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La mentira del PSOE

Sánchez necesita aparentar un españolismo que, por supuesto, desprecia.

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Pedro Sánchez | Efe

La radicalización del PSOE le está permitiendo atraer a un buen número de votantes de Podemos. No es la primera vez que el PSOE funda su poderío electoral en la extrema izquierda. Zapatero ya lo hizo para ganar las elecciones de 2008, en las que IU quedó in puribus (2 escaños) y Zapatero siguió siendo presidente del Gobierno de España a pesar de haber ya jurado públicamente lealtad al separatismo catalán. Sánchez trata de repetir la hazaña. Pero como una parte de su electorado está avisado del peligro que conlleva, necesita aparentar un españolismo que por supuesto desprecia.

Para empezar, Sánchez no convoca elecciones por decisión propia. Cuando lo hizo, acababa de aceptar que un mediador disfrazado de relator terciara en el conflicto catalán. Alguien le dijo que hasta ahí podíamos llegar y, haciendo de la necesidad virtud, forzó la derrota de sus Presupuestos para justificar una convocatoria de elecciones generales que nunca previó que fueran a ser tan pronto. Luego vistió de ruptura con los independentistas lo que no dejaba de ser un ballo in maschera para fingir un alejamiento que en realidad no hay. Y ahora viste de urgencia social su proyecto de gobierno en 110 propuestas donde no se menciona ni una vez a Cataluña.

Iceta, que tiene que ser más franco para conseguir para Sánchez una quincena de diputados por Cataluña, ha confesado que cuando el separatismo llegue al 65 por ciento habrá referéndum. Lo ha hecho poco después de que Aznar denunciara que el pacto entre Sánchez y los soberanistas ya estaba suscrito y que existía el compromiso de convocar la consulta. La mayoría creímos que el expresidente estaba exagerando para atemorizar al electorado de centroderecha y que, una vez más y a pesar de las muchas traiciones, votara al PP. Pero las declaraciones de Iceta hacen sospechar que la denuncia de Aznar podría tener un fundamento más serio de lo que al principio pareció. Por otra parte, que el propio Sánchez no haya descartado la posibilidad de seguir gobernando con el apoyo de los separatistas catalanes induce a creer que está dispuesto a pactar con ellos la investidura.

Ahora, la circunstancia decisiva que demuestra el firme propósito de Sánchez de traicionar a su patria al día siguiente de ganar las elecciones, si como dicen las encuestas las gana, es la fila de banderas españolas que, machihembradas con otras tantas de la Unión Europea, puso en el escenario donde presentó su programa. Aquel tuno vestido de rojigualda. Desde los tiempos de Judas, las traiciones se perpetran con un beso. Quien la pisoteó se envuelve ahora en nuestra bandera. Tal puesta en escena no puede tener otro objeto que engañar a los españoles para que le permitamos con nuestros votos seguir traicionándonos para que la simpar Begoña siga viviendo en la Moncloa el sueño de ser María Antonieta en Trianon. Menos mal que está Iceta para levantar la esquina de la bandera con la que se envuelve Sánchez y ver que lo que hay debajo, a modo de taparrabos, es en realidad una estelada.

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