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Eduardo Goligorsky

El delirio pluripatiovecinal

Cuando la izquierda y el racismo copulan y dan a luz patios de vecinos belicosos, se instala en los territorios el imperio de la irracionalidad.

Eduardo Goligorsky
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Cuando la izquierda y el racismo copulan y dan a luz patios de vecinos belicosos, se instala en los territorios el imperio de la irracionalidad.
Sánchez e Iceta, en un acto del PSC | EFE

Hace mucho tiempo que los capitostes del tinglado de izquierdas renegaron de sus antiguas invocaciones a la unidad de los parias del mundo y decidieron apoyar las demandas de los nacionalismos más atrabiliarios. Cuando los falsarios todavía enarbolaban aquella consigna, en el siglo XX, cantando "La Internacional" con el puño en alto y un pañuelo rojo al cuello, lo hacían a menudo para poner a los parias al servicio de los planes expansionistas del imperialismo comunista soviético o chino. Pero ahora, sin dejar de hacer guiños a los nuevos amos de las potencias totalitarias, estos tránsfugas escudados tras el cartel fraudulento del "progresismo", dedican todas sus artimañas a la fragmentación de las naciones para crear nuevos enclaves étnicos, conchabándose, sin vergüenza, con la ultraderecha identitaria movida por nostalgias medievales.

Prometen la barbarie

Así es como la comparsa ZISI (Zapatero, Iceta, Sánchez, Iglesias) ha desembocado en el gallinero de la nación de naciones, en sus dos versiones. La primera es la favorita de la comparsa ZISI: España es un Estado plurinacional dentro del cual viven, aisladas en sus respectivos enclaves, tribus marcadas por diferencias insalvables que se manifiestan en la historia, las costumbres, la idiosincrasia, la cultura, la lengua y la economía; la segunda es la que los sediciosos catalanes y sus socios sabinoaranistas y bilduetarras imponen como condición para el pacto de investidura: España es un conglomerado de Estados nonatos desprovistos de vínculos comunes cuya maduración les hará emanciparse levantando fronteras entre sus componentes y también con sus vecinos.

Ninguna de las versiones del gallinero es viable. Por una razón muy sencilla: vivimos en el siglo XXI, en una zona del mundo que todavía atesora los valores de la civilización, y aquí el aislamiento es imposible, so pena de volver a la barbarie que prometen, sin rodeos, los sublevados. El énfasis en las peculiaridades puede llevar a extremos grotescos, empezando por la fractura de esos nuevos Estados fundados sobre ficticias bases identitarias. Si nos guiáramos por ellas, Cataluña se convertiría en un mosaico ingobernable de taifas.

La doctrina de la pluralidad de naciones brotadas del interior de una misma nación originaria descansa sobre una base de estereotipos, que a su vez son producto de una matriz racista. Los inferiores no pueden disfrutar de los mismos derechos que los superiores y por lo tanto se los recluye en un territorio aparte. Lo cual llevaría en Cataluña, apelando a los estereotipos, a la creación de naciones de tarraconenses por un lado y gerundenses por otro, en tanto que, ateniéndonos siempre a los estereotipos, los barceloneses estarían más cerca de los parisinos o de los californianos. Luego vendrían las divisiones entre los barrios: la nación de Sant Gervasi opuesta a la del Raval.

Para nuestra tranquilidad

"En Barcelona se hablan más de 300 lenguas, según Linguapax" (LV, 28/11), o sea que si lleváramos la pluralidad de naciones hasta sus últimas consecuencias, convertiríamos España en un puzzle pluripatiovecinal, con los variopintos patios de vecinos de la repúblika catalana sepultados bajo los escombros de lo que fue una próspera autonomía.

La España pluripatiovecinal es un delirio, y ni la comparsa ZISI ni sus patrocinadores sediciosos podrán engendrarla. Aunque Josep Ramoneda, veterano emisario del Diplocat ilegal, declare caduca la Constitución ("L´aporia constitucional", El País.com., 7/12) y aunque doscientos gamberros (adoctrinados, desde que ingresaron en el parvulario, para odiar a su patria española) la quemen en la vía pública de Barcelona y Gerona en el día de su 41º aniversario, la Carta Magna sigue siendo el pilar que sustenta nuestra sociedad abierta, de ciudadanos libres e iguales, en un régimen de Monarquía parlamentaria, como estipula su artículo 2:

La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas.

Y reafirma, para nuestra tranquilidad, en su artículo 8.1:

Las Fuerzas Armadas, constituidas por el Ejército de Tierra, la Armada y el Ejército del Aire, tienen como misión garantizar la soberanía e independencia de España, defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional.

Avergonzado del orate

"Indisoluble unidad (…) patria común e indivisible (…) Las Fuerzas Armadas (…) tienen como misión garantizar la soberanía e independencia de España, defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional". Un texto del que abominan quienes se han conjurado para desmantelar España y para promover la riña entre los patios de vecinos de los catalanes. Porque de esto se trata, de la confrontación entre catalanes que impulsaron los supremacistas, y no del conflicto político entre Cataluña y España que inventaron los esbirros de Pedro Sánchez y Oriol Junqueras.

El agitador Quim Torra lo tuvo claro cuando tomó partido, una vez más, por la confrontación entre los patios de vecinos y llamó a todo el independentismo a "escuchar atentamente" las reflexiones de Paul Engler, autor del Manual de desobediencia civil (Saldomar), quien exhortó "Si los catalanes queréis ganar debéis polarizar mucho más, escalar mucho más, y aceptar altos niveles de sacrificios" (LV, 29/11). Esta obsesión del presidente putativo de la Generalitat por desgarrar el tejido social de Cataluña, cuando él sólo representa a una minoría dentro de la minoría secesionista, provocó la reacción del predicador Francesc-Marc Álvaro, quien, avergonzado de compartir trinchera con semejante orate, les recuerda a Engler y a Torra ("El buen polarizador", LV, 5/12):

La mitad de los catalanes no son favorables a la secesión. Toda su argumentación sobre la polarización se limita a describir el pulso entre el independentismo y los poderes del Estado, sin contemplar la polarización interna de la sociedad catalana.

Llàtzer Moix, desde la orilla racional, sentencia, repudiando al polarizador ("La prórroga envenenada", LV, 8/12):

Al recomendar estas lecturas, dada la agitada coyuntura y dado su cargo representativo, Torra se comporta como un irresponsable y como el primer pirómano de Catalunya.

Y los catalanistas auténticos, angustiados por la confrontación cainita, rematan desde el colectivo "Treva i Pau" ("La legitimidad real del `procés´", LV, 6/12):

Desgraciadamente, Catalunya no es ahora un sol poble, y habrá que trabajar mucho, y con mucha delicadeza, para que vuelva a serlo.

En cuarentena

Cuando la izquierda reaccionaria y el racismo recauchutado copulan y dan a luz patios de vecinos belicosos en sustitución de la nación civilizada, se instala en los territorios el imperio de la irracionalidad, preñado de esperpentos. Es lo que sucedió cuando el Ayuntamiento del dúo dinámico Colau-Collboni puso en circulación un vídeo discriminatorio en el cual los comentarios machistas estaban en boca de los dos únicos castellanohablantes. Mucho peor y demostrativo es que el politburó etnocéntrico del "partido indeseable" (Javier Lambán dixit) ERC convierta a su único rufián de origen impuro en el payaso de las bofetadas que recibe los escupitajos, pedradas e insultos cuando un bando de la chusma supremacista se enfrenta con un rival de su misma ralea. Así funcionan las mentalidades pluripatiovecinales.

España no es un país pluripatiovecinal. Los padres de la Constitución reconocieron y garantizaron el derecho a la autonomía de nacionalidades y regiones dentro de un régimen de indisoluble unidad de la Nación española, patria indivisible y común de todos los españoles.

Quienes al ocupar su escaño en el Congreso asumen explícitamente el compromiso de servir a otro país nonato que no es aquel para el que van a legislar, o se jactan de profesar una ideología que los obliga a legislar copiando modelos espurios que ponen en peligro la cohesión social y los derechos humanos, deberían ser aislados, en cuarentena, con un cordón sanitario que les impida influir en la vida institucional del país del que reniegan. Para colmo si son perjuros como Gerardo Pisarello, que cuando le convino cumplió con el deber ineludible de jurar o prometer lealtad al Rey y obediencia a la Constitución y las leyes, como lo hicimos ante la justicia todos los argentinos y demás extranjeros que tuvimos el privilegio de acceder a la nacionalidad española. Al renegar ahora de ese juramento o promesa para subordinarse a la necrofilia guerracivilista de las Trece Rosas, Pisarello también ha abjurado de su segunda nacionalidad para reencontrarse con sus raíces peronistas. Con su pan se lo coma, pero que no venga a infectarnos con el virus del totalitarismo tercermundista.

Y quienes pactan con estos réprobos para eternizarse en la Moncloa se hacen igualmente acreedores al desprecio de la ciudadanía. Repito: fuck Pedro Sánchez y su corte de los milagros.

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