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Eduardo Goligorsky

Contra el fútbol

También a Cataluña le han hecho daño tantos años de mentiras. La sociedad civil y los partidos políticos que la interpretan deberán demostrarlo y corregirlo.

Eduardo Goligorsky
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También a Cataluña le han hecho daño tantos años de mentiras. La sociedad civil y los partidos políticos que la interpretan deberán demostrarlo y corregirlo.

Nunca escribo sobre fútbol. Mal podría hacerlo cuando reconozco que, desde la infancia, todos los deportes de competición me inspiran rechazo, rechazo que me priva del mínimo elemento de objetividad necesaria para abordar cualquier tema relacionado con el deporte. Producto de este sentimiento es también una ignorancia supina acerca de los pormenores y reglas de la actividad deportiva: a lo largo de mi vida he ganado mucho tiempo al saltear las infinitas páginas que la prensa dedica a estas cuestiones. Me ahorro todo lo relacionado con pelotas (de fútbol, baloncesto, tenis, rugby, golf, etc.); y con automóviles, motocicletas, bicicletas, piernas de corredores y puños de pugilistas. Aunque no puedo evitar que la cacofonía que me rodea me transmita algunas nociones de lo que sucede en este espacio que, para mí, es tabú.

Algunas perlas

A manera de antídoto, archivo artículos escritos por quienes comparten y alimentan mi aversión y releo de cuando en cuando el libro La era del fútbol (Sudamericana, 1998), del sociólogo argentino Juan José Sebreli, exhaustivamente documentado, como todos los suyos. Ahora, cuando es imposible ignorar, por efecto de la cacofonía, que algunos hinchas del secesionismo y del Barça montan una escandalera en la que se mezclan las tribulaciones deportivas y judiciales de su club, por un lado, con las mentiras flagrantes y la incompetencia de sus líderes políticos, por otro, desempolvo esos papeles y encuentro algunas perlas.

El 13 de abril de 1998 el entonces humanista y hoy proselitista del secesionismo en París, y forofo de la guardiana de nuevas fronteras Carme Forcadell y de su belicosa ANC, Josep Ramoneda, escribía ("El reducto del fascismo", El País):

Desde las gradas las tribus empujan a sus héroes. Poco afecta al comportamiento del hincha que el césped esté lleno de millonarios que tendrían que aplaudir a quien les paga y no viceversa. (…) En un espacio hecho para que se expresen destellos de la barbarie que todo ciudadano lleva dentro (odio al enemigo, xenofobia, adhesión incondicional, ceguera de raciocinio) no es raro que hayan florecido grupos fascistas cada vez más organizados, agresivos y violentos, que han convertido en materia de palo, navaja e incluso pistola, a la palabrería violenta y agresiva que circula a menudo por la prensa especializada.

Ramoneda se está refiriendo en particular al Real Madrid, pero se apresura a aclarar que el fenómeno

afecta al fútbol español en general, convertido en zona nacional de todos los fascismos hispánicos (y digo todos para que nadie me pueda confundir con los que consideran que el fascismo es exclusiva del nacionalismo español y que el nacionalismo catalán está curado de estos virus: basta acercarse al campo del Barça para saber que fascistas los hay en todas partes). Ocupado el fútbol por estos personajes, el estadio como lugar de ritualización y catarsis para canalizar la violencia social reprimida puede metamorfosearse fácilmente en catalizador de la violencia.

Denuncia premonitoria

Francisco L. de Sepúlveda, un militar con galones de humanista cabal, que no renunció a sus principios, alertó en La Vanguardia (4/1/1999), antes de que José Antich lo expulsara cuando puso el diario que dirigía al servicio de sus mecenas secesionistas:

El ritmo de los patriotismos antiespañoles, con ayuda del fútbol, plantea una cuestión rayana en broma o cachondeo si no fuera por la grima que conlleva y de hecho expresa.

De Sepúlveda también denunció premonitoriamente, ya en 1999, la política de subvenciones que algunos desinformados atribuyen solo a Artur Mas, cuando en realidad forma parte del ADN del pujolismo y sus continuadores:

El auge de un catalanismo bien programado y financiado sin tacañerías en todo lo tocante a cultura, televisión, deporte, folklore.

Mercenarios de la nueva generación

De los mundiales de fútbol mejor no hablar. El de 1978 que se celebró en Argentina sirvió en bandeja a la dictadura militar la ocasión de limpiar su ensangrentada imagen. Sebreli describe con lujo de detalles, en su libro, la colaboración que intelectuales, políticos, periodistas y, por supuesto, deportistas, brindaron a Videla y sus acólitos. La lectura de la lista, con nombres prestigiosos, y la transcripción de sus palabras, produce vergüenza. Revela Sebreli:

Más repugnante fue el apoyo al Mundial de los propios exiliados. Los montoneros aprovecharon la ocasión para llegar a un pacto con la dictadura, mediante un encuentro de [el jefe montonero Mario] Firmenich con [el almirante Emilio] Massera en París a fines de 1977. En un reportaje de la revista francesa L'Express, del 10 de abril de 1978, el dirigente montonero Rodolfo Galimberti declaraba: "Estimamos que el boicot no es una política realista en las circunstancias presentes. A todos, nosotros les decimos: 'Vayan. Los montoneros no desarrollarán ninguna acción que pueda poner en peligro ni a los jugadores ni a los periodistas' (…) Nosotros vamos más lejos: proponemos una tregua a la dictadura militar del general Videla". El otro grupo guerrillero, el ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo) adoptó una posición similar.

Sebreli dedica un capítulo a las andanzas del idolatrado pero tramposo mercenario Diego Armando Maradona por el mundo de la dictadura, la Mafia, la droga y todas las corrientes lucrativas del peronismo, andanzas que se completan, ahora, con su desembarco en las alcantarillas del kirchnerismo y el chavismo y con la exhibición de sendos tatuajes con los rostros del Che Guevara y Fidel Castro. Veremos cómo terminan los mercenarios de la nueva generación. Ya los están abucheando.

Falta de escrúpulos

Volvamos al presente. Era previsible que, vista la falta de escrúpulos con que los dirigentes de los clubes de fútbol tejen alianzas espurias con caudillos políticos aparentemente afianzados en el poder, unos desaprensivos implicaran al Barça en tejemanejes extradeportivos subordinados a la cruzada secesionista (y al salafismo catarí) sin preocuparse por las consecuencias de su probable fracaso. Antoni Puigvert, alarmado, se esfuerza por paliar este desmadre con un toque de realismo (LV, 7/4):

Es tanto el almíbar con que el periodismo inundó el juego de toque del Barça que, de repente, provoca, no ya bostezos de aburrimiento, sino aquella repugnancia que provocan los dulces de pastelería cuando se abusa de ellos. (…) Al parecer, las reglas del mundo no eran para el Barça, que está, como los dioses, por encima del bien y del mal (cuidado: esta visión religiosa contamina también al mito de una Catalunya como espacio democráticamente bucólico, un espacio ideal que el mundo forzosamente aplaudirá el día en que decida presentarse formalmente ante el concierto de las naciones).

La alarma de Puigvert se justifica. Nuevamente es Sebreli quien explica el porqué:

Cuanto menos evolucionadas las civilizaciones, más dominan en ellas los ritos que tienden a la exacerbación de las reacciones emocionales y de las manifestaciones colectivas, donde se ahoga toda deliberación personal. Pero aun en sociedades evolucionadas como la actual pueden también darse estas regresiones a la fase de la infancia y de la tribu primitiva, tal los actos de los movimientos totalitarios y los espectáculos deportivos, sobre todo el fútbol. La revelación del carácter regresivo de estos comportamientos no disuadirá sin embargo a sus apologistas, ya que estos reivindican precisamente la virtud de subordinar lo individual a lo colectivo, lo intelectual a lo emotivo, lo civilizado a lo primitivo, la "sociedad", en fin, concepto demasiado abstracto, a la "comunidad" ligada por lazos inmediatos y afectivos.

Si nuestros demagogos no estuvieran enceguecidos por la soberbia y la ambición, deberían sacar lecciones preventivas de la sublevación que protagoniza el hombre-masa al presenciar los fracasos de sus falsos ídolos en el campo de juego. El hombre-masa no perdona a quienes primeramente lo engañan con piruetas magistrales, a continuación le exigen sacrificios para ganar el campeonato, político o deportivo, y finalmente lo dejan frustrado en la cuneta. Se puede aplicar a los demagogos nacionalpopulistas catalanes lo que una encuestadora le dijo al periodista Luis Majul sobre los demagogos nacionalpopulistas argentinos (La Nación, Buenos Aires, 17/4):

Ganará las elecciones el que mienta mejor o los que consigan demostrar cuánto daño le han hecho a la Argentina tantos años de mentiras.

También a Cataluña le han hecho daño tantos años de mentiras. La sociedad civil y los partidos políticos que la interpretan deberán demostrarlo y corregirlo.

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