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Ni homófobos ni desaprensivos

El hecho de que para eludir la palabra “homosexual” la ley rusa castigue “la difusión de las relaciones sexuales no tradicionales” tiene su miga

Eduardo Goligorsky
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Cuando era niño, entre los años 1931 y 1940, mis padres me repetían, con tono admonitorio: "Si se acerca un extraño y te ofrece caramelos, corre y pide ayuda a gritos." ¿Mis padres eran homófobos y me estaban inculcando sus prejuicios? Lo dudo. Eran personas cultas, liberales, de mentalidad abierta. Sencillamente querían protegerme de los pedófilos que ya entonces, en Argentina, estaban al acecho. Mis padres no eran homófobos, pero tampoco eran desaprensivos. Hoy, en Rusia, los legisladores han vestido ese mismo consejo con un ropaje jurídico, y la progresía ha puesto el grito en el cielo.

Hooligans muy brutos

El primer gambito torticero empleado para estigmatizar la ley rusa ha sido idéntico al que se utilizó para fraguar analogías espurias entre los partidos políticos y movimientos sociales que proponen controlar la implantación del salafismo y el yihadismo en las sociedades occidentales, por un lado, y los asesinatos cometidos por el xenófobo y racista noruego Anders Breivik, por otro. En el caso de la ley rusa, los guardianes de la corrección política se apresuraron a asociarla a los actos de vandalismo perpetrados por hooligans contra gays. La realidad es otra. Los sectores marginales de la sociedad rusa están contaminados por un poso de violencia heredado tanto del despotismo zarista como de la dictadura del proletariado ejercida por una élite de oligarcas privilegiados. Los hooligans rusos fueron, y continúan siendo, muy brutos. En pleno apogeo del internacionalismo comunista, apuñalaban en las calles de Moscú a los becarios africanos de la Universidad Patrice Lumumba. Hoy se ensañan con los gays y con aquellos compatriotas que provienen de las repúblicas del Cáucaso.

Tampoco la clase gobernante de Rusia es un modelo de respeto a las libertades políticas y los derechos humanos. Es posible que la homofobia intrínseca del régimen soviético y de las restantes autocracias comunistas continúe latente. Pero la homosexualidad dejó de estar penada en Rusia en 1993, y la ley ahora cuestionada no castiga la homosexualidad, que es un estilo de vida minoritario pero legítimo, sino la "difusión de las relaciones sexuales no tradicionales entre los menores de edad". El circunloquio parece una concesión, también allí, al lobby gay, pues no menciona de manera explícita la homosexualidad, pero evidentemente el objetivo es impedir que los pedófilos atrapen víctimas. "Si se acerca un extraño y te ofrece caramelos…"

A esta altura del debate surge un interrogante capital: ¿existe relación entre homosexualidad y pedofilia? Cuando estalló el escándalo de los curas pedófilos y algunos observadores atribuyeron esta anomalía al celibato, el profesor de psicología forense Hans-Ludwig Kröber, de la clínica universitaria Charité de Berlín, ateo militante y por tanto nada sospechoso de connivencia con la Iglesia, afirmó (aceprensa.com, 23/3/2010):

No es necesario demostrar estadísticamente que el celibato no causa la pedofilia (si bien algunos pedófilos optan por el celibato). Para un varón heterosexual los niños carecen y carecerán de interés (…) Los problemas que tiene la Iglesia católica son problemas de sacerdotes homosexuales que no son capaces de, o no quieren, vivir la abstinencia sexual y por tanto intentan disimularlo.

No está de más recordar, para evitar equívocos, que sólo el 0,6 % del total de los sacerdotes católicos que hay en el mundo fueron hallados culpables de este delito (LV, 29/3/10).

Los documentos hablan

No son sólo las especulaciones de los profesores de psicología forense las que apuntalan la hipótesis de que existen lazos de parentesco entre la homosexualidad y la pedofilia. Los documentos hablan. La Asociación Norteamericana por el Amor entre Hombres y Niños (NAMBLA, por su sigla en inglés) formó parte durante diez años, hasta 1994, de la Asociación Internacional de Lesbianas, Gays, Bisexuales, Trans e Intersexuales (ILGA, en inglés), integró su cuerpo directivo y la ayudó a redactar su declaración de principios. En 1993 la ONU aceptó como observadora a ILGA, y Estados Unidos amenazó con retirar su subvención, exigiendo que la ONU garantizara que no proveía "ningún estatus oficial, acreditación o reconocimiento a ninguna organización que promueva, condone o busque la legalización de la pedofilia, esto es, el abuso sexual de los niños". ILGA se vio obligada a romper con NAMBLA y con las análogas Martijn (holandesa) y Project Truth, todas las cuales exigían -y exigen- "la supresión de la edad de consentimiento" y ensalzaban -y ensalzan- "el amor entre hombres y niños". En España, la edad de consentimiento fue de 12 años hasta 1995 y es de 13 años hasta hoy. Casi un triunfo para los pedófilos, que la ministra Ana Mato no termina de corregir.

Los lectores con estómago fuerte encontrarán más datos sobre estas propuestas aberrantes en la entrada "Movimiento Activista Pedófilo" de Google.

Un riesgo añadido

Ni homofobia ni desaprensión. Las uniones y los matrimonios homosexuales son una forma de convivencia reconocida por las leyes de la mayoría de los países de nuestra civilización. La adopción por parejas homosexuales, aunque igualmente reconocida en la mayoría de los casos, sigue siendo motivo de polémicas. Sin caer en la paranoia, hay que reconocer que niños y niñas sufren abusos sexuales y malos tratos en hogares heterosexuales e incluso a manos de sus padres biológicos o de familiares. Los datos sobre la afinidad entre la pedofilia y la homosexualidad pueden convertir a esta en un riesgo añadido. Lo prioritario, en la adopción, no es complacer la posible vocación parental de la pareja sino asegurar el bienestar del niño y su desarrollo futuro libre de traumas superfluos. El matrimonio homosexual es, hoy, un derecho inalienable. La adopción por homosexuales es un derecho sujeto a objeciones razonadas que no lesionan los valores de la sociedad abierta. La pedofilia es un delito que el Código Penal sanciona sin paliativos.

El hecho de que para eludir la palabra "homosexual" la ley rusa castigue "la difusión de las relaciones sexuales no tradicionales" también tiene su miga. ¿Difundir es dar a conocer o hacer proselitismo? Lo primero es pedagógico, incluso preventivo ("Si se acerca un extraño…"); lo segundo, tratándose de la captación de menores, es punible, mal que les pese a los miembros de NAMBLA y sus compañeros de viaje. Y más difícil aun es separar lo tradicional de lo no tradicional. En la Biblia, en los frescos de Pompeya, en las ánforas griegas y en algunos libros sagrados de Oriente figura todo lo que hoy encontramos en los contenidos pornográficos de Internet y en las páginas de "Contactos" de la prensa impresa.

Desfiles pintorescos

El impacto masivo de la homosexualidad es fruto del exhibicionismo de muchos de sus adeptos y de las cuantiosas sumas de dinero que éstos movilizan. Sin embargo, no son tantos como presumen ser. El pionero Alfred Kinsey calculó que componen el 10 % de la población. Pero sus muestras estaban viciadas: provenían de cuarteles, cárceles y residencias estudiantiles… lugares donde se concentran exclusivamente hombres. Estudios posteriores y mejor controlados fijaron la cifra alrededor del 4 %.

La minoría homosexual impresiona por los desfiles pintorescos que organiza en el Día del Orgullo Gay. Pero sospecho que, además de la mayoría heterosexual que no se manifiesta, y que reserva el orgullo para otro tipo de cualidades, existe un colectivo que todavía no ha salido del armario y que, si saliera, dejaría los desfiles de los gays a la altura de humildes comparsas de Carnaval. El Día de la Modestia Adúltera se convertiría en una apoteosis multitudinaria ante la cual los vanidosos gays deberían plegar velas, abochornados. Y esto hasta sería compatible con la necesaria elevación de la edad de consentimiento. Creo que incluso los legisladores rusos, humanos al fin, descubrirían la veta tradicional, milenaria, de esta relación hoy prudentemente encubierta, y le darían el visto bueno.

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