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Lo que Europa no quiere aprender del islamismo

Los gobiernos europeos deben acabar con los centros de radicalización, casi siempre vinculados a mezquitas, de los que han salido 5.000 terroristas.

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Una cadena de atentados perpetrados por radicales islamistas provocó este pasado viernes decenas de muertos y heridos en Túnez, Kuwait, Somalia y Francia. Las Fuerzas de Seguridad y los servicios de Inteligencia habían alertado sobre la coincidencia del primer aniversario de la creación del califato del Estado Islámico y el inicio del mes de Ramadán, dos motivos suficientes para esperar alguna acción de este tipo pero, como por desgracia ha ocurrido otras veces, el terrorismo islamista ha alcanzado sus fines sangrientos cobrándose decenas de vidas inocentes.

En Francia, un terrorista vinculado al Estado Islámico decapitó a su jefe en la empresa de mensajería en la que trabajaba y trató de provocar una tragedia aún mayor estrellando su vehículo contra un almacén de gases industriales. Se trata del segundo atentado mortal de origen islamista en suelo galo, desde que el pasado 7 de enero dos salafistas atacaran la sede de la revista satírica Charlie Hebdo.

Tras esta última oleada de atentados, las autoridades europeas han vuelto a repetir sus estériles condenas precisando, como siempre, que estas acciones son hechos aislados protagonizados por radicales que nada tienen que ver con el islam. Por más que los hechos desmienten una y otra vez un análisis tan servil, la clase política europea prefiere mentirse a sí misma y a los ciudadanos, cerrando los ojos a la mayor amenaza que pesa sobre nuestras sociedades.

Los organismos de seguridad cifran en 5.000 los europeos que han acudido a combatir en las filas del Estado Islámico en Siria e Irak, muchos de los cuales están de vuelta en sus países de origen, más radicalizados que cuando se fueron y, además, con entrenamiento militar y capacidad para manejar armamento y explosivos. Los Gobiernos que lamentan estos atentados mortales deberían preguntarse cómo es posible que en nuestros países existan centros de radicalización y reclutamiento, en la mayoría de ocasiones vinculados a mezquitas, que hacen que miles de jóvenes nacidos en suelo europeo estén dispuestos a morir para acabar con nuestra forma de vida; justamente la que sus padres eligieron, para darles el futuro del que carecían en sus lugares de origen.

Bien están las reuniones de coordinación y el apoyo de los principales partidos políticos a una mejora técnica de los resortes de la seguridad, como han hecho en España el Gobierno del PP y la principal fuerza de la oposición. Sin embargo, resulta imperativo que esa coordinación llegue al más alto nivel político en términos europeos para hacer un frente común que, en primer lugar, identifique sin complejos la raíz de este gravísimo problema, que no es otro que la impunidad con que el radicalismo islamista se maneja en el seno de nuestras sociedades.

Las acusaciones de islamofobia que una parte de la izquierda enarbola cuando se trata de combatir el terrorismo islamista no pueden paralizar la acción de los Gobiernos, cuya principal obligación es acabar una amenaza para la seguridad de todos y una ofensa para los musulmanes que han elegido nuestros países para labrarse un futuro próspero y vivir en paz.

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