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La respuesta

La respuesta al golpe de Estado separatista debería ser liderada por el presidente del Gobierno, pero 'Rajoy' y 'liderazgo' son conceptos antagónicos.

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El lunes 9 de noviembre de 2015 se convertirá sin lugar a dudas en uno de los días más tristes de nuestra historia reciente. No por esperado y anunciado deja de ser una agresión a nuestro sistema democrático, un golpe de Estado civil, que un Parlamento autonómico apruebe una resolución en la que en su punto segundo se declara de forma solemne

el inicio del proceso de creación del estado catalán independiente en forma de república.

Este lunes ha sido un día triste porque, treinta y siete años después de haberse aprobado la Constitución, una parte que no llega al 50% de la sociedad catalana ha decidido decir adiós a España. Y lo hace liderada por un partido, Convergencia Democrática de Cataluña, que es el paradigma de la corrupción, como bien ha recordado en su brillante intervención durante el debate parlamentario la portavoz de Ciudadanos, Inés Arrimadas, con quince sedes embargadas y con su líder espiritual de todos estos años, Jordi Pujol, salpicado por diferentes delitos, que atañen también a prácticamente todos sus hijos.

Junto a Convergencia, impulsa este proceso la CUP, un partido antisistema que pasa por simpatizar con las diferentes marcas de ETA y que defiende un modelo de sociedad que nada tiene que ver con lo que supuestamente debería representar un partido burgués como el que lidera Artur Mas.

Consumado el desafío, toca al Gobierno de la nación y a otras instituciones del Estado responder al mismo. Esa respuesta debería ser liderada por el presidente del Gobierno, pero Rajoy y liderazgo son conceptos antagónicos. Hasta la fecha, el actual inquilino de La Moncloa se ha limitado a pronunciar palabras que suenan bien, "Mientras sea presidente no permitiré que nadie incumpla la legalidad" y cosas parecidas. Pero las palabras ya no sirven; ha llegado la hora de actuar. De momento, el presidente ha anunciado que recurrirá al Tribunal Constitucional la resolución aprobada este lunes por el Parlamento de Cataluña, y todo el mundo sabe dos cosas: que el TC la suspenderá y que los partidos que la han aprobado no acatarán esa suspensión. ¿Y entonces qué?

Es en ese punto, que se plasmará en cuestión de muy pocos días, donde el mensaje que hasta la fecha ha lanzado Rajoy a la opinión pública se agota en sí mismo. ¿Tiene el Gobierno preparada la respuesta a ese escenario de desobediencia del Parlamento de Cataluña a una sentencia del TC? ¿Cómo será la respuesta? El presidente del Gobierno se ha hartado de hablar estas últimas semanas de una respuesta "serena" y “proporcionada”, sin querer reconocer que cuando te están dando un “golpe de Estado” en tus mismas narices a lo mejor lo de la serenidad y la proporcionalidad no son los conceptos mejor elegidos para intentar transmitir a tus conciudadanos un mensaje de firmeza.

También en estas últimas semanas, el Gobierno y sus portavoces mediáticos han puesto todo el empeño en sacar del debate la posible aplicación del artículo 155 de la Constitución, lo cual es como poner en duda que ese artículo es tan constitucional como los 168 restantes y que no fue votado y aprobado por los españoles en el referéndum de 1978. ¿Por qué razón no se va a aplicar ese artículo si se dan las circunstancias que lo aconsejan?

No queda otra que confiar en que las instituciones del Estado sepan hacer frente al desafío político más grave que se ha planteado desde la transición democrática, porque pretende, ni más ni menos, que acabar con el actual marco constitucional. No es que esas instituciones y quienes las lideran se hayan hecho acreedoras de un depósito de confianza por parte de los ciudadanos, más bien todo lo contrario. En las elecciones del 20-D esos mismos ciudadanos, con sus votos, tienen en sus manos cambiar algo o en parte ese estado de cosas. El problema es que la respuesta del Estado no puede ni debe esperar los cuarenta días que quedan para la cita con las urnas.  

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