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EDITORIAL

Luces y sombras de la cumbre de la OTAN

España ha sido un magnífico anfitrión... y el Gobierno no ha aprovechado la circunstancia.

Una cosa es que España esté brillando estos días en el ámbito internacional como escenario donde se celebra una cumbre de gran relevancia de la Alianza Atlántica y otra, muy distinta, que el Gobierno de Pedro Sánchez sea capaz de estar a la altura de las circunstancias.

Sánchez puede estar satisfecho de haber comparecido, por fin, junto al presidente de los Estados Unidos sin que este diera la impresión de no saber quién era; los españoles podemos estar orgullosos de la imagen y el papel que transmiten y desempeñan los Reyes como los mejores embajadores del país; los mandatarios internacionales que nos han visitado pueden haber quedado tan satisfechos con Madrid como deslumbrado ha quedado Joe Biden ante la imponente belleza del Palacio Real. Ahora bien, con independencia del magnífico atrezo que España ha brindado a la cumbre, era de esperar que el Gobierno sacara más provecho de los acuerdos adoptados y transmitiera una imagen de unidad ante los mismos.

Así, y al margen de la consideración del expansionismo ruso como la mayor amenaza que se cierne sobre las democracias europeas, España debería haber obtenido referencias mucho más concretas a los peligros y riesgos para su seguridad procedentes del norte de África, con garantías mucho más claras y expresas para Ceuta y Melilla. En este sentido, las alusiones al "flanco sur" o al compromiso de "defender cada centímetro del territorio de todos los aliados y preservar la soberanía e integridad territorial" de los mismos suponen un avance a todas luces insuficiente si no se hace una mención expresa a Ceuta y Melilla, tal y como hacía el artículo 6 del Tratado del Atlántico Norte con los entonces "departamentos franceses de Argelia".

Que el Gobierno transmita la impresión de que ambas ciudades están bajo la protección de la OTAN o que haga el ridículo equiparando su estatus con el de las islas estadounidenses de Hawai constituye una tomadura de pelo desde el momento en que se es consciente de que, si bien la OTAN necesita a los EEUU para sobrevivir, los EEUU no necesitan a la Alianza para defender su territorio nacional. A este respecto, el hecho de que Sánchez haya aceptado que EEUU despliegue su mayor flota en España habría sido una ocasión magnifica para extender expresamente la protección de la OTAN a Ceuta y Melilla, que, diga lo que diga Sánchez, Marruecos no renuncia a anexionarse.

Aun así, poco hay que reprochar a nuestros aliados: si la no inclusión de ambas ciudades en el Tratado fue culpa del Gobierno de Felipe González, hace escasos meses era el Senado el que rechazaba –con la excepción del PP– la propuesta de Vox de reclamar precisamente una modificación del mismo para incluirlas.

Por otro lado, hay que destacar el lamentable espectáculo de división que ha dado el Gobierno: mientras la facción socialista respaldaba el acuerdo que refrenda un mayor despliegue naval estadounidense en Rota, un mayor gasto militar de los países miembros de la OTAN y un incremento de la ayuda militar a Ucrania, los comunistas de Podemos han ejercido de líderes de la oposición a su propio Gobierno.

Mención aparte merece el no tan anecdótico espectáculo de ver al presidente del Gobierno, una vez más, ante una bandera nacional colocada al revés. Por mucho que se trate de un error de protocolo, no hay que olvidar lo que simboliza una enseña en esa posición: es una forma de declarar rendición ante una fuerza extranjera o una solicitud de auxilio. Como para ponerse a elucubrar, con este Gobierno infame...

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