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Urge reformar el papel del heredero de la Corona

El Príncipe de Asturias debe ejercer por derecho unas funciones para las que, además, ha demostrado estar sobradamente preparado.

EDITORIAL
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El Príncipe Felipe viajó el pasado miércoles a Panamá para participar en los actos que, con motivo de la XXIII Cumbre Iberoamericana, reunieron este viernes y sábado a los jefes de Estado y de Gobierno de Iberoamérica, España y Portugal. En ausencia del Rey, el heredero al trono ha estado presente en los actos protocolarios celebrados al socaire de esta importante reunión, en cuyo desarrollo no ha podido participar por la ausencia de una regulación legal que le permita ocupar de pleno derecho el puesto reservado a su padre en casos de incapacidad temporal como el que afecta en estos momentos al titular de la Corona.

Para evitar el bochorno de que el heredero al trono de España fuera tratado como un simple invitado, el Gobierno diseñó previamente un completo programa paralelo de encuentros empresariales en los que el Príncipe Felipe ha sido la figura más destacada. Sin embargo, este parche protocolario no oculta el desdoro con que la figura del Príncipe está siendo tratada desde que las recaídas de la salud han apartado al monarca de sus obligaciones. Si ya resultó llamativa la presidencia de D. Felipe del desfile de las Fuerzas Armadas, sólo con rango de Teniente Coronel, su discreta participación en la Cumbre Iberoamericana, forzado por las circunstancias, pone aún más de relieve la necesidad de acabar con una situación que tan flaco favor hace a su imagen y la de España en los principales acontecimientos nacionales e internacionales.

Puesto que no parece que el Rey esté dispuesto a ceder la titularidad de la Corona Española a su heredero legítimo, urge que las Cortes resuelvan con premura esta anomalía, para que la figura del Jefe del Estado tenga una adecuada representación en todos los órdenes con el marchamo legal oportuno. No se trata de solventar simplemente detalles de protocolo, por relevantes que sean, sino de que el Príncipe de Asturias ejerza cuando las circunstancias lo obliguen unas funciones para las que, además, ha demostrado estar sobradamente preparado.

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