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Eduardo Goligorsky

La burricie fomenta el éxodo

La risa se atraganta cuando uno recuerda que los guardianes de la burricie proscriben el castellano en el aula y el patio de las escuelas catalanas.

Eduardo Goligorsky
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La risa se atraganta cuando uno recuerda que los guardianes de la burricie proscriben el castellano en el aula y el patio de las escuelas catalanas.
Las fuerzas vivas del separatismo, exultando | Twitter: @RaholaOficial

El guateque que congregó a la papisa y los popes de la desconexión catalana no pasará a la historia como un modelo del auge cultural autóctono. Más bien se lo verá como un ejemplo de los extremos de decadencia a que puede llegar una sociedad donde los advenedizos han copado los puestos de mando. La zafia festichola, que García Berlanga habría inmortalizado en el celuloide, obró el milagro de hacerme añorar nada menos que las tradicionales fotografías que mostraban la estampa burguesa de Jordi Pujol y Marta Ferrusola paseando por su feudo de Queralb, con ropa deportiva y ese aire de sosiego típico de quienes creen tener el botín de sus fechorías a salvo en paraísos fiscales. El patriarca aplicaba la táctica del "hoy paciencia, mañana independencia", pero el sentido del ridículo le impedía desplegar, en su condición de presidente de la Generalitat, una bandera sectaria, y por tanto espuria, en lugar de la oficial de su comunidad: la senyera. Sabía guardar las formas para codearse con las cuatrocientas familias de abolengo y con estadistas de todo el mundo, gente que hoy desprecia a los trepadores que lo sustituyen y lo arrinconan después de haberse beneficiado con su dedazo.

Grotesco exhibicionismo

El espectáculo ostentoso y frívolo que nos endilgó la que el incorruptible disidente comunista yugoslavo Milovan Djilas definió como "la nueva clase", esta vez en Cadaqués y no en la histórica Dubrovnik, ratificó que los usufructuarios del proceso secesionista han resuelto disfrutar hasta las heces de los privilegios que les dispensó esta etapa de confusión política, aunque su grotesco exhibicionismo ofenda a la mayoría emprendedora y culta que, víctima de la demagogia, les cedió transitoriamente el poder. Sí, transitoriamente, porque como dicen que sentenció Abraham Lincoln, es posible engañar a todo el mundo durante algún tiempo, y a algunos durante todo el tiempo, pero es imposible engañar a todo el mundo todo el tiempo. Y el tiempo corre.

La noticia de que "una paella de amigos en casa de Pilar Rahola acaba con el president Puigdemont a la guitarra" apareció en La Vanguardia el 11 de agosto. Aparentemente no tenía ninguna relación con otra que había aparecido un día antes, y sin embargo bastaba un poco de sagacidad para descubrir el nexo. El titular anterior rezaba:

Madrid ficha la Barcelona del éxito - Rigola sigue a Matabosch y Borja-Villel y dirigirá una institución en la capital

La conclusión que saca el lector al asociar las dos informaciones es automática: la burricie fomenta el éxodo. Burricie: cualidad de burro, torpeza, rudeza (Diccionario de la Real Academia Española). Mientras la casta arribista abraza un ideario provinciano para desconectar a la sociedad catalana de las fuentes de la cultura humanista universal que siempre la alimentaron, y de la lengua de los compatriotas radicados más allá del Ebro, es lógico que aumente el éxodo de los creadores ilustrados hacia los centros libres de coacciones endogámicas.

Incomprendidos o perseguidos

Cuando los talibanes secesionistas escarban el estercolero de la historia buscando beligerancias que enfrenten a catalanes y castellanos, se llevan un chasco. Entonces tergiversan sin escrúpulos. Por el contrario, la indagación rigurosa demuestra que, lejos de ser un foco de catalanofobia, Madrid ha sido siempre un hogar de acogida para los catalanes que debían abandonar su tierra, incomprendidos o perseguidos. Evoca Josep M. Fradera en su erudita La pàtria dels catalans (La Magrana, 2009):

Es curioso, pero no sorprendente, que casi todos ellos emprendiesen el exilio en la misma dirección: la capital de la monarquía. Allí, aquella generación de liberales radicales, que había alcanzado la edad adulta en tiempos de la revolución liberal, la guerra carlista y la quema de conventos por las calles de Barcelona, va a hacer mucha obra tanto en sus respectivos ámbitos profesionales como en el de la política liberal.

Fradera dedica un extenso capítulo a enumerar los aportes que hicieron en Madrid a la cultura y la política estos catalanes allí radicados. Algunos, como Antoni de Capmany y Bonaventura Carles Aribau, "fueron personajes sobresalientes en la forja de la literatura nacional española" y al mismo tiempo "fueron los forjadores de los fundamentos ideológicos de la literatura catalana de molde renaixentista". Y el núcleo conservador formado en torno a Aribau se esforzó por atraer al filósofo y sacerdote católico Jaime Balmes, "quien terminaría radicándose años más tarde en la capital del reino, desde donde irradió su pensamiento al mundo entero". Fradera también recuerda a Laureano Figuerola, ministro de Hacienda de la Gloriosa, que impuso la peseta como moneda nacional, y a Francisco Pi y Margall, quien se estableció en Madrid en los años 1840 y sólo volvió a Cataluña en viajes de proselitismo político.

Relación cultural simbiótica

Un salto en el tiempo nos trae a nuestros días, cuando la relación cultural entre Madrid y Barcelona, Barcelona y Madrid, que se desarrolla en el espacio donde no manda la burricie, puede definirse como simbiótica. Lo cual es lógico, porque vivimos en el mismo país. Van y vienen Mercedes Milá, Josep Maria Flotats, Josep Maria Pou, Rosa Maria Sardà, Dagoll Dagom, La Cubana, Els Joglars (¡faltaría más!), Tricicle, Lluís Homar, Sergi Belbel, Mario Gas. Este último explicó, al anunciar que delegaría la dirección del teatro Español de Madrid (LV, 13/3/2012):

No me vuelvo a ninguna parte ni dejo Madrid, porque tampoco nunca dejé Barcelona, soy barcelomadrileño y no por eso estoy loco.

Casos aparte son los de Albert Boadella y Félix de Azúa, que convirtieron su salida de Cataluña en una opción militante impecablemente razonada. Pero hay más. Escribí en mi libro Por amor a Cataluña. Con el nacionalismo en la picota (Flor del viento, 2002):

Hay algo que merece ser destacado, por lo revelador, en medio de este guirigay: los numerosos catalanes que van a trabajar en los medios audiovisuales, teatrales, cinematográficos, editoriales y periodísticos de Madrid y del resto de España, son acogidos con afecto, con admiración y a menudo con atronadores aplausos. Me refiero a esos catalanes porque son los más visibles, aunque se les podrían sumar muchos otros que sobresalen en los mundos científico, técnico y empresarial. Las lamentaciones victimistas sobre la presunta antipatía, animadversión y hostilidad contra los catalanes forman parte del discurso fragmentador y centrífugo, para uso interno en Cataluña, de una minoría política que necesita estimular los resentimientos mediante mentiras flagrantes.

No todo está perdido

Mientras en Cadaqués hace su agosto (nunca mejor dicho) la burricie, avergonzando a los catalanes ante sus compatriotas españoles y sus cofrades europeos, que no entienden tamaña regresión en una comunidad que brilló por sus valores, un puñado de artistas toma la batuta para demostrar que no todo está perdido y que quedan reservas para la remontada. Informó Justo Barranco en la noticia arriba citada (LV, 10/8):

Hace una década los tres protagonizaban un momento excepcional de la cultura barcelonesa. Sus instituciones eran puntas de lanza rompedoras en sus respectivos ámbitos y Barcelona vibraba. (…) Sin duda, el triángulo formado por Manuel Borja-Villel al frente del Museu d'Art Contemporani (Macba), por Joan Matabosch al frente del Gran Teatre del Liceu –incluidas las polémicas óperas de Calixto Bieito, otro creador que ha pasado lejos de Barcelona los últimos años– y por Alex Rigola al frente del Teatre Lliure configuraban parte notable de la proyección internacional como centro de modernidad, de los nuevos caminos de la cultura.

Desde septiembre ese triángulo, la Barcelona de esa época, se habrá reproducido íntegramente en Madrid cuando Rigola asuma la dirección de la gran Sala Verde de los Teatros del Canal, buque insignia escénico de la Comunidad de Madrid. Joan Matabosch dirige ya desde el 2013 el Teatro Real, la ópera de Madrid, y Manuel Borja-Villel desde el 2008 el Museo Reina Sofía, el mascarón de proa del arte contemporáneo en España. Por si algo faltara, Carme Portaceli es finalista en el concurso para dirigir el Teatro Español, el principal espacio escénico del Ayuntamiento de Madrid.

Precisamente Joan Matabosch, entrevistado por Cristian Segura (El País, 12/8), explicó que en el Teatro Real trabaja gente de distintos lugares, y que cuando conversan entre ellos los numerosos catalanes, valencianos y menorquines que hay en el equipo lo hacen en catalán. Y agrega:

O cambiamos de lengua según quien está presente. De hecho pasa lo mismo en Barcelona. Es una dinámica sana que no merece ningún comentario en la medida en que es simplemente normal. En un mundo globalizado como el actual da risa hablar de espacios culturales diferentes en dos ciudades que están a menos de tres horas en tren.

La risa se atraganta, sin embargo, cuando uno recuerda que los guardianes de la burricie proscriben el castellano en el aula y el patio de las escuelas catalanas. Por eso urge conseguir en las urnas que los responsables de esa burricie dejen el terreno libre a los políticos civilizados, a los ciudadanos pensantes… y a los sembradores de cultura que volverán gradualmente, si les place, de la acogedora Madrid, mientras ellos, los destronados del secesionismo, van a divertir a la masa con sus probadas dotes de engañabobos histriónicos en las casetas de las ferias provincianas.

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