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Cristina Losada

¿Cómo era aquello de la inmunidad de grupo?

El otro día, en el balance del curso político, Sánchez rectificó. Lo mínimo.

El otro día, en el balance del curso político, Sánchez rectificó. Lo mínimo.
Pedro Sánchez. | EFE

La inmunidad de grupo entró en el lenguaje político con descarada facilidad. Y cómo no iba a entrar. En medio de una pandemia inacabable, representaba la trémula pero alegre luz al final del túnel. Era la meta que, una vez alcanzada, ponía punto final a los contagios y a la enfermedad, a los padecimientos y a las restricciones. Era el umbral por el que íbamos a acceder al palacio de la normalidad añorada. Un mundo dorado y luminoso nos esperaba en cuanto tuviéramos al 70 por ciento de la población vacunada. ¿Cómo no iba a entrar esta maravilla en el repertorio cotidiano de los gobernantes? Entrar, entró. Ahora, vamos a ver cómo sale.

Hace meses que artículos en revistas científicas y en la prensa internacional ponen en duda que la bendita inmunidad de rebaño se logre con un 70 por ciento de vacunados, o incluso que se pueda conseguir. En Estados Unidos, el doctor Fauci, la máxima autoridad científica del Gobierno durante la pandemia, dijo en mayo que habían dejado de usar el concepto en su sentido clásico, y lo calificó de umbral "místico". Para entonces había allí un cierto consenso científico en torno a la idea de que era inalcanzable. Múltiples razones conducían a esa conclusión. El porcentaje de población que iba a quedar sin vacunarse era sólo una de ellas.

Mientras el doctor Fauci declaraba a la prensa que habían optado por dejar de hablar de la inmunidad de grupo, en España, el presidente Sánchez seguía dándole bola a la meta volante. "Sánchez asegura que España está a menos de 100 días de lograr la inmunidad de grupo", resaltaba la web del PSOE a mediados de mayo. En esas mismas fechas, el propio presidente lo puso en Twitter: "Con estas entregas [de vacunas] vamos en línea recta hacia la inmunidad de grupo. Quedan 97 días". Nada podía salir mal en la carrera rectilínea a la felicidad.

Y, sin embargo, llegaron las curvas. El otro día, en el balance del curso político, Sánchez rectificó. Lo mínimo. Después de ponerse la medalla de oro en vacunación –se la puso a España, pero se entendía que se la ponía a su Gobierno– dijo: "Muy probablemente [esa cifra] no sea un 70 por ciento, sino superior, para poder alcanzar esa inmunidad de grupo". Achacó el problema a la variante delta, cuando en Estados Unidos ya habían rectificado antes de que se detectara. Y no dejaba de aferrarse Sánchez al clavo ardiendo de que con un poco más de porcentaje, quizá un poquito más tarde, vamos a pasar triunfalmente la línea de meta, y todo solucionado.

El Gobierno incorporó la idea de la inmunidad de grupo a su discurso por utilidad política: para infundir esperanzas de solución definitiva y presentarse como su realizador. Las curvas de la epidemia tenían que haber enseñado a los gobernantes a no trazar líneas rectas y a no emplear como señuelos conceptos científicos que se reconsideran y actualizan a medida que evoluciona el virus. O se abandonan. Pero qué le vamos a hacer. Hay una gran resistencia a aprender por la creencia en que con unos cuantos lemas y otros tantos trucos hay mucho que ganar.

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