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Las formas y el fondo de Rajoy

Rajoy perderá el poder, dejará a su partido hecho unos zorros, se irá a su casa y nadie, ni dentro ni fuera del PP, le echará de menos.

Cayetano González
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Estoy sustancialmente de acuerdo con el artículo de mi buen amigo Luis Herrero publicado en LD con el título "Elogio de la simpatía, el bálsamo de Fierabrás". Como seguro que lo habrán leído no voy a cometer el error de "descabellarlo" haciendo un resumen de tres líneas, aunque para justificar lo que a continuación quiero decir, me gustaría subrayar que a la tesis expuesta por Luis añadiría que el problema de Rajoy no es únicamente que sea más o menos antipático. Hay algo más en el actual presidente del Gobierno que afecta a la "forma" y al "fondo" de lo que debe ser una concepción plenamente democrática de los usos y de las costumbres del poder. Pondré varios ejemplos de hechos protagonizados por el propio Rajoy para que se entienda mejor esta afirmación.

El primero, muy conocido, tuvo lugar en el Debate del Estado de la Nación de la pasada semana. Ha sido muy comentado y criticado. Se produjo al final de la contestación de Rajoy a Pedro Sánchez. El presidente del Gobierno le espetó al líder de la oposición: "no vuelva usted aquí a hacer ni decir nada. Ha sido patético". No recuerdo algo similar, desde la transición política, en un duelo parlamentario jefe de gobierno-líder de la oposición. No pasó en los duelos de Suarez con Felipe González; ni de este con Fraga y después con Aznar; ni de Aznar con Zapatero; ni de Zapatero con Rajoy. Algunos han pretendido intentar ver en esa reacción de Rajoy una respuesta dolida a las referencias de Sánchez al caso Bárcenas y a la corrupción del PP. Pero aunque hubiese sido así, eso no justifica la reacción desabrida y fuera de lugar del actual inquilino de la Moncloa. Un presidente del Gobierno tiene siempre y en todo momento que saber vestir el cargo y eso conlleva respetar al adversario político.

Además no es la primera vez, desde que es jefe del ejecutivo, que le pasa a Rajoy algo similar en el debate parlamentario. Con la líder de UPyD, Rosa Díez, ha tenido comportamientos muy equiparables: desde llamarla señora "Díaz" no se sabe muy bien con qué objetivo más allá del obvio que es ningunearla, hasta utilizar un tono despreciativo y de superioridad muy poco edificante en quien ocupa la Presidencia del Gobierno.

Sigamos con otros ejemplos de las "formas" que tiene Rajoy de entender la democracia. El espectáculo de la designación de los candidatos de su partido para las próximas elecciones municipales y autonómicas que tendrán lugar dentro de ochenta días es otro caso paradigmático. Todos en el PP llevan mirando y esperando varios meses a que el líder máximo y todopoderoso tenga a bien hacer saber cuál es su voluntad. Y en esto habrá que decir que el espectáculo lo da fundamentalmente Rajoy, pero no solo él. También todos aquellos potenciales candidatos y dirigentes regionales o provinciales que en lugar de rebelarse y exigir, por ejemplo, métodos democráticos para tomar esas decisiones –sean primarias o como las quieran llamar en el PP- esperan sumisos y calladitos la decisión del líder.

Tercer ejemplo: todos los cadáveres de compañeros-as suyos que Rajoy acumula ya en su armario desde que Aznar le dio el relevo. Algunos se fueron voluntariamente a su casa al constatar que con él al frente del partido y del gobierno, la desviación en cuestiones fundamentales y que habían sido señas de identidad del partido desde su refundación en 1990 no tenía remedio. María San Gil tomó esa decisión en mayo de 2008, antes del Congreso de Valencia y Jaime Mayor Oreja en enero de 2014. En medio, Manuel Pizarro –fichaje estrella de Rajoy para las elecciones de marzo de 2008- decidió dejar la política ante el ostracismo al que le sometió Rajoy tras perder las elecciones y José Antonio Ortega Lara decidió también por entonces darse de baja en el partido. En ninguno de estos casos, Rajoy hizo nada a priori por "retenerlos" y a posteriori, ni una llamada.

El problema que tiene Rajoy y del que no sé si es del todo consciente, es que en cuanto vengan mal dadas, que vendrán, para el PP, los que ahora se muestran tan sumisas dejarán de estarlo. Le convendría mirarse en el espejo de Zapatero y recordar lo que le ha pasado a su predecesor en la Moncloa: perdió el poder, arruinó al PSOE y los suyos le han pagado con la indiferencia más absoluta. Al menos, Felipe González en el PSOE, o Fraga y Aznar en el PP han sido figuras respetadas y escuchadas después de dejar el poder o las responsabilidades al frente de partido. Rajoy perderá el poder, dejará a su partido hecho unos zorros, se irá a su casa y nadie, ni dentro ni fuera del PP, le echará de menos. En lo político, no dejará huella. Tendrá un final duro, porque la vida, las relaciones personales y políticas son mucho más importantes que las cifras macroeconómicas o que el nivel en que esté la prima de riesgo.

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