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Cristina Losada

El póquer mentiroso de Artur Mas

Los promotores de referéndums separatistas siempre hacen trampas y chanchullos en las preguntas.

Cristina Losada
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Los promotores de referéndums separatistas siempre hacen trampas y chanchullos en las preguntas. Los quebequeses pasaron a los anales con la que llegaron a estampar en las papeletas del referéndum que hicieron en octubre de 1995. Decía así: "¿Acepta usted que Quebec sea soberano, después de haber realizado una oferta formal a Canadá de una nueva asociación económica y política, dentro del marco de la ley relativa al futuro de Quebec y del acuerdo firmado el 12 de junio de 1995?". Ahí es nada.

Toda esa palabrería no se puso ahí para imitar la escena de los hermanos Marx en Una noche en la ópera, cuando Groucho y Chico van leyendo el contrato que empieza con la cláusula "La parte contratante de la primera parte será considerada como la parte contratante de la primera parte". Los separatistas quebequeses, muy conscientemente, envolvieron el hueso de la secesión en paños legalistas para presentarlo como una suave transición pactada. Incluso evitaron el término Estado y se quedaron con el de soberano. Es lo mismo, pero suena diferente y el sonido importa mucho. El trueno asusta a los indecisos, ¡pongamos unas campanillas!

Si, tras la pregunta quebequesa, a alguien le entran ganas de seguir con los Marx y pedir también dos huevos duros, espérese porque llegan al camarote los nacionalistas escoceses. De entrada, los de Alex Salmond querían dos preguntas en el referéndum: una sobre la independencia y otra sobre si debía tener más poderes el parlamento de Escocia. Si salía con barba, San Antón y si no, la Purísima. El caso era ganar con cualquiera de los resultados posibles. Siempre positivo, nunca negativo, por darle la vuelta al dicho del entrenador.

Esas dos expresiones del ventajismo nacionalista se vuelven, sin embargo, dechados de honestidad intelectual cuando se ponen al lado del bullshit que acaba de exhibir Artur Mas, para vergüenza ajena. No se habrá visto descaro igual al que late en su doble pregunta. Recuérdese, que es de las que hacen época: "¿Quiere usted que Cataluña sea un Estado?", y acto seguido, como si un Estado no implicara ya la independencia: "¿Quiere que Cataluña sea un Estado independiente?". Esto viene a ser como si le preguntan a uno si quiere un coche y, en caso afirmativo, si quiere un coche con motor.

Era un engañabobos tan solemne el que presentó Artur Mas, que mientras leía las dos preguntas –"una sola pregunta", decía, "una pregunta clara"– a la vicepresidenta Joana Ortega se le escapaba en la mirada la pregunta que llevaba dentro: ¿se lo tragarán? Pero no conviene quedarse en la impudicia con que muestran su desprecio por la inteligencia; muy en especial, por la inteligencia de los ciudadanos que están en su misma sintonía. Porque la chapuza cumple su función. Risible como es, le permite a Mas cabalgar otro año el tigre y lanzarlo, con ese ridículo doble lazo al cuello, contra el Gobierno de la nación, a ver qué pasa. A ver si el Gobierno y los dos grandes partidos españoles se ponen a darle de comer.

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