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Esperemos que PP y PSOE no caigan en la ignominia de despreciar a una Cataluña no nacionalista que ya no permanece en silencio.

Cristina Losada
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Esperemos que PP y PSOE no caigan en la ignominia de despreciar a una Cataluña no nacionalista que ya no permanece en silencio.
Mariano Rajoy y Pedro Sánchez, en la Moncloa | EFE

Hace un par de días hablé aquí de los sapos que han tenido que tragar los separatistas catalanes en los últimos quince días. Eran unos cuantos, bien grandes y desagradables, y lo más seguro es que no sean los últimos que van a darles una digestión pesada. Ahora bien, si se mira desde otra perspectiva son muy pocos. Son muy pocos cuando se ponen al lado de los que han tenido que tragar los catalanes no separatistas.

Para empezar, esos sapos que han tenido que digerir los catalanes y españoles contrarios al nacionalismo se han acumulado no en el corto plazo de quince días, sino a lo largo de más de tres décadas. Han sido treinta y tantos años en los que Gobiernos centrales y grandes partidos nacionales se plegaron con pasmosa docilidad a los objetivos y los métodos del nacionalismo catalán: ése que en 2012 se vio ya con fuerza y poder suficientes para trasladar la ruptura con España del reino de sus sueños al terreno de la realidad.

Para hacer recuento de las cosas desagradables que han tenido que encajar los no nacionalistas durante décadas tendría que desbordar los límites de la columna y de la paciencia del lector. Es obligado resumir y, ahí va el resumen: para el nacionalismo catalán todo han sido triunfos. Triunfos parciales, pero importantes. Triunfos más por falta de voluntad ajena que por capacidad propia. Y muchos por incomparecencia del (supuesto) adversario. Lo curioso es que fue precisamente ese trayecto de victoria en victoria el que ha conducido a los nacionalistas catalanes a esta primera derrota.

La especialidad nacionalista, en el discurso político, es el victimismo. Sus triunfos los presentan como derrotas a fin de demostrar cuánto maltrata España a Cataluña a pesar de lo mucho que ellos han puesto de su parte por encajar y entenderse. El destituido y prófugo Puigdemont, por ejemplo, le acaba de contar a un periódico belga que él mismo lleva treinta años trabajando –trabajando– por encontrar una alternativa al encaje que no fuera la ruptura, pero que "la llegada al poder del señor Aznar detuvo esa senda". Aznar. El pacto del Majestic.

Todo el mundo sabe que Aznar pactó con Pujol para poder formar Gobierno en 1996, y que ese pacto supuso más competencias para Cataluña y el apoyo parlamentario del PP catalán a la extinta CiU. También, que no es poco, el apartamiento del dirigente del PP catalán que molestaba a Pujol, Vidal Quadras, y el visto bueno a unas excluyentes leyes lingüísticas. Pues nada. esto lo hace desaparecer Puigdemont, el mago. Falsea la historia, ¡qué raro!, y resulta que fue Aznar el que bloqueó la posibilidad del encaje maravilloso.

De aquellos polvos, estos lodos. El partido de la derecha española siempre prefirió fiarse de la inverosímil lealtad constitucional del nacionalismo catalán de derechas. Pero el partido de la izquierda española no lo hizo mejor. Lo hizo peor al pasarse con armas y bagajes a una causa insolidaria, supremacista, identitaria, a la que puso, además, el marchamo progresista. Unas veces por conveniencia, otras veces por convicción, tanto el PP como el PSOE aceptaron de facto durante décadas que el espacio político catalán era nacionalista y sólo nacionalista. O catalanista y sólo catalanista. Para ellos, los catalanes no nacionalistas no existían: no eran políticamente relevantes. No en el ámbito autonómico. De modo similar a los partidos nacionalistas, condenaron a la Cataluña no nacionalista al silencio y contribuyeron a mantenerla silente.

Decía que la paradoja, para los separatistas, es que de victoria en victoria han llegado a su primera derrota. No es esta una derrota imaginaria, como las que se inventan para nutrir el victimismo. Es la primera derrota real, por lo que no es extraño que anden descolocados y difundan narrativas completamente fantásticas para intentar explicárselo a su gente. Pero este fracaso aún lo podrían transformar en un triunfo, si el PP y el PSOE vuelven, como solían, a cooperar. Si vuelven a caer en el error de tomar a la Cataluña nacionalista por Cataluña. Si caen en la ignominia de despreciar a una Cataluña no nacionalista que ya no permanece en silencio. No. Esa colección de sapos no está cerrada ni mucho menos. La diferencia, y es una gran diferencia, es que no se va a tragar.

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