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El humor selectivo del concejal Zapata

Si hemos de juzgar por lo que publicaba en Twitter, Zapata no tiene ningún sentido del humor. Como, en general, le sucede a la izquierda militante.

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Tener sentido del humor no es ser gracioso; es saber reírse de uno mismo, incluso de aquello que consideramos sagrado. Un gordo incapaz de reírse de su abultada cintura, un feo que no aguanta chistes sobre la incomodidad que produce verlo, una chica delgada que no admite bromas sobre su escaso pecho o un religioso que no bromea con sus creencias pueden ser todos personas muy divertidas, pero no tienen sentido del humor. Se puede ser incluso humorista profesional y no tenerlo, y se me ocurren varios ejemplos concretos que por no salirme del tema no reproduciré, pero que seguro también le vienen a usted a la mente.

Cuando entramos en política, enseguida vemos asuntos sobre los que, dependiendo de la acera con la que nos identifiquemos, no sólo no nos salen chistes, sino que nos indignan los que hacen los demás. No hagas bromas sobre las víctimas del terrorismo o los cristianos perseguidos a un tipo de derechas; ni se te ocurra reírte de homosexuales o de mujeres a las que pegan sus maridos en presencia de alguien de izquierdas. Sin embargo, siempre aceptamos mejor el humor políticamente incorrecto cuando alguien se ríe de lo suyo. Una cosa es que un tipo de la extrema izquierda antisemita de toda la vida diga que para qué necesita Israel tanto territorio si la ceniza ocupa tan poco; muy distinto sería si ese mismo chiste lo contara un superviviente del Holocausto. Que el concejal Zapata se ría de Irene Villa es una cosa; otra muy distinta es que lo haga ella.

En España el humor profesional parece haber sido casi monopolio de la izquierda durante muchísimo tiempo. Es fácil de comprobar viendo de qué se ríen y de qué no: ETA aún no ha desaparecido oficialmente y no sólo se hacen chistes continuamente sobre el tema, sino que incluso dos obras de gran éxito como la teatral Burundanga o la fílmica Ocho apellidos vascos han tocado el tema del terrorismo con una gran acogida de crítica y público, más que nada porque son muy divertidas. Sin embargo, revisen las hemerotecas y busquen qué comedias se han hecho con la guerra civil: La vaquilla, una serie de televisión que pasó sin pena ni gloria hace pocos años y poco más. ¿Y cuántas risas nos hemos echado no a costa de los franquistas sino de la escuálida oposición al régimen? Parece claro qué es sagrado para nuestros humoristas.

Los chistes del concejal Zapata tenían una característica que los unía, además de ser bastante malos: ninguno se reía de nada que un tipo de extrema izquierda pueda considerar sagrado. No había humor negro sobre el bando republicano, los homosexuales o las víctimas de la violencia doméstica. No: eran sobre judíos, víctimas de ETA, el PP o las niñas de Alcàsser. Terreno seguro, firme. Ni él ni ninguno de los suyos se iba a encontrar incómodo. ¿Es eso transgresor, una exploración de los límites del humor? Claro que no. Si hemos de juzgar por lo que publicaba en Twitter, Zapata no tiene ningún sentido del humor. Como, en general, le sucede a la izquierda militante. Eso sí, algunos son muy graciosos.

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