas son algunas de las cosas que habrá que analizar, ya con los datos oficiales en la mano, la noche del clásico. En cuanto a los posibles pactos postelectorales, y en el caso de que el PSOE no consiga la mayoría absoluta, uno lo tiene meridianamente claro: si Susana Díaz se metió solita en este lío, que sea ella la que también solita intente salir de él. Y si no lo consigue que asuma su responsabilidad de adelantar unas elecciones, según explicó, porque le faltaba la estabilidad institucional necesaria para gobernar. Desde luego, quien le eche un flotador para sacarla del pozo lo puede pagar muy caro en las siguientes citas electorales.

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