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Cristina Losada

Bórrenme de la gente

Nada me subleva más que oír cómo pronuncia "la gente" Pablo Iglesias Turrión.

Cristina Losada
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Nada me subleva más que oír cómo pronuncia "la gente" Pablo Iglesias Turrión.
EFE

Desde que "la gente" ha dejado de ser una expresión de andar por casa para circular con aires de concepto en el nuevo marketing político, he desarrollado una fuerte aversión a ella. Procuro no utilizarla, y huyo de ella cuando la oigo. Cambio de dial cuando algún tertuliano, para sostener tal o cual posición, invoca en su ayuda a la gente. Si dicen que la gente quiere esto o lo otro o no va a permitir aquello o lo de más allá; si sueltan, como miles de veces estos años que "la gente está muy cabreada" y que hay que hacer tal cosa porque "la gente ya no aguanta más", primero le digo al aire que por qué no hablan en su propio nombre, y después desconecto. Mi fobia ha llegado al extremo de que si algún experto se pone a explicar algo anunciando que lo hará de forma que "lo entienda la gente", me hierve la sangre: ¿por qué supone que la audiencia es ignorante?

Nada me subleva más, sin embargo, que oír cómo pronuncia "la gente" Pablo Iglesias Turrión, cuyo partido es el responsable de esta novedad en la retórica política que hace de los ciudadanos manada o rebaño. Cuando dice "la gente", Iglesias subraya con el lápiz rosa del amor. Yo amo a la gente, miren cuánto amo a la gente, vean cuánto me emociona la gente: eso es lo que me va diciendo su tono. Aunque también me dice que le concede a la gente el valioso regalo de su afecto y, sobre todo, su adulación. La gente es buena, lo hace todo bien; si las cosas funcionan es gracias a la gente y a pesar de los que no son gente; qué sería de España sin la gente, buena gente por definición. Formas el rebaño y luego le haces la pelota. Misteriosamente funciona. Bueno, misteriosamente...

Ese paternalismo blando y falaz no es exclusivo de Iglesias, aunque el grado importa. Pero tengo la impresión de que hay en la historia reciente muy pocos políticos españoles que hayan renunciado a adular a los ciudadanos. De poco les ha servido, me dirán. Puede que no, pero a cambio han instalado una actitud, un tipo de relación entre el político y el votante, que recuerda a la del patrocinio, en la que el político se dedica a conceder favores y dádivas. Es una actitud que no propicia que se cale al farsante y al demagogo, y es una relación que no invita a ejercer de manera continuada un control sobre los asuntos públicos. No induce a hacer ese esfuerzo, sino a desentenderse hasta que las cosas se desmadran, instante en que viene el rasgamiento de vestiduras, el "ahora no pasamos ni una" y el "abajo con todo y con todos".

Con la gente como sujeto político colectivo a mí me pasa como al reaccionario Joseph de Maistre con el hombre de los filósofos de la Ilustración, del que dijo: "Declaro no haberlo encontrado nunca; si existe, yo no lo conozco". Tal ojeriza le he tomado a la gente seráfica que me parecía preferible cuando la gente era la de "hay que ver cómo es la gente" y "qué mala es la gente". Pero he caído en la cuenta de que viene a ser prácticamente lo mismo que lo de "qué buena es la gente" de ahora. Establecen un otro malo y un nosotros bueno. Claro que no es comparable una expresión coloquial con la expresión de una estrategia política. Al menos, la vieja división en clases, la lucha de clases del marxismo, no tenía el tono dulzón, infantil e infantilizador, de esta cantinela de la gente. Es una nana que adormece en la autocomplacencia. Por eso la cantan.

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