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Rajoy, entre el fastidio y el aburrimiento

A Rajoy le aburre hablar de política, quizá porque hacer política es algo a lo que ha renunciado en los cuatro años largos que lleva en la Moncloa.

Cayetano González
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La entrevista que Jordi Évole hizo a Rajoy, grabada el pasado miércoles en la Moncloa y emitida este domingo por La Sexta, trasladó a los espectadores una idea bastante aproximada de cómo es el presidente del Gobierno en funciones y, de momento, líder del PP: alguien sin discurso político, que repite vengan o no a cuento una serie de mantras que le habrán preparado los Arriolas de turno y que además lo hace con un tono cansino y hasta cierto punto aburrido.

No es que entre las principales características que uno espera encontrar en un presidente del Gobierno tenga que estar la de ser un personaje divertido, dicharachero, simpático, que caiga bien. Aznar no era precisamente la alegría de la huerta, tampoco Leopoldo Calvo-Sotelo. Tenía más chispa y encanto personal Adolfo Suarez, o el Felipe González de 1982; y en cuanto a Zapatero, su vacuidad y simpleza tapaban cualquier otra manifestación de su carácter, aunque hay que reconocer que era una persona correcta y educada en el trato.

Rajoy, sobre todo en los últimos tiempos, da la impresión de moverse entre el aburrimiento y el fastidio personal o político, y además se le nota demasiado. Quizás se deba a los años que lleva en la vida pública. A Rajoy le aburre hablar de política, quizá porque hacer política es algo a lo que ha renunciado en los cuatro años largos que lleva en la Moncloa. A él lo que le hace vibrar es recitar de memoria –y en eso hay que reconocerle una buena capacidad– los datos más relevantes de la evolución que la economía ha tenido durante su mandato o, si es el caso, hacer un análisis de cualquier acontecimiento deportivo.

A Rajoy le fastidia que le pregunten por los numerosos casos de corrupción en su partido, y no digamos nada que le recuerden y le enseñen sus famosos sms a Luis Bárcenas. Ese fastidio va en aumento cuando el entrevistador le aprieta con la cuestión de la responsabilidad política que él, como presidente del PP, pueda tener en esos casos de corrupción, la llamada responsabilidad in vigilando, por la que, por ejemplo, dimitió Esperanza Aguirre como presidenta del PP de Madrid.

También se nota que a Rajoy se le tuerce el gesto cuando se le interpela sobre si en los últimos tiempos se ha planteado dar un paso atrás o a un lado. Ese fastidio le lleva no solamente a proclamarse líder y candidato del PP si al final hay nuevas elecciones, sino a no plantearse siquiera la posibilidad de que sean los militantes de su partido los que realicen directamente esa elección.

Rajoy da toda la impresión de no entender ni aceptar cómo los ciudadanos no han reconocido en las urnas el esfuerzo que ha hecho en estos últimos años por sacar a nuestro país de la crisis. Por mucho que repita que él y su partido han ganado las últimas elecciones, de sobra sabe que esa es sólo una verdad a medias y que con respecto a hace cuatro años han perdido uno de cada tres votantes, lo que se ha traducido en una bajada desde los 186 escaños de 2011 a los actuales 122, con los que no ha podido ni querido presentarse a una sesión de investidura, porque la derrota estaba asegurada, al no sumar ningún apoyo más.

El presidente del Gobierno en funciones parece fiarlo todo a unas nuevas elecciones el 26 de junio, para las que nadie relevante dentro de su partido se atreverá a cuestionar que sea el candidato. Para el PP, la imagen de aburrimiento, de fastidio, de falta de liderazgo que transmite Rajoy no es la mejor carta de presentación electoral. Y eso sin contar con que todavía hay margen de tiempo para que Pedro Sánchez consiga los apoyos que necesita para su investidura, mientras que Rajoy se sigue moviendo entre el aburrimiento y el fastidio por el papel que le ha tocado y que él, de alguna forma, ha querido desempeñar.

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