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Son como niños salvajes

En Cataluña ha asaltado el poder un puñado de demagogos autoritarios que se comportan como los niños salvajes huérfanos de la ley.

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La situación crítica que se vive en España, y sobre todo en Cataluña y la comunidad vasca, me recuerda cada vez más el descenso a la barbarie que el escritor británico William Golding (Premio Nobel de literatura 1983) retrató en su novela El Señor de las Moscas, escrita en 1954, de la que también existen dos versiones cinematográficas.

Las peores taras

Un grupo de niños británicos de entre seis y doce años sobrevive, tras un accidente de aviación, en una isla deshabitada. A lo largo del relato asistimos a la transformación gradual de unas criaturas civilizadas en niños salvajes, que viven sin leyes que gobiernen su conducta ni adultos que los guíen. El proceso de asilvestramiento hace aflorar en ellos las peores taras de la naturaleza humana.

Ralph, el embrión de estadista, hace sonar una caracola y convoca una asamblea que lo elige jefe. Parece el preludio de la democracia. Piggy, gordinflón, miope y asmático, es el consejero que le inculca racionalidad. Jack, ambicioso congénito, recurre a todo tipo de artimañas para arrebatarle la caracola y el mando.

Ralph es inteligente y emprendedor y enciende una hoguera para que el humo atraiga un barco de rescate. Jack es fuerte y astuto y se ocupa de cazar jabalíes para alimentar a sus compañeros y congraciarse con ellos. Simon, el soñador, cree ver una fiera, la Bestia, que acecha desde las tinieblas del bosque. En realidad se trata del cadáver de un piloto cuyo paracaídas, que se hincha y deshincha según cómo sopla el viento, se asemeja a un ser vivo y monstruoso, pero esta monstruosidad semioculta e inexplicable siembra el terror entre los crédulos.

Nace la tribu

Jack se convierte en el adalid del combate contra la Bestia imaginaria, y consigue agrupar en torno a él a un pelotón de fieles seguidores que se dedican a la caza con lanzas talladas en la madera y a las celebraciones colectivas con cantos, danzas y comilonas de carne de jabalí. Así nace la tribu de los niños salvajes, como la bautiza el autor de la novela. Una tribu cuyo tótem es un palo coronado por una cabeza de jabalí: El Señor de las Moscas, cuya putrefacción atrae nubes de insectos. Vale la pena recordar que en la mitología filistea, luego recogida por el cristianismo, El Señor de las Moscas es Belcebú, la encarnación del mal.

Ralph es depuesto de la jefatura, reprobado por la tribu de los niños salvajes, y sobrevive aislado junto a Piggy y unos escasos leales que poco a poco lo van abandonando, ya sea por instinto gregario o por miedo. Jack se aficiona cada vez más a la violencia contra Ellos, o sea quienes no forman parte del Nosotros tribal, y la fractura culmina cuando su secuaz Roger, temprana simiente del represor profesional, tortura a los niños díscolos y asesina al soñador Simon y al racional Piggy.

Los salvajes –que se han apoderado también de la hoguera– incendian los frondosos bosques para acorralar al ya solitario Ralph y matarlo, pero la gigantesca columna de humo atrae la atención de un barco de la Armada británica (la acción transcurre en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial) y un oficial se acerca en un bote para investigar lo que ocurre. Cuando empieza a interrogar a los supervivientes, que se han congregado en la playa, todos lloran. Incluidos el déspota Jack y el desalmado Roger. Los salvajes han vuelto a ser niños.

Huérfanos de la ley

Y aquí estamos nosotros. En Cataluña, donde ha asaltado el poder un puñado de demagogos autoritarios que se comportan como los niños salvajes huérfanos de la ley. "¡Al cuerno las normas!", exclama el cabecilla Jack en la ficción, como si fuera un precursor de los golpistas que aprobaron el 6 y 7 se septiembre del 2017 el mamarracho que dejaba el Poder Judicial subordinado a la arbitrariedad del Ejecutivo, y que votaron el 27 de octubre siguiente una DUI desprovista de respaldo social y legal. Y los niños salvajes reprueban al jefe sensato como los neandertales del Parlamento de Cataluña y del Ayuntamiento de Barcelona reprueban, desde su caverna, al Rey constitucional. Barrabasada que cometen, afortunadamente, sin poder político suficiente para convertir estas ricas cuatro provincias del Reino de España en la escuálida repúblika de pacotilla que ellos pretenden seguir expoliando.

Lo que en la novela era una reacción instintiva a la ausencia de control adulto que hacía aflorar, repito, las peores taras de la naturaleza humana es, en los jerarcas del alzamiento, una estrategia supremacista metódicamente planificada para separar a los que ostentan el orgullo de ser Nosotros, por un lado, de los que cargan con el estigma de ser Ellos, por otro. Lo consiguen explotando sentimientos de superioridad colectiva, basada en la tergiversación de la historia y en la mitificación de purezas culturales, psicológicas o genealógicas que chocan con el mosaico de una sociedad plural y mestiza.

Cataluña no es una isla, como aquella donde transcurre la novela. Pero sus amos circunstanciales están empeñados en aislarla como si lo fuera para evitar que la civilización circundante, que desempeña el papel de la Bestia acechante, la devore. Por eso su mayor ambición consiste en fundar una repúblika enrocada detrás de nuevas fronteras que dejen fuera a Ellos, ya sean compatriotas españoles o compatriotas -¿por qué no definirlos así?- del resto de Europa.

En este hogar mítico de la tribu no se alzaría el tótem macabro de El Señor de las Moscas, pero no faltarían símbolos identitarios para segregar a los habitantes díscolos que acariciaran añoranzas hispanas o europeas. Símbolos que irían desde el pino de las tres ramas, hoy tan podrido como la cabeza de jabalí de la novela, hasta los ubicuos trapos con estrellas revolucionarias que eclipsan a la senyera tradicional. Y los gamberros de los CDR y Arran, encarnarían a los precoces guerreros armados con lanzas de dos puntas que brotaron de la premonitoria imaginación de William Golding.

Fines espurios

Para más inri, en el resto del Reino de España opera otra tribu cuyo desprecio por la ley no es menor que el de sus compatriotas renegados, con los que mantiene contactos y amancebamientos entre bambalinas, puesto que ambos clanes confían en que esos trapicheos les sirvan para materializar sus respectivas taras disfrazadas de ideales. Esta segunda tribu aplica la táctica que urdió el ideólogo nazi Carl Schmitt y que los niños salvajes utilizaron instintivamente: fomenta la polarización entre Nosotros y Ellos, reservándose el papel de izquierda progresista enfrentada a la derecha reaccionaria. Mienten descaradamente.

Lo que se hace pasar por izquierda abarca un contubernio de partidos y organizaciones embarcados en el guerracivilismo y en la conversión del Reino de España en un reino de taifas apodadas repúblikas, de matriz chavista. Contubernio que ha colado al raquítico PSOE en la Moncloa y lo utiliza como tapadera para lograr sus fines espurios. Nada más reaccionario y opuesto a los valores de la Unión Europea que esta tenebrosa conjura, que encaja como anillo al dedo en los planes rupturistas del exasesor de Trump, Steve Bannon, de los padrinos neonazis flamencos del prófugo Puigdemont y de los sátrapas de Polonia y Hungría.

En cambio, lo que estos rufianes y sus servidores mediáticos califican de derecha reaccionaria, aglutina a los partidos e instituciones que, con la diversidad ideológica propia de una sociedad abierta, cultivan los valores que nos legó la Transición democrática, impresos en una Constitución digna de esta España integrada en el mundo moderno.

Genes bárbaros

Ahora, así como los niños salvajes de la novela alegórica reprobaron a su primer jefe, Ralph, que personificaba la voz de la razón, y se masificaron en torno a un dictador y sus secuaces ("¿Qué es mejor, tener reglas y estar todos de acuerdo, o cazar y matar?", preguntó el reflexivo Piggy antes de ser asesinado), así también los genes bárbaros de sus clones locales de carne y hueso los impulsan a reprobar al Rey ilustrado que podría darles lecciones de convivencia armoniosa entre ciudadanos libres e iguales.

Claro que como estos histriones retrógrados son adultos conscientes de los actos delictivos que perpetraron con premeditación y alevosía, dudo que cuando la justicia y las urnas pongan fin a su chirigota subversiva se echen a llorar como los niños embrutecidos de la ficción. Pero deberían hacerlo, en lugar de pedir la absolución (estos reos impenitentes rechazan el indulto), después de todo el daño que causaron, para demostrar que aún conservan un vestigio de sensibilidad humana.

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