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Cristina Losada

Manifas, bares, escuelas

En todas partes cuecen agravios comparativos. Como son tantos que ya hacen colección, podrían llamarse agravios coronavirus.

Cristina Losada
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En todas partes cuecen agravios comparativos. Como son tantos que ya hacen colección, podrían llamarse agravios coronavirus. Empecemos por el último ejemplo de los ejemplos, el de las manifestaciones de protesta por la muerte de George Floyd a manos de la policía en distintas ciudades de Estados Unidos. Los conservadores norteamericanos se han preguntado cómo es que son elogiadas y alentadas más o menos por los mismos que no hace mucho advertían de los grandes riesgos de reabrir los lugares de culto. La cuestión parece simple: si los actos multitudinarios incrementan las posibilidades de transmisión, eso es cierto para todos los actos de ese tipo, sean de derechas o de izquierdas. Es claro que el virus no actúa de forma diferente según la ideología de los asistentes a un acto. Pero la ideología sí puede actuar para justificarlo o condenarlo, y medirá el riesgo como le convenga.

A un experto en el virus del centro de investigación del cáncer Fred Hutchinson, de Seattle, se le ocurrió medir el riesgo de esas manifestaciones con criterios científicos –discutibles, obviamente, pero ajenos a la política– y calculó que por cada día día de protestas habría tres mil infecciones más, dato que proyectó a su vez en una estimación de mortalidad. El resultado de esta advertencia fue el previsible. Sus estimaciones fueron criticadas y desechadas por los que estaban a favor de la protesta. Una idea central de los favorables fue que la contención del virus no puede prevalecer sobre la reivindicación de derechos civiles. Pero ¿son unos derechos más derechos que otros? ¿Cómo se decide eso? Es obvio que el doble rasero no ha surgido a causa del virus. Ocurre que el doble rasero continúa rigiendo parte del mundo político, tal y como si el coronavirus no existiera.

Con el levantamiento de las restricciones hay cada vez más materia para un capítulo especial en la sección de agravios comparativos. Es el dedicado a discutir sobre qué se permite primero. Por qué abren antes los bares que los colegios fue un asunto que dio lugar a no pocos titulares aquí en España. Y la pregunta adherida era: qué dice eso de nosotros. Qué dice de nosotros, de nuestras prioridades, de nuestros valores, que permitamos la diversión en bares y discotecas antes que el regreso a las aulas de los escolares. Y la respuesta, ya implícita en la pregunta, era que no dice nada bueno de nosotros, que nos confirma como país poco serio y los demás tópicos al uso. Antes la diversión que la educación, sería el lema autoflagelante que se extrae de comparar. Pero de comparar cosas que no se pueden comparar, por ejemplo, en términos de riesgo de transmisión.

Dos estudios recientes, uno publicado en Science y otro de un equipo de Oxford, en prepublicación, han tratado de estimar el efecto individualizado de cada medida de intervención adoptada por los Gobiernos. Los dos coinciden en que el cierre de escuelas –y universidades– fue una de las medidas más eficaces para contener la pandemia. El segundo estudio, basado en datos de 41 países, lo sitúa como la intervención más eficaz de todas, por encima del cierre de negocios no esenciales, el cierre de negocios de alto riesgo, entre ellos bares y restaurantes, la limitación de reuniones, el confinamiento en casa y el testado de pacientes con síntomas respiratorios. Esos resultados tendrán que confirmarse, pero existe un precedente. En la pandemia de la gripe española, de 1918, el cierre de escuelas fue una medida fundamental para frenar la extensión del virus. ¿Significa todo esto que no hay que reabrir los colegios? No. Significa que la reapertura hay que abordarla con las máximas garantías posibles. Significa que si se puede esperar a tener más datos, mejor. Eso es lo que medirá la seriedad de los Gobiernos a la hora de reabrir las escuelas. Y no que reabran antes o después de los bares.

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