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Eduardo Goligorsky

La peronización de España

Peronismo y sanchismo son hermanos gemelos a la hora de pasarse la legalidad por el arco del triunfo.

Eduardo Goligorsky
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Peronismo y sanchismo son hermanos gemelos a la hora de pasarse la legalidad por el arco del triunfo.
Pedro Sánchez | EFE

La peronización a la que me refiero no es obra solamente de algunos argentinos portadores de esta ideología totalitaria, encaramados en puestos clave de la política española. Gerardo Pisarello, Pablo Echenique y hasta hace pocos días Pablo Gentili, retornado a Buenos Aires para colaborar con el tinglado bicéfalo de Fernández-Kirchner, nos han aportado una fuerte dosis de populismo tercermundista, pero la infección trasciende el ámbito de las incorregibles manías hegemónicas que trajeron consigo estos advenedizos.

Politizar la Justicia

La prioridad para el nuevo Ejecutivo peronista argentino consiste en politizar la Justicia, poniendo los intereses espurios por encima de las leyes, para librar a la expresidenta y hoy vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner de las nueve causas penales y cuatro pedidos de prisión preventiva que pesan sobre ella por corrupción. También urge blanquear a sus hijos, igualmente procesados, y sacar de la cárcel a los delincuentes económicos, alabados como "presos políticos" –¿les suena?–, que se enriquecieron en connivencia con Néstor Kirchner, primero, y con su viuda, después.

En la España peronizada, los supremacistas encarcelados con sentencia firme por sedición y malversación han gestionado la investidura del presidente del Gobierno, que promete retribuirles el favor desjudializando sus delitos. O sea, politizando la Justicia.

En Argentina, los servicios de inteligencia y seguridad han sido puestos en manos de nuevos funcionarios que caratulan como suicidio el asesinato del fiscal Alberto Nisman, que investigaba las componendas del Gobierno kirchnerista con los poderosos instigadores iraníes del atentado contra la entidad judía AMIA, que produjo 85 víctimas mortales. Estos nuevos funcionarios ahora retiran de la lista de organizaciones proscriptas en Argentina a la banda terrorista Hezbolá. Se trata, para colmo, de gente hostil a las fuerzas del orden, a las que despojan de sus protocolos de actuación y de las armas que les había suministrado el anterior Gobierno liberal. Estos funcionarios tampoco ocultan sus simpatías por los atracadores, secuestradores y asesinos que componían las organizaciones guerrilleras argentinas y latinoamericanas del siglo pasado.

En la España peronizada, los imitadores de aquella tropa enemiga de la sociedad abierta, abrazados a los detritos del terrorismo autóctono, van a ser los zorros encargados de custodiar el gallinero.

Simpatías malsanas

Una consecuencia de estas simpatías malsanas, presentes en las más altas esferas del nuevo Gobierno argentino, es el reforzamiento de los vínculos con las dictaduras comunistas de Cuba, Venezuela y Nicaragua, de las que Mauricio Macri se había distanciado. Y otra consecuencia es la instalación en Argentina de un foco de conspiraciones, encabezadas por el caudillo cocalero Evo Morales, contra las autoridades provisionales de la vecina República de Bolivia.

Lo mismo va a suceder en la España peronizada, que sitúa en puestos clave a amanuenses de los ayatolás y del chavismo y a comunistas con carnet. Siguiendo la ruta que marcó el alcahuete Rodríguez Zapatero.

Duplicidades inescrupulosas

Más pruebas de la peronización de España. Del lado argentino tenemos la duplicidad inescrupulosa de Juan Domingo Perón, que un día calificaba de "juventud maravillosa" a los asesinos castro-peronistas Montoneros y otro los tildaba de "imberbes estúpidos" y ordenaba que los masacraran los sicarios de la Triple A nazi-peronista. O las contradicciones de Alberto Fernández, que pasó de denunciar los desafueros de Cristina Kirchner a convertirse en su títere. Del lado español tenemos la duplicidad inescrupulosa de Pedro Sánchez, que un día despotrica contra el ariete comunista Unidas Podemos y veta taxativamente los pactos con los secesionistas catalanes (ver su Manual de resistencia), y cuando el apetito insaciable de poder hace aflorar su verdadera personalidad megalómana se conchaba con todos ellos, les acopla la casquería bilduetarra y consuma la traición a España.

Peronismo y sanchismo son hermanos gemelos a la hora de pasarse la legalidad por el arco del triunfo. Al fin y al cabo, el sueño de todos los delincuentes y de quienes se benefician colaborando con ellos consiste en abolir el Código Penal y reemplazarlo por un vademécum de trapacerías lucrativas.

Si para el actual Gobierno del binomio Fernández-Kirchner los extorsionadores y ladrones de dineros públicos encarcelados o procesados son "víctimas de la represión política", para los cofrades de la banda ZISI (Zapatero, Iceta, Sánchez, Iglesias) los sediciosos y malversadores condenados con sentencia firme, empezando por el penitente fray Junqueras, son "presos políticos" con los que se puede negociar… y se negocia. Los peronistas toman por asalto el Poder Judicial para evitar el procesamiento de su jefa y para sacar de la cárcel a su casta mafiosa. Los sanchistas recurren a tejemanejes torticeros, que ni siquiera respetan al Tribunal Supremo y a la Abogacía del Estado, y traman medidas de gracia que favorecerán a los enemigos de España, cuya abstención han comprado para conseguir la investidura malparida.

Rescate usurario

La desobediencia a la ley empieza, lógicamente, por la vulneración de la Constitución. En la Argentina peronista y en la España sanchista. Ya comenté que la sola mención de la Carta Magna tiene para los secesionistas y comunistas el mismo efecto exorcizador que los dientes de ajo para los vampiros del conde Drácula. Por eso no figura en el pacto entre el PSOE y Unidas Podemos, y tampoco en la capitulación del sanchismo ante los sabinoaranistas étnicos del PNV. Todo lo acordado, en ambos casos, y con más razón aun en el del rescate usurario pagado por los sanchistas a los extorsionadores de ERC en forma de privilegios ilegales, viola el orden constitucional de la Monarquía parlamentaria. El Rufián ensoberbecido y la hermana de una sediciosa presa se lo refregaron por las narices, humillándolos, en el debate de investidura.

Existe, sin embargo, un matiz de diferencia, no desprovisto de importancia, entre el peronismo y el sanchismo. La matriz fascista del peronismo lo impulsa a imponer a todo el país una cohesión monolítica colocada bajo la férula del partido único. El sanchismo, en cambio, acepta el canon rupturista de los secesionistas étnicos, de modo que al país originario –España– lo hará estallar, si puede, en pedazos, cada uno con sus flamantes fronteras y su minoría –que en realidad es mayoría– víctima del apartheid.

La guinda de la traición

El criterio para el reparto ya está acordado entre los cerebros de la balcanización. Sustitución de la ley por el trapicheo, con el fin de dejar librados al cambalache político los delitos flagrantes que el Gobierno del PP, con el consentimiento de Ciudadanos, Vox y el PSOE pre-sanchista, ponía en manos de la Justicia, donde debían estar. Reemplazo del debate parlamentario por un simulacro de negociación diplomática entre los representantes de dos Estados, uno universalmente reconocido y otro ficticio, colocados arbitrariamente en pie de igualdad. Adecuación de la estructura del Estado al reconocimiento de las míticas identidades territoriales, que según el experto en pureza racial Miquel Iceta son por lo menos ocho. Reforma del Estatuto vasco "atendiendo a los sentimientos nacionales de pertenencia", igualmente míticos. Cesión de Navarra a los expansionistas vascos y a su ramificación bilduetarra. Participación de las entidades deportivas regionales en las competiciones internacionales. Etcétera.

La guinda de la traición perpetrada con la creación de una mesa de negociaciones entre el Gobierno de España y el búnker golpista de Cataluña, la pone la promesa de convocar un referéndum regional para aprobar o rechazar lo que resuelva ese cónclave contra natura. El acomodaticio Fernando Ónega opinó ("El cambio es de poder", LV, 2/1/2020):

El trascendental avance de someter a consulta o referéndum las decisiones de la mesa Gobierno-Govern (sic) es un salto que ni los más optimistas podían soñar.

¿Avance? ¿Optimistas? Es una atrocidad sin paliativos que ni el más avezado estudioso de las perversiones de la naturaleza humana se habría atrevido a pronosticar.

El Gran Felón afirmó, cuando todavía pescaba votos en el caladero de socialdemócratas y liberales cándidos, que el 95 % de los españoles no podrían dormir si Pablo Iglesias estaba en el Gobierno. Ha llegado la hora de que los españoles –socialdemócratas, liberales y conservadores– les demuestren, a él y a su séquito entreguista, que además de no poder dormir están muy despiertos. Son ciudadanos libres e iguales, despiertos y activos en la defensa de la integridad de España.

Afortunadamente, el texto constitucional del Reino de España, país definitivamente anclado en la órbita ilustrada de la civilización europea, enumera explícitamente los recursos con que este cuenta para impedir que el Gran Felón investido y la camarilla étnico-bolchevique que lo rodea, lo desguacen y lo reduzcan a un conglomerado retrógrado y segregacionista de republiquetas peronistas. Al tiempo.

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