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EDITORIAL

De Malthus al IPCC y tiro porque me toca

Pese a que la obra de Malthus ha sido radicalmente rechazada por el propio paso del tiempo el maltusianismo ha seguido y sigue vivo.

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A finales del siglo XVIII y principios XIX Thomas Malthus pronosticó que sólo unas décadas más adelante la especie humana se enfrentaría a su propia extinción porque el crecimiento de la población haría imposible producir suficientes alimentos para todos.

Su teoría encontró un eco tremendo entre los pensadores de la élite europea de su época pero, como es obvio, sólo fue un enorme error que el tiempo se ha encargado de refutar de arriba abajo, algo similar a lo que ha ocurrido también con las tesis centrales de Marx, por poner un ejemplo que viene muy al caso.

En descargo de Malthus cabe decir que formuló su pensamiento en un momento muy inicial de la revolución industrial en el que quizá no fuese fácil prever la descomunal capacidad de creación y transformación que la especie humana iba a ser capaz de desarrollar de ahí en adelante, ni los inmensos aumentos de productividad que ello comportaría en prácticamente cualquier rama de la economía y, por supuesto, también en la producción de alimentos.

Sin embargo, pese a que la obra de Malthus ha sido radicalmente rechazada por el propio paso del tiempo y pese a que cada año era más evidente la enorme capacidad del conocimiento y la tecnología para mejorar la producción de comida, el maltusianismo ha seguido y sigue vivo.

Y eso que las apocalípticas predicciones de los neomaltusianos han fallado tan estrepitosamente como las del original: por ejemplo las del conocido informe del Club de Roma a principios de los años 70 -Los límites del crecimiento- que pronosticaba serias catástrofes y que incluso se actualizó 20 años después con un sesgo particularmente pesimista.

Sin embargo, la realidad es que gracias a la extensión del capitalismo y a la revolución tecnológica las últimas décadas el mundo ha vivido una revolución económica que, en lugar de llevarnos al desastre, nos ha llevado a unas tasas de abandono de la pobreza sin precedentes en toda la historia de la humanidad. En lugar del panorama apocalíptico que tantos pronosticaban la realidad a día de hoy es que, si bien es cierto que nunca ha habido tanta población en el planeta, nunca ha estado mejor alimentada que ahora.

Pero inasequibles al desaliento los maltusianos vuelven a la carga, en esta ocasión con el cambio climático de arma arrojadiza pero, como siempre, intentando ejercer un control lo más absoluto posible sobre la economía mundial, sobre cómo se consume y cómo se produce, con la arrogante pretensión de decirnos hasta lo que debemos comer, que es lo que hace el informe del IPCC que se ha hecho público este jueves.

Poco importa que una y otra vez Malthus haya sido desmentido, que las propias predicciones a medio plazo del IPCC no se hayan cumplido o que la economía planificada haya supuesto un desastre económico -¡y medioambiental!- allí donde se ha ensayado. La tentación del control total es demasiado fuerte para aquellos que odian la libertad hasta tal punto que están dispuestos a cerrar los ojos ante la historia y a forzar a la ciencia con tal de cumplir una agenda que, en realidad, es sólo política.

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