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Cristina Losada

Cuando Vigo estuvo cercado por las llamas

La mayoría de los incendios en Galicia son provocados. Desde hace mucho tiempo. Luchar contra eso no es luchar contra “lo imposible”, como dijo Feijóo. Será más bien que no se ha dado con los medios adecuados.

Cristina Losada
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Al cruzar el puente de Samil en dirección a Vigo, a las ocho y media de la tarde del domingo, vi las llamas. Había varios focos. Algunos iluminaban grupos de casas que parecían estar muy próximos al fuego. ¿Era posible que estuvieran ardiendo a la vez zonas de Valadares o de Matamá, del monte Alba y de Chandebrito? Los conductores se paraban para verlo. Supuse que, como yo, no daban crédito a lo que veían. El fuego no debía de estar a más de diez kilómetros del punto donde nos encontrábamos. Me pregunté si era posible que llegara hasta allí, hasta la orilla misma del mar. Me dije que era improbable.

Unas seis horas antes, al pasar por el mismo puente en dirección contraria, no se veían llamas, pero el cielo estaba cubierto por densos nubarrones de humo. Eran gigantescos. Por su color, grisáceo y amarillento, semejaba que llevaban el fuego en su interior. Provenían de los incendios que ya se estaban enseñoreando de muchas localidades próximas. Baiona, Gondomar, Nigrán, Ponteareas, Salvaterra do Miño, As Neves, Pazos de Borbén. Entre otras.

Durante la tarde, el humo y el olor a quemado fueron en aumento. Mala señal. Aun así, no imaginé lo que iban a ver mis ojos horas después. No imaginé que los medios que se habían destacado para atajar el fuego se iban a ver ampliamente desbordados. Se sabía que las temperaturas iban a ser excepcionalmente altas y que habría rachas de viento fuertes. Se sabe que ese es el escenario ideal para la extensión del fuego y la actuación de los malditos incendiarios. A pesar de ello, y a pesar del esfuerzo de bomberos, brigadistas y miembros de la Unidad Militar de Emergencias que estaban sobre el terreno, los medios fueron insuficientes. En algún momento habrá que explicarlo.

Al poco de llegar a casa, comprobé que lo que me había parecido improbable era posible. Una foto hecha desde el otro lado de la ría, colgada en las redes, me dio una imagen panorámica de la situación. Vigo estaba cercada por las llamas. Lo estaba por todos lados, menos por el mar. Aunque no sólo estaba cercada. Empezaron a detectarse incendios en la propia ciudad, en el mismo casco urbano.

Un vídeo mostró llamaradas en la calle de la Florida. Había fuego en la zona de Navia, por donde yo había pasado poco antes. Decenas de vecinos, que luego serían cientos, estaban saliendo a la calle para intentar controlarlo. Cerca de allí, las llamas comenzaron a consumir la vegetación de los laterales de la avenida de Europa, que conduce a Samil. Para allá fueron los vecinos también. En las imágenes de la TVG, que a última hora de la noche estaba haciendo, por fin, un informativo especial, pude ver que había allí un camión de bomberos. ¿Sería suficiente?

Noticias, vídeos, demandas de socorro, avisos alarmistas y bulos se acumulaban rápida y desordenadamente. Alrededor de la medianoche se entrevistó telefónicamente al presidente de la Xunta en televisión. No sé si tranquilizó a alguien. Por entonces ya se sabía que había dos víctimas mortales: dos señoras octogenarias, calcinadas en su furgoneta cuando huían del fuego en Chandebrito. Luego iba a haber otras dos más. El alcalde de Vigo dijo a esas horas, en una breve entrevista, que los profesionales estaban trabajando y pidió serenidad. Pero las Administraciones, y en particular la Xunta, no estuvieron a la altura a la hora de informar a los ciudadanos en unos momentos de emergencia como los que se vivieron esa noche angustiosa.

Me llegaron mensajes de que había fuego en la mismísima Plaza de España, donde hay una gasolinera. Y de que estaba llegando al monte del Castro, que es el parque que corona la ciudad, y una de sus joyas. No era de locos suponer que el fuego no se extendía sólo por obra del viento. Parecía que en la ciudad también estaban actuando los incendiarios. Quizá había que apagar la tele, la radio, el whatsapp y el Twitter e irse a dormir. Pero ¿cómo quedarse quieto mientras puede arder tu ciudad? ¿Cómo esperar a que los profesionales hagan todo el trabajo cuando están desbordados? ¿Cómo irse a dormir con la duda de que alguien le puede prender fuego al solar de al lado de tu casa?

Cuando me enviaron una foto de la Plaza de América, uno de los centros de esta ciudad policéntrica, en la que se veía con nitidez el resplandor rojizo de las llamas, decidí salir a la calle. Pasaban de la una de la mañana. Un amigo trajo unas mascarillas. El aire de la ciudad era irrespirable. Me preocupaba el Castro y allí fuimos. Sólo faltaba que ardiera el parque más céntrico y señero de la ciudad. El más bonito, junto con el de Castrelos. Subí con el corazón encogido la última cuesta y fue un alivio ver que no ardía. Personas que estaban allí nos dijeron que el conato de incendio había sido por otro lado, y que estaba bajo control.

Recorrimos el centro-centro de Vigo por si acaso. Nos cruzamos con personas que supuse que estaban haciendo lo mismo. Algunas llevaban cubos. Todos íbamos mirando el móvil, por si llegaban avisos de otros fuegos y había que echar una mano. O avisos, que los hubo, para localizar a incendiarios. Ya estaban en marcha las suposiciones sobre las causas. Unos decían que la falta de medios se debía al despido de brigadistas por parte de la Xunta. Otros, que algunos de esos despedidos eran los incendiarios. En aquel momento, en realidad, nadie sabía nada. Lo que sí se sabe es que la mayoría de los incendios en Galicia son provocados. Desde hace mucho tiempo. Luchar contra eso no es luchar contra "lo imposible", como dijo Feijóo al día siguiente. Será más bien que no se ha dado con los medios adecuados.

Aquí estamos acostumbrados, por desgracia, a los incendios forestales. Pero muy pocas veces el fuego ha amenazado a tantos núcleos de población al mismo tiempo. Y nunca habían cercado de esta manera las llamas a la ciudad más poblada de Galicia, ni se habían adentrado en el casco urbano. Es lógico pensar que hubo imprevisión. Lo mínimo es reevaluar una política antiincendios que se acaba de ver trágicamente desbordada.

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