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La encrucijada de Casado

Casado necesita un PP fuerte, sobre todo en lo ideológico; rescatarlo del lamentable estado en que lo dejó Mariano Rajoy.

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Pablo Casado | EFE

El nuevo líder del PP, brillante vencedor de las primarias de su partido tras derrotar a la exvicetodo Soraya Sáenz de Santamaría, tiene por delante una ardua tarea que exige como condición previa, para ser afrontada con éxito, un diagnóstico certero de la situación política.

Pablo Casado, que no lleva ni mes y medio al frente del principal partido del centroderecha, que ha gobernado en España durante quince años, tiene que ser consciente de que lo que tiene enfrente no es sólo un Gobierno del PSOE con 84 escaños salido de una moción de censura apoyada por los independentistas catalanes, los nacionalistas vascos, Podemos y hasta por Bildu. No, lo que tiene enfrente el nuevo dirigente del PP es mucho más: es un Gobierno frentista con un proyecto claro y definido de ruptura del modelo constitucional. Se podrá pensar lo que se quiera –y se acertará– de la inconsistencia política de Sánchez y de la mayor parte de sus ministros/as, demostrada con creces en estos tres meses que llevan en el Gobierno, pero el hecho cierto es que ahí están, manejando el marketing político sin ningún rubor, abusando del decreto-ley y haciendo de los medios públicos su finca particular, en connivencia con Podemos.

Un Gobierno empecinado en entenderse con el independentismo golpista y rupturista que gobierna Cataluña, cuando es obvio que los golpistas independentistas no quieren saber nada de entendimiento con España. Siendo grave eso, lo es más la fractura total que se ha producido en la sociedad catalana, y que ha tenido en agosto muestras de fascismo y matonismo en forma de agresiones físicas a ciudadanos que pretendían quitar los lazos amarillos del espacio público, ante la indecente pasividad de un cuerpo policial, el de los Mozos de Escuadra, que debería estar ya disuelto o al menos intervenido por parte del Gobierno central, al ser una policía de parte y no garantizar, todo lo contrario, el mantenimiento del orden público y la convivencia en Cataluña.

Para hacer frente a todo esto, Casado necesita un PP fuerte, sobre todo en lo ideológico; rescatarlo del lamentable estado en que lo dejó Mariano Rajoy. Por cierto, mal se entiende ese elogio que ha hecho Casad de su predecesor: una cosa es que le ceda un despacho en Génova y otra que diga que se ha sido muy injusto con él. ¿Injusto por qué?

Casado puede tener la tentación de entrar en componendas, en apaños, a la hora de llevar adelante la refundación que necesita su partido. Eso sería un grave error, porque si lo que perciben esos tres millones de votantes que abandonaron en anteriores elecciones al PP y los otros tres que estaban dispuestos a hacerlo en las siguientes es que la continuidad se impone a la refundación y a la regeneración, entonces el nuevo líder del PP puede tener un serio problema.

El discurso que hizo Casado en el congreso extraordinario que le eligió presidente a finales de julio y que ilusionó a tanta gente debe guiar su camino. La mayor parte de las cosas que ha dicho y hecho en estas semanas han estado bien, pero tiene que resolver algunas contradicciones. Por ejemplo, Maroto no puede ser su cara más visible y la voz de su Ejecutiva; en el País Vasco, donde el PP es un partido desdibujado y prácticamente irrelevante, no puede ser que la refundación la lideren quienes lo han llevado a esa situación, es decir, los Alonso, Oyarzabal y Sémper de turno; en Cataluña tiene que haber un cambio de personas, reconociendo la ingrata labor que ha hecho Albiol. Es decir, Casado tiene que tomar decisiones que pueden resultar incómodas. Pero no hacer nada, es decir lo de Rajoy, o quedarse a medio camino, ya se sabe a lo que conduce.

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