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EDITORIAL

Pablo Iglesias y lo anormal

No hay mayor “anormalidad democrática” que la que su partido y sus aliados golpistas representan.

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El vicepresidente del Gobierno y máximo líder de Podemos, Pablo Iglesias, ha aprovechado el acto institucional en el Congreso con motivo del 40 aniversario del 23-F para dejar de manifiesto, una vez más, que no hay mayor “anormalidad democrática” en España que la que él, su partido y sus aliados golpistas y proterroristas representan. Sin consideración alguna por el cargo que desempeña, Iglesias se ha permitido dar rienda suelta a su sectarismo comunista y antisistema negándose a aplaudir el discurso del Rey y a condenar tanto las amenazas y el enaltecimiento del terrorismo de Pablo Hasél como la violencia callejera desatado por sus correligionarios en protesta por su condena judicial.

Lo cierto es que esta anormalidad democrática es perfectamente coherente con la anormalidad que supone, en pleno siglo XXI, la presencia en un Gobierno occidental de un dirigente de extrema izquierda que ha defendido todos los golpes de Estado y todas las dictaduras comunistas que se le han puesto a tiro, desde la URSS a Cuba y Venezuela. Si se tiene presente que Iglesias ha cantado junto al condenado Hasél La Internacional mientras se ondeaba una bandera soviética con la efigie de Lenin, lo repugnantemente normal es que ahora se niegue a condenar a su nauseabundo colega apologeta del terrorismo. Lo anormal, por el contrario, es que semejante indeseable sea nada menos que vicepresidente del Gobierno del Reino de España.                                                                                        

Iglesias denigró como ”engaño lampedusiano” la Transición y la Constitución del 78, al tiempo que alabó a “la izquierda vasca y a ETA” por “darse cuenta de esto desde el principio”, así que cómo extrañarse de que ahora que está empotrado en las instituciones trate de erosionar la Corona y la propia democracia proclamando que ésta no es “plena” o negándose, como ha hecho este martes, a aplaudir a Don Felipe cuando ha recordado el papel de su padre en la consolidación del régimen democrático.

Quien, como Iglesias, tiene la desvergüenza de no ver ningún delito en el golpe de Estado del 1-O y de acusar a la Justicia de condenar a prisión a un hatajo de sediciosos por “celebrar un referéndum”, es lógico que arremeta igual de mendazmente contra los jueces por condenar a un rapero por "escribir un tuit o hacer una canción”.

Que un comunista adultere el concepto de libertad de expresión para alentar la violencia totalitaria no es ninguna novedad. Lo que resulta vergonzoso es que un representante de la ideología más criminal y liberticida de la Historia se permita dar lecciones de lo que es una “democracia plena” mientras denigra y erosiona las instituciones de la democracia española desde la Vicepresidencia del Gobierno. Y de eso la responsabilidad no es precisamente suya sino de su facilitador, el socialista Pedro Sánchez Castejón.

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