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Eduardo Goligorsky

Cismáticos en la picota

Torra culmina su cruzada por la descomposición de Cataluña con una embestida cismática contra la Iglesia católica.

Eduardo Goligorsky
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Torra culmina su cruzada por la descomposición de Cataluña con una embestida cismática contra la Iglesia católica.
El presidente de la Generalidad, Quim Torra. | EFE

La pregunta que formulamos sin cesar quienes asistimos afligidos a la destrucción gradual y sistemática de los pilares que sostienen el bienestar y la convivencia de la sociedad catalana gira en torno de un fenómeno anómalo: ¿cómo es posible que dos millones de ciudadanos con derecho a voto (minoría censal pero mayoría parlamentaria) continúen entregando los resortes del poder local a los responsables de esta política aberrante que perjudica sus intereses materiales, sus valores morales e incluso, ahora, su salud física y la de sus seres queridos?

Diálogo disuasorio

Es verdad que este contingente de catalanes ha sido sometido desde su infancia a una campaña de adoctrinamiento maniqueísta que los indispone contra sus compatriotas del resto de España, campaña que se prolonga durante su vida adulta a través de los medios de comunicación públicos con mensajes supremacistas de fuerte contenido étnico. Súmese a esto el clientelismo, el nepotismo y la corrupción en todos los niveles, y tendremos un atisbo de explicación para despejar nuestro interrogante.

Sin embargo, la agresividad del secesionismo ha alcanzado un punto tal de virulencia que quienes han conservado intacta su sensibilidad cívica vuelven a salir del armario para entablar un diálogo disuasorio en términos racionales con los prosélitos del rebaño. Porque lo que está a la vista ya no es el trampantojo épico de la lucha por la independencia de Cataluña, con el que habían encandilado a la masa, sino el esperpento de unos vándalos que dejan quemada la tierra del coto feudal allí donde lo pisan.

Dinastía mafiosa

Imaginemos a un prosélito del rebaño convencido de que su amada Cataluña vería colmadas sus expectativas cuando se hiciera el reparto del fondo de reconstrucción europeo en la reunión de los presidentes de autonomías en San Millán de la Cogolla. Confiaba en el verbo combativo del presidente –aunque fuera putativo– Quim Torra, para arrancarle a Madrid 31.000 millones de euros. Pero… Pero Torra es un desertor empedernido que, además de escaquearse, cometió la barrabasada de objetar, desde su rango subalterno y vicario, la presencia de quien es el rey de todos los españoles por mandato constitucional. Nada menos que Quim Torra tuvo la desfachatez de regurgitar esta insolencia, cuando él es el último elegido fraudulento de los sucesivos dedazos que, a partir de la "organización criminal" Pujol-Ferrusola (juez José de la Mata dixit), entronizaron, como si fueran herederos natos de una dinastía mafiosa, a Artur Mas, Carles Puigdemont y el citado Torra.

Aposentado en el trastero del palacio de la Generalitat –porque el prófugo Puigdemont tiene el monopolio del despacho presidencial–, Torra culmina su cruzada por la descomposición de Cataluña con una embestida cismática contra la Iglesia católica. Procesa al Arzobispado de Barcelona por haber organizado una misa en homenaje a las víctimas del covid-19, le reprocha al cardenal Juan José (no Joan Josep) Omella que no se conchabe con los delincuentes golpistas, y toma partido públicamente por la secta comunista de la Teología de la Liberación en la persona del cura trabucaire Ernesto Cardenal (epd). Tal vez está planeando fundar, como ironiza Joaquín Luna ("El vicario Torra riñe al cardenal", LV, 29/7),

la Asociación Patriótica Católica de Catalunya, siguiendo el nombre y el modelo de la rama católica de la República Popular China, sin relaciones diplomáticas con el Vaticano.

Testimonio reconfortante

Josep Maria Carbonell, decano de la Facultad de Comunicación de la UPF, llama a las cosas por su nombre cuando pone a los cismáticos en la picota ("Los galicanistas catalanes", LV, 29/7):

Carles Puigdemont, Oriol Junqueras y Quim Torra, los tres, han decidido ya hace tiempo ir a por todo. Y si hay que destruirlo todo en nombre de la independencia de Catalunya, se destruye. Ahora le toca a la Iglesia, la trompeta del ataque ha sonado y los jinetes de la independencia han decidido cabalgar contra los obispos y el propio Papa.

(…)

Los tres jinetes del futuro apocalipsis destructivo de Catalunya ya hace unos cuantos años que decidieron que la Iglesia católica en Catalunya (…) debía abrazar la causa del independentismo. (…) La Iglesia católica tiene que convertirse en la Iglesia para la independencia. Y si eso significa que se debe partir por la mitad –como el país–, pues que se parta. El espíritu galicanista planea sobre Catalunya. Quieren una iglesia nacional. (…) Con más tacto que Puigdemont y Torra, él [Oriol Junqueras] también está decidido a forzar un pronunciamiento de la Iglesia a favor de la independencia de Catalunya.

(…)

Espero que nuestra Iglesia catalana mantenga su independencia y sepa evitar la manipulación instrumental de unos políticos que han decidido ir a por todas por la independencia.

Este testimonio reconfortante prueba que los catalanes que aman realmente su tierra, su herencia espiritual y el bienestar de sus conciudadanos han perdido el miedo a los chantajes de los fariseos hispanófobos. Confiamos en que este clamor humanista y ecuménico saque de sus ensoñaciones místicas a quienes, inexplicablemente, todavía votan a los portadores del virus cainita, y los ponga en marcha hacia un futuro de libertad, igualdad y fraternidad en el Reino de España y en la civilización occidental.

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