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El 'ejército' de Artur Mas

España está viviendo uno de sus momentos de pesimismo noventayochista en los que semeja que nada vale.

Cristina Losada
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"El pueblo de Cataluña ha votado. Que la democracia siga su curso. Tras el aplastante apoyo de los catalanes a la independencia, España tiene que escuchar y darnos un referéndum oficial como el que tuvo Escocia". Así encabezaba Artur Mas un artículo que le ha publicado The Guardian. Es una pieza desinformativa clásica: no hay en los datos que expone una mentira flagrante, pero falta absolutamente a la verdad. Dice con gran exactitud cuántos fueron a votar, pero omite el número de los que había convocado a hacerlo. Incluso evita transcribir el porcentaje: se limita a hacer notar que la participación fue similar a la de las elecciones europeas de mayo.

Traigo aquí esta marrullería no por novedosa, sino porque muestra con mayor claridad, al tratarse de un texto, lo que Mas trata de ocultar. Y aquello que Mas quiere ocultar es una evidencia que desmiente tanto "el aplastante apoyo de los catalanes" a la secesión como la base sobre la que levantó la exigencia de un referéndum. Durante dos años, el presidente de la Generalidad y muchos otros sostuvieron que existía una masiva y abrumadora demanda en la población catalana para votar sobre la separación de España. Pues bien, cuando la población ha tenido la oportunidad de votar, la gran mayoría no lo ha hecho. Podrán esconderlo, maquillarlo o justificarlo, y lo harán con la ayuda de la tendencia a dar primacía al espectáculo sobre el dato. Pero el deseo de consulta que se pregonaba para legitimar el proceso ha quedado reducido a su expresión real: un tercio.

Los datos, además, dibujan un mapa (lo ha hecho el sociólogo Ignacio Urquizu) en el que sólo en cuatro de las 41 comarcas catalanas se superó el 50% de participación. Esas cuatro no son las comarcas más pobladas: juntas sumas 390.000 habitantes. En cuanto al apoyo a la independencia, sólo en ocho de las comarcas hay una clara mayoría a favor. En las zonas más pobladas, la opción independentista únicamente consigue un tercio de seguidores. Se trata de un mapa, en fin, que se ajusta en gran medida a lo que siempre se ha dicho del nacionalismo y su secuela independentista: que no prende en las urbes, en las áreas metropolitanas, en los lugares más cosmopolitas. Aunque hay excepciones, el caso catalán parece seguir la norma.

Ahora bien, lo que ha mostrado igualmente el 9-N es que la minoría independentista es una minoría extraordinariamente motivada, movilizada y disciplinada. Es una minoría que está dispuesta a acudir cada vez que es convocada, sea para una manifestación, una vía, una cadena, una uve o una parodia de referéndum. Así, a pesar de que el separatismo no cuenta ni de lejos con el apoyo de la mayoría de la sociedad catalana, sí cuenta con la fuerza suficiente para mantener el desafío. Dispone, como hasta ahora, de la masa crítica necesaria para llevar la iniciativa política.

Y si todo sigue como hasta ahora, también cuenta con una ventana de oportunidad. No sólo porque el Gobierno del PP haya sido incapaz de articular un discurso político dirigido, en especial, a desmontar las falacias del independentismo. No sólo porque el principal partido de la oposición, el PSOE, haya respondido a la pretensión de romper ofreciendo fórmulas para una ruptura un poco más dulce. Ese ventanal está abierto de par en par porque España está viviendo uno de sus momentos de pesimismo noventayochista en los que semeja que nada vale, que hay que tirar todo por la borda y embarcarse, tan indignada como inconscientemente, en viajes sin billete de vuelta.

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