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Cristina Losada

¿No estamos solos?

La globalización es un complejo sistema de interdependencia económica y la pandemia lo está poniendo a prueba.

Cristina Losada
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La globalización es un complejo sistema de interdependencia económica y la pandemia lo está poniendo a prueba.

Mientras cada país trata de mitigar el impacto económico de la pandemia, una pregunta sobrevuela esta crisis global. Tres titulares en medios internacionales de referencia dan cuenta de ella: "¿Acabará el coronavirus con la globalización tal como la conocemos?" (Foreign Affairs); "El coronavirus está poniendo fin a la globalización tal como la conocemos" (Foreign Policy); "El coronavirus es una crisis global, no una crisis de la globalización" (Financial Times).

Los artículos seleccionados, entre otros similares, apuntan sobre todo a las repercusiones en la economía. La globalización es un complejo sistema de interdependencia económica y la pandemia lo está poniendo a prueba. Está mostrando sus debilidades, en concreto las relacionadas con las cadenas globales de suministro. Pese a ello, la conclusión dominante es optimista para la globalización: "La lección del nuevo coronavirus no es que la globalización haya fallado. La lección es que la globalización es frágil, a pesar de o incluso debido a sus beneficios" (Foreign Affairs).

La economía no es un compartimento estanco. En cualquier caso, habrá consecuencias políticas. Asoma ésta, por ejemplo: "El brote ha sido un regalo para los nacionalistas nativistas y proteccionistas, y es probable que tenga impacto a largo plazo en el libre movimiento de personas y bienes" (Foreign Policy). El autor dice que la epidemia puede favorecer a aquellos nacionalistas que demandan "mayores controles de la inmigración y proteccionismo". Del nacionalismo separatista no se habla ahí. Ése nos toca a nosotros.

Pero conviene detenerse más en los efectos políticos, porque lo apuntado se queda corto.

En una crisis global, en plena era de la globalización, la institución que está siendo operativa –aun con diferencias notables entre unos y otros casos– es el viejo Estado-nación, ése cuyo final definitivo e histórico tanto se ha anunciado. Le ha correspondido a los Estados-nación afrontar ejecutivamente la epidemia. Un organismo internacional como la OMS puede hacer recomendaciones, pero son los Estados los que tienen que ponerlas en práctica. O debieron hacerlo. Lo han hecho adoptando medidas para protegerse del exterior, como cerrar fronteras o restringir la llegada de viajeros de otros países. Y, en el interior, haciendo lo posible por proteger y atender a su población. Unos lo hicieron antes, otros después. Unos optaron por estrategias distintas a las de sus vecinos, y luego recularon. O no. La panorámica muestra que no ha habido una estrategia global para afrontar la epidemia. Sólo estrategias nacionales.

En la Unión Europea, no es posible decir que hubo una respuesta común. La descoordinación fue el rasgo comunitario. Cada Estado miembro ha ido a su ritmo y ha respondido en función de sus propios criterios. ¿Era posible hacerlo de otra manera? En teoría. Sólo en teoría. Si en un Estado descentralizado como España ya hubo diversidad de criterios –la famosa y bendita diversidad también ahora– y se producen claros fallos de coordinación, la idea de una respuesta común europea semeja un imposible. Incluso a la hora de afrontar el impacto económico de la epidemia, aspecto en el que la UE estaría mejor pertrechada para actuar, las divergencias entre los Estados miembros son y serán muy difíciles de salvar. ¿Estamos en un caso de sálvese quien pueda? Si uno atiende a lo que dicen de momento algunos Gobiernos, en materia económica, claramente sí.

Ursula von der Leyen, que preside la Comisión, ha enviado un mensaje a los españoles para asegurarles que no están solos. Es un bonito mensaje, en el que empieza hablando en español e informa de las ayudas que va a recibir España, tanto para suplir las carencias en equipos de protección como para evitar que se pierdan empleos. El mensaje es de agradecer, cierto. Pero no hay que obviar su sentido político. Su difusión indica que la Comisión Europea es consciente de que la percepción en España, igual que lo será en otros Estados miembros, es que la UE ha estado lejos, muy lejos, quizá más lejos que nunca.

El protagonismo se ha invertido. En la crisis económica de 2008, la UE y la Eurozona eran el foco de atención y los centros de decisión. De allí emanaban la política económica, las directrices, las medidas a adoptar, la disciplina a seguir por los Estados. Ahora, en esta grave emergencia sanitaria, nuestro centro decisor está en los Estados, en los Gobiernos nacionales, autonómicos, locales, mientras la UE, ¡ay!, parece como ausente. Si esto favorece a quienes no están por disolver los Estados nación en entidades supranacionales –ni tampoco por romperlos–, bueno, será el lógico resultado de una descomunal incomparecencia política.

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