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Yo maté a Kennedy

La fascinación por Kennedy fue –y es– un fenómeno que desborda la categorización política.

Cristina Losada
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La fascinación por Kennedy fue –y es– un fenómeno que desborda la categorización política. Por más que se intente encajarlo, poco importa que fuera o no fuera un liberal en el sentido norteamericano del término, y menos aún el balance de logros y fracasos de su breve presidencia. El perdurable atractivo de JFK se encuentra fuera de esos muros, en una imagen que encarnó el espíritu de su tiempo en su estadio primigenio de inocencia. La juventud, el atractivo, el estilo, la espontaneidad, el idealismo, todo ello representaron los Kennedy. Lo digo en plural, pues no habría sido lo mismo sin Jacqueline y siempre al margen de que aquellos rasgos, novedosamente elevados a cualidades, respondieran a la realidad.

Es difícil calibrar el impacto que produjo la pareja de los Kennedy fuera de los parámetros generacionales y esto se nota en la oleada de valoraciones a raíz del cincuenta aniversario del asesinato en Dallas. Hoy no sorprende ni entusiasma a nadie que un presidente tenga cuarenta años de edad. Más bien asombraría que se eligiera a una persona mayor o que parezca vieja, pues la cuestión no es tanto la edad como la apariencia juvenil. Esa que ahora es obligada y lleva a un político con ambición a hacer cosas ridículas, como subir las escaleras corriendo, matarse a hacer jogging y lucir cabellera y dentadura. Sí, la famosa sonrisa kennedyana es otro must.

Tales armas de seducción, ahora tan comunes, se estrenaron gloriosamente con JFK en una época en que la pauta entre los líderes del mundo libre era la que marcaban De Gaulle, Macmillan y Adenauer, todos nacidos en el XIX. De ahí que los Kennedy significaran sin proponérselo la ruptura definitiva con el mundo de ayer, con aquel mundo de la posguerra que todavía era, en tantos aspectos, una prolongación del que había estado en guerra, y que todos querían dejar atrás. Estaba naciendo una era y su rostro se gestó en la potencia más poderosa que emergió de la hecatombe, prestando energía renovada al providencialismo norteamericano con el ideal de hacer del mundo un sitio mejor.

No habría fascinación por Kennedy sin el asesinato en la plaza Dealey, que se sintió como el fin de la inocencia y al mismo tiempo la confirmó: elevó a JFK a los altares, un mártir. Y un mártir no muere asesinado porque sí. La Historia y la vida están repletas de sucesos fortuitos y tragedias insospechadas, pero no se acepta fácilmente el sinsentido. Aunque Oswald hubiera seguido vivo y declarara una y otra vez: "Yo maté a Kennedy, yo solito", habría una legión de escépticos que buscarían complots bajo las piedras y en los paraguas. Porque las teorías de la conspiración respecto al asesinato de Kennedy son, en realidad, una búsqueda de sentido. Su perduración es demostrativa de una tenaz resistencia. La resistencia a reconocer el papel del azar, la estupidez y la locura en las acciones humanas.

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