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Sana envidia

Es inevitable hacer comparaciones entre la Francia de estos días y la España del 11-M.

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Es inevitable que los brutales atentados terroristas del pasado viernes en París nos hayan hecho recordar no sólo las imágenes, también todo lo que vivimos los españoles el 11 de marzo de 2004 y en los días posteriores, con motivo del atentado en los trenes de cercanías de Atocha, en los que murieron 192 personas y cerca de 2.000 resultaron heridas.

La primera conclusión que personalmente saco de esa comparación es bastante obvia, pero no por ello deja de ser importante no perderla de vista: el dolor que causan los terroristas en sus víctimas y la destrucción que siembran con sus acciones es el mismo, independientemente del lugar donde cometan los atentados o la procedencia geográfica de sus autores.

Poco a poco vamos conociendo las historias personales y vitales de las víctimas de París. En muchos aspectos, son muy similares a las que dejaron su vida en los trenes de Atocha. Gente joven o menos joven, con un proyecto de vida a punto de consolidarse o ya consolidado, que por mor del fanatismo, de la locura y de la sinrazón del terrorismo lo vieron truncado en escasos segundos: los necesarios para que los terroristas disparasen sus kalashnikov o hicieran explotar las bombas que llevaban adosadas al cuerpo, o, en el caso de Madrid, que habían dejado en las mochilas colocadas en los vagones de los trenes.

Desgraciadamente, los españoles tenemos una triste y larga experiencia del dolor que causa el terrorismo. Los 50 años de actividad terrorista de ETA, con sus 857 personas asesinadas, y el atentado del 11-M no nos han dejado indiferentes como sociedad, a pesar de los esfuerzos de algunos para pasar página, en el caso del terrorismo de ETA, o de no investigar hasta el final quién estaba detrás del atentado el 11-M. Por eso todas las personas de bien tenemos muy claro que, ante una situación como la que se vivió en París en la noche del pasado viernes, lo primero es estar siempre y de forma incondicional al lado de las víctimas de los ataques terroristas. Para ellos, para sus familiares, tiene que ir todo nuestro afecto, nuestra solidaridad y el esfuerzo de los poderes públicos para que, dentro del drama que vivirán seguramente durante el resto de su vida, nunca se sientan solas ni olvidadas. De esto último, de la soledad y del olvido, también sabemos algo en España.

Pero hay otros aspectos de lo que está sucediendo en estas horas en Francia que, comparados con lo que hemos vivido en España, no sólo el 11-M pero sobre todo ese día, producen lo que señala el titular de este artículo: una sana envidia. La imagen del público que asistía al Francia-Alemania saliendo del estadio de Saint Denis cantando La Marsellesa creo que es una lección de fortaleza, de unidad, de sentirse parte de una Nación, de la que deberían tomar buena nota todos aquellos que en nuestro país se acomplejan a la hora de exhibir o de defender nuestros símbolos.

Un segundo motivo de envidia ha sido ver la claridad y la determinación que han tenido tanto el presidente de la República, François Hollande, como el primer ministro, Manuel Valls, en sus declaraciones públicas tras los atentados. No les ha temblado el pulso al calificar el ataque terrorista como un acto de guerra y asegurar que la respuesta de Francia sería implacable contra quienes ordenaron esos ataques. A las cuarenta y ocho horas de los atentados, aviones franceses bombardeaban en Siria posiciones estratégicas del llamado Estado Islámico, y Hollande ha anunciado en la tarde del lunes ante la Asamblea Nacional de su país: "No habrá tregua alguna; no se trata de contener, sino de destruir el IS".

En España todavía hay un sector de la población que sigue culpando al expresidente Aznar del atentado del 11-M, incluso desearían que se le declarase criminal de guerra, junto a Bush o Blair. Y no hay que olvidar que Zapatero lo primero que hizo al llegar a La Moncloa fue retirar las tropas de Irak e incluso animar a los países aliados a que hicieran lo mismo.

Por último, la sociedad francesa, en estas horas de dramatismo, se muestra unida, sin divisiones; no hay algaradas callejeras ni se fomentar el enfrentamiento. ¿Se nos ha olvidado lo que sucedió en España en las manifestaciones que tuvieron lugar al día siguiente del 11-M, o el cerco a las sedes del PP en la jornada de reflexión? ¿Ya no nos acordamos de los medios de comunicación que azuzaron ese estado de cosas?

El ejemplo que está dando Francia, sus autoridades, sus instituciones sus ciudadanos, merece el elogio, la admiración, el respeto de muchos y, por qué no, reconozco que produce un poco de sana envidia.

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