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Cristina Losada

El regreso del republicanismo y de Camba

Camba es de esos genios españoles a los que siempre hay que estar rescatando.

Cristina Losada
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Por el blog de Ruiz Quintano, le leo a Jorge Bustos que hay una recuperación editorial de Julio Camba, que en cierto modo es una nueva recuperación, porque Camba es de esos genios españoles a los que siempre hay que estar rescatando. Quizá por la dificultad de catalogarlo. Lo peor que le puede ocurrir aquí a un escritor de periódicos es que no le sepan clasificar. 

En la edición de Austral que tengo de él, de los años sesenta, pone que era "humorista", que es como le vio la República y por eso no le hizo embajador, según le contó entonces a Pla. El catalán anotó la conversación en sus Dietarios:

–Entonces, usted, señor Camba, ¿no ha sido considerado un intelectual?
–No, señor. He sido considerado un insignificante humorista.

Yo me alegro de este interés renovado por quien dejó escritas, en Haciendo de República, unas páginas imperecederas sobre aquel régimen y sus criaturas, los republicanos. Algunos dicen que las escribió resentido porque en la rifa de cargos no le tocó nada, cuando él tenía sus méritos. Pero no es posible creer eso de un hombre que rechazó un sillón de la Real Academia: "¿Un sillón? ¿Y para qué quiero un sillón, si yo lo que necesito es un piso?".

En los tiempos de Zapatero convenía tener muy presente aquella obra. En un artículo sobre la secularización de los cementerios, Camba adelantaba el zapaterismo. La República decidió derribar las barreras que se interponían entre unos muertos y otros, pero resultó que no existían. Así que en un cementerio de Barcelona levantaron una tapia para poder echarla abajo. Ahí estaba en esencia la política de ZP: como la realidad no ponía las barreras, traspasaba la barrera de la realidad.

Este regreso de Camba coincide con un goteo de confesiones de republicanismo por parte de figuras públicas. El otro día, Pere Navarro, ayer, el presidente del poder judicial, y la cosa promete ir a más. Lo curioso es que los que se declaran republicanos no suelen criticar al Rey y los que critican al Rey no suelen declararse republicanos.

Así como el recuerdo de Camba va y viene, el de la II República, que se había ido, ha vuelto para quedarse en bandera de indignados. Su recuerdo se ha embellecido como el de un amor juvenil que no pudo ser, y es que en el "no pudo ser" de la República se ha labrado su mito, que es también el mito del fracaso de España. A España, de tanto en tanto, le da por sentirse fracasada y hecha un asco. Por esa inclinación, se ha quedado con la amargura de Larra y olvida, cada poco, la ironía de Camba.

Hace unos años visité su villa natal y fui a la casa familiar. Mostraba abandono y una placa de un sindicato de mujeres labriegas y mariscadoras, que tenía su sede en la planta baja. No se les podía echar la culpa a los nacionalistas, que en la alcaldía mandaba el PP. Igual era una venganza del republicanismo. Por fortuna, se ha corregido la desidia. Vilanova de Arousa le ha puesto incluso una estatua. Cuarenta y tantos años después de su muerte, pero más vale tarde. 

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