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Justicia poética para López Aguilar

Desgraciadamente, el proceso que se está siguiendo contra López Aguilar no es el que padecen cientos de miles de hombres anónimos.

Daniel Rodríguez Herrera
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Para Elena Valenciano, es una "barbaridad" comparar "la violencia machista que golpea y mata a las mujeres" con el "maltrato" que puedan sufrir "algunos" hombres. Es decir, que hay crímenes de mayor y menor importancia dependiendo del sexo del agresor y de la víctima. Así, es lógico, bueno y normal que las mujeres maltratadas tengan un número de teléfono de atención exclusivo, que no atiende a hombres en la misma situación; también lo es que una denuncia de malos tratos por parte de una mujer conduzca al hombre denunciado directamente al calabozo, antes de que se verifique siquiera si tiene la más mínima credibilidad.

Al ministro de Justicia que dio su bendición a esta barbaridad legal –que sólo un Tribunal Constitucional politizado pudo fallar que no contradecía el artículo 14 de la Constitución, ese que dice que no se puede discriminar por sexo– le han acusado de malos tratos. Es una lástima que López Aguilar esté aforado y, por tanto, no haya sufrido el proceso habitual de ser considerado culpable hasta demostrar lo contrario, que no se le haya exigido esa prueba diabólica contraria al Derecho pero tan del gusto de la nueva Inquisición feminista. Que hubiera pasado por la cárcel sin más prueba que la palabra de su exmujer habría sido, por una vez, justo. Aunque fuera sólo como justicia poética.

Las ciencias sociales están encontrando cada vez más pruebas de que el maltrato no es un hecho unidireccional. Por razones políticas, no tenemos datos directos de los hombres asesinados por sus parejas desde 2007, una de esas medidas zapateriles que a Rajoy jamás se le pasó por la cabeza cambiar. En 2005 fueron 56 y en 2006, 37. Para hacernos una idea, en esos dos años las mujeres asesinadas por su pareja fueron 57 y 69. Como se ve, las cifras no son tan dispares como para diferenciar entre una supuesta violencia machista generalizada y un maltrato que sufren sólo algunos. Y los estudios sobre este fenómeno, sea en Estados Unidos o en España, no reflejan las consignas políticamente correctas que culpabilizan al varón por serlo y dan veracidad a las denuncias de una mujer por el mero hecho de que las hacen ellas. No: tanto la violencia como las agresiones psicológicas van en los dos sentidos y en cifras similares.

Así las cosas, la microagresión de la semana pasada y el escándalo subsiguiente pueden verse como lo que son: una imposición ideológica feminista. Resulta que la Guardia Civil publicó un tuit en el que pedía "tolerancia cero al maltrato en todas sus formas y variantes" con una imagen en la que aparecía, a la izquierda, un cartel oficial del 016, en el que se denunciaba, cómo no, al hombre por maltratador, y a la derecha una imitación que cambiaba los roles. Ante la indignación de gentuza del tipo de Carmen Montón, Elena Valenciano o Ángeles Álvarez, la Guardia Civil retiró el tuit y pidió disculpas. Pero, sabiendo la realidad de los datos, quienes tenían que pedir perdón eran quienes sufragaron con dinero público el primer cartel y no encargaron también el segundo. Y, naturalmente, quienes permiten que siga existiendo un número de ayuda como el 016 que atiende a mujeres pero no a hombres en la misma situación. Quizá sean responsables de algunos de los aproximadamente 3.000 suicidios de hombres, frente a los 1.000 de mujeres, que tienen lugar todos los años.

Que a uno de los principales responsables de que estemos así se le acuse de maltratador, no me negarán que parece de lo más justo. Pero desgraciadamente el proceso que se está siguiendo contra López Aguilar no es el que padecen cientos de miles de hombres anónimos. Entre 2005 y 2012 se han presentado aproximadamente un millón de denuncias y se han producido poco más de 200.000 condenas. Los 800.000 restantes han tenido que sufrir las de Kafka para dar de comer a las feministas. Y Rajoy sobre esta violencia feminista tampoco ha hecho nada, claro.

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