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Cristina Losada

Antes de la histeria anti-Trump

Hay que recordarles a los que hoy claman contra la histeria anti-Trump que durante ocho largos años hubo una histeria anti-Obama.

Cristina Losada
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Hay que recordarles a los que hoy claman contra la histeria anti-Trump que durante ocho largos años hubo una histeria anti-Obama.
Cordon Press

La indignación contra la Izquierda por su empeño en deslegitimar al nuevo presidente norteamericano sería justa si los que ahora se indignan hubieran censurado el empeño de la Derecha por deslegitimar al anterior presidente norteamericano. Pero la indignación va por barrios. Barrios cerrados a cal y canto, y barrios olvidadizos, cuando no incapaces de tomar distancia para verse a sí mismos. Por eso hay que recordarles a los que hoy claman contra la histeria anti-Trump que durante ocho largos años hubo una histeria anti-Obama. Esa histeria se manifestó en la negativa a reconocer que Obama hubiera nacido en Estados Unidos y en el cuestionamiento de su elegibilidad para ser presidente.

El bulo circuló ampliamente por la prensa, las redes, las tribunas y los tribunales. Los birthers, que así se llamó a los que negaban la nacionalidad norteamericana de Obama, no fueron sólo unas docenas de pirados. Seguro que había pirados entre ellos, pero su causa encontró tal acogida entre las bases republicanas que se convirtió en tema político candente, y en un quebradero de cabeza para el propio partido: no quería asociarse a una patraña tan delirante, pero tampoco deseaba enemistarse con sus propios fanáticos. El dilema de tantos.

El asunto suscitó gran tráfico informativo entre 2008 y 2009. A mediados de ese año, la web más afecta al birtherism había publicado doscientos artículos al respecto y se enorgullecía de haber ganado decenas de miles de dólares con carteles, pegatinas, postales y otros objetos que vendía con el lema: "¿Dónde está el certificado de nacimiento?". Vallas publicitarias por todo Estados Unidos difundieron la misma pregunta, aun después de que Obama publicara su certificado de nacimiento. Los birthers lo declararon falso. Antes de que tomara posesión de su primer mandato, se habían presentado casi una veintena de demandas ante los tribunales para que no fuera confirmado. Ninguna salió adelante. Nada de eso persuadió a los que no podían aceptar que aquel presidente fuera presidente.

"No puedo andar todo el tiempo con mi certificado de nacimiento pegado en la frente", dijo Obama en 2010. Pero tuvo que hacerlo. Un año después, hubo de publicar un certificado que añadía datos al anterior, como el nombre de la clínica de Honolulú donde había nacido. Adivinen quién se atribuyó el mérito de obligarle a demostrar, de nuevo, que era estadounidense: Donald Trump. Cuando el asunto había perdido fuelle mediático, porque nada resiste tanto tiempo en el escaparate, Trump lo recogió y lo recicló. Apareció con la repesca en un acto público en el que dijo: "Nuestro presidente ha salido de la nada". Dijo más: "La gente que fue con él al colegio no le vio nunca, no saben quién es".

Hay dos reveladores posicionamientos de Trump después de aquello. En agosto de 2012 puso en Twitter: "Una ‘fuente extremadamente fiable’ ha llamado a mi oficina y me ha dicho que el certificado de nacimiento de Barack Obama es un fraude". En octubre del mismo año, Trump se ofreció a donar 5 millones a la organización de beneficencia que Obama eligiera si publicaba todos los datos de su paso por la universidad y todos los registros de su pasaporte. No dejó de sembrar dudas sobre la nacionalidad de Obama hasta septiembre de 2016. Entonces, con el trabajo hecho, quizá cuando le convenía ser más presidenciable, declaró: "El presidente Barack Obama nació en Estados Unidos. Punto". Bueno, un mes antes había dicho que Obama era el "fundador" de la organización terrorista ISIS.

Si alguien sabe hoy cómo dar bola a noticias falsas (fake news) es Trump, el mismo que las denuncia cuando pueden dañarle. La cuestión política interesante es si repescó el disparate de los birther al azar. No lo parece. Vio su potencial para erigirlo en líder de quienes rechazaban a Obama visceralmente. Y lo que trabaja Trump son las vísceras. Negar que el presidente Obama fuera estadounidense fue su primer golpe de nativismo. Sus promesas de acabar con la inmigración, de vetar la entrada de musulmanes, de devolver América a los americanos (auténticos), se encarnaron originariamente en su cuestionamiento de la ciudadanía de Obama. Recuérdese que también se le acusó de ser criptomusulmán. Antes de la histeria anti-Trump, hubo una histeria anti-Obama que el propio Trump alimentó. Y de la que se alimentó, como se ve, con beneficio.

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