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La estaca era Llach

El problema para Llach es que su estaca está tan podrida que ni siquiera ha hecho falta que nadie tire de ella: se está viniendo abajo ella sola.

Daniel Rodríguez Herrera
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Lluís Llach I Europa Press

Quizá es cosa de mi generación, pero pocas cosas encuentro más insoportables que los artistas de la Transición. No me refiero a quienes con esfuerzo y talento se sacaron la etiqueta e hicieron después otras obras dignas de recordar, sino todos esos que han vivido toda la vida de una película, un libro o una canción que tuvo importancia en su día y no han hecho antes o después nada que no sea un coñazo infumable, pese a lo cual hemos tenido que crecer oyendo una y otra vez lo buenos e importantes que eran. Un estrellato del One Hit Wonder del antifranquismo que siempre ha encabezado Lluís Llach gracias a la única canción que fue capaz de componer y que no dormía a las ovejas.

Y oye, que está muy bien. La mayoría de los artistas jamás llegan tan alto en toda su vida. "L'estaca" puede ser una canción de un tiempo concreto y puede referirse a las ataduras de la dictadura de Franco, pero está escrita con un lenguaje universal, aplicable a muchos otros lugares y circunstancias. Por eso no suena extraño que los polacos la adaptaran para convertirla en himno oficioso de Solidaridad, o que se usara en la Primavera Árabe. La podrían cantar ahora los venezolanos. Y, mal que nos pese, sabemos que muchos otros tendrán que cantarla en el futuro. Porque esa capacidad de trascender su tiempo y las circunstancias concretas de su creación es lo que marca al arte destinado a perdurar, y el éxito de Llach sin duda lo ha hecho.

Pero el tiempo pasa, y ese cantautor que ya nunca pudo componer nada que estuviera a la altura de la música que creó cuando tenía veinte años decidió también que aquello de tirar de la estaca era, efectivamente, muy cansado, y que lo suyo era formar parte de ella. Entró en la listas de la podrida estaca nacionalista y fue el principal portavoz y defensor de todos los excesos del Oasis. Aquel que fuera símbolo de libertad empezó a señalar a los medios desafectos al régimen. Y ahora el diputado ha amenazado con su estaca a los funcionarios que cumplan la ley y no prevariquen para acompañar al secesionismo en su delirio.

El problema para Llach es que su estaca está tan podrida que ni siquiera ha hecho falta que nadie tire de ella: se está viniendo abajo ella sola. Por suerte, las grandes obras sobreviven a las miserias de sus autores. Podemos disfrutar de un poema de Neruda aunque fuera un estalinista. Podemos asombrarnos del talento de Riefenstahl aunque lo pusiera al servicio del nazismo. Y podemos escuchar "L’estaca"y saber que ahora el abuelo Siset quizá sólo sueñe con que su nieto pueda estudiar en castellano en un mundo sin 3% ni editorial único.

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